Otro año de cuatro por ciento de crecimiento en la economía. Ese fue el anuncio que el jueves hizo el presidente del Banco Central, Antenor Rosales.
Según el BCN, en el 2011 el crecimiento fue de 4.7 por ciento, pero para este año sus predicciones son un poco más conservadoras porque se espera que la crisis de la eurozona finalmente explote y aunque Estados Unidos está dando señales positivas, todavía no se encuentra en franca recuperación y hasta podría recaer.
Pero en realidad, para que haya una diferencia en la lucha contra la pobreza Nicaragua debe comenzar a crecer al doble de lo que crece ahora, o sea, a un ocho por ciento anual, y mantener ese crecimiento por lo menos entre siete y 10 años.
¿Estamos haciendo algo para alcanzar ese crecimiento? Para nada. Estamos tan mal que ya no nos quieren ni regalar dinero como es el caso de Alemania, que esta semana anunció que su programa de cooperación con nosotros se reduce al mínimo. Los alemanes se quedan solamente ayudándonos a limpiar las fuentes de agua fresca que hemos destruido, como el lago de Managua, o las que estamos en proceso de destruir, como el lago de Nicaragua.
En la misma conferencia en que anunció la meta de crecimiento para este año, el presidente del Banco Central reconoció el problema de la pérdida de la cooperación (Holanda, Dinamarca, Austria, Gran Bretaña y un largo etcétera) además de la reducción de parte de Alemania y la pérdida de la Cuenta Reto del Milenio y dijo que “debemos seguir haciendo más esfuerzos para obtener más para la lucha contra la pobreza”.
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Pero ¿cómo entenderá este Gobierno la lucha contra la pobreza? Si se trata de mantener los programas clientelistas que solo han beneficiado al 12 por ciento de la población, pues no se está haciendo nada. No se lograría nada ni que estuviera beneficiando al ciento por ciento de la población. Tampoco se logra con subsidios o con medidas que pretenden mantener los precios bajos a costa de nuestra propia industria. O sea a costa de la generación de empleos.
La semana pasada Jeffrey Puryear, vicepresidente para Política Social del Interamerican Dialogue, de Washington, escribía un artículo en el que analizando la crisis mundial del 2008 y 2009 decía que los pobres de América Latina al menos no habían empeorado su situación durante la crisis y afirmaba: “Lo que ha mantenido a la gente fuera de la pobreza es que han logrado mantener un trabajo y un ingreso. Tener un trabajo es por mucho la herramienta más poderosa para sacar a las familias de la pobreza”, escribió Puryear.
A simple vista esa es una verdad de Perogrullo, pero si uno se detiene a pensar en realidad lo que está diciendo es que ni los programas asistencialistas, ni los proyectos de cooperación, ni los subsidios, ni (claro está) los “parques de la Niñez Feliz” son tan importantes para eliminar la pobreza como fomentar la creación de empleos.
¿Está haciendo eso este gobierno? No. Si ha habido una sensación de alivio en estos años es por la plata venezolana y los buenos precios de nuestros productos de exportación, pero este país no se está preparando para mantener un crecimiento constante, porque eso solo se logra con un clima apropiado para la inversión que incluye leyes claras, sistema judicial confiable e instituciones independientes. En otras palabras, el gobierno debe cumplir con su deber de brindar confianza al ciudadano y al inversionista.
Eso no ocurre. No ocurre al nivel político donde todo depende de la voluntad de una familia. No ocurre al nivel electoral donde se comete fraude tras fraude y no ocurre al nivel judicial donde nunca se sabe cómo van a retorcer la ley para favorecer a quien ha pagado más.
Y Puryear lo pone claramente en su artículo: “Los gobiernos deben preguntarse qué tipo de políticas no solamente van a promover el crecimiento sino que también van a crear empleos”.
Es algo que el presidente, el gabinete económico, las cámaras empresariales, los sindicatos, los estudiantes y la ciudadanía en general se debe preguntar si queremos salir de la pobreza.
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