Duelo en el amor

Por ingrata coincidencia en cada diciembre que me ausento del país “doblan las campanas” por un poeta admirado. Tal es el caso del fallecimiento del lírico del amor, José Cuadra Vega, panegirista de la alcoba y de todas sus heterogéneas consecuencias. Al volver, haciendo una excepción en la habitud temática, no evado la inquietud de sentir su expiración de la cual se han ocupado amigos e intelectuales. Cercano al muro que limitaba su destino, no tuvo cambio su forma de ver la senectud. Bromeaba porque en la última visita que le hice, ya sin Doña Julia en la vida —viudo pleno— se resistía a tomar esa posición. Me dijo que no lo había dejado solo porque la veía volando en forma de “pajarita” en la misma esquina donde lo tentaba con sus alas. La conversación no podía girar sobre otros temas más que los vinculados al amor ausente. Admiré la inclinación de darle a lo que es estoico una contraparte que no es común en el ser. Ese temperamento lo convidó a vivir más de los años previstos, figurando como factor de alta temperatura, el placer de cantar para dejar los signos de las páginas llenas de una poesía que nunca distrajo su objetivo: darle prioridad en la reapertura cotidiana de las pupilas a la concepción de otorgarle al matrimonio el ambiente de unas recientes nupcias. Rocío de primavera y saleroso pragmatismo en las estrofas dedicadas al personaje favorito, musa única de su creación dejada como un ejemplo de la ramificación de un árbol centenario que estará mucho tiempo de pie, como lo están tantas novelas e historias en la literatura del amor.

Por ingrata coincidencia en cada diciembre que me ausento del país “doblan las campanas” por un poeta admirado. Tal es el caso del fallecimiento del lírico del amor, José Cuadra Vega, panegirista de la alcoba y de todas sus heterogéneas consecuencias. Al volver, haciendo una excepción en la habitud temática, no evado la inquietud de sentir su expiración de la cual se han ocupado amigos e intelectuales. Cercano al muro que limitaba su destino, no tuvo cambio su forma de ver la senectud. Bromeaba porque en la última visita que le hice, ya sin Doña Julia en la vida —viudo pleno— se resistía a tomar esa posición. Me dijo que no lo había dejado solo porque la veía volando en forma de “pajarita” en la misma esquina donde lo tentaba con sus alas. La conversación no podía girar sobre otros temas más que los vinculados al amor ausente. Admiré la inclinación de darle a lo que es estoico una contraparte que no es común en el ser. Ese temperamento lo convidó a vivir más de los años previstos, figurando como factor de alta temperatura, el placer de cantar para dejar los signos de las páginas llenas de una poesía que nunca distrajo su objetivo: darle prioridad en la reapertura cotidiana de las pupilas a la concepción de otorgarle al matrimonio el ambiente de unas recientes nupcias. Rocío de primavera y saleroso pragmatismo en las estrofas dedicadas al personaje favorito, musa única de su creación dejada como un ejemplo de la ramificación de un árbol centenario que estará mucho tiempo de pie, como lo están tantas novelas e historias en la literatura del amor.

Que otros poetas sean como él por esa entrega es una posibilidad que está lejos de verse.

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