Por: Arlen Cerda
Trescientas diez personas podrían jurar al resto del mundo que estoy muerta si se atienen al ritmo de mis publicaciones en Facebook. Tres actualizaciones de estado, dos comentarios en el muro, cuatro enlaces y diecinueve “Me gusta” es todo lo que publiqué en un mes. En verdad, aún no me enamoro de este libro chismoso, y muchos de mis amigos no creen que, adicta a la computadora y al internet como soy, tenga uno de los perfiles más desactualizados del planeta o que no esté al tanto de sus historias más recientes, y constantemente pase apuros por eso.
Una llamada de rutina a un amigo fácilmente me mata de pena, cuando de lo más tranquila del mundo un lunes le preguntó cómo le va o qué hay de nuevo y resulta que —para citar un caso— está en la Policía, interponiendo una denuncia porque un par de hombres armados lo asaltaron el domingo en un restaurante. “¿Cómo no lo sabes si lo escribí en mi muro para desahogarme? ¿Es que no has visto mi perfil?” Ahí va… Escucho grillos en mi cabeza.
Cada vez con más frecuencia, mis amigos o familiares me hacen esa pregunta. Que si uno se comprometió y no lo he felicitado, o si otra rompió con su novio y no le he llamado para saber cómo está. También que el primer bebé de una vieja amiga del colegio ya nació y se parece al papá, o del nuevo vestido que una de mis primas se quiere comprar. ¿Cómo iba a saber todo eso? No es difícil escucharlos a todos responderme en coro: “¿Es que no has visto mi perfil?”… Los grillos comienzan a cantar.
Nunca me he sentido tan desconectada como ahora que la vida de todos se escribe en Facebook. A penas unos cuatro años atrás si a alguno le pasaba algo marcaba a mi celular para hablar. Más tarde me tuve que acostumbrar a los mensajes de texto. Está bien, pensé, y hasta cierto punto le encontré mucha comodidad. Pero sin duda alguna me quedé atrás con el Facebook.
No solo es mi permanente estado inactivo o mi falta de publicaciones o comentarios. Mi foto de perfil tampoco cambia desde hace tres años. Y confieso que no me siento mal por eso ni pienso actualizarla.
En mi lista de amigos, quien más acerca a mi inactivo perfil tiene unas 24 fotos en el suyo, dos álbum de fotografías, y por lo menos dos actualizaciones diarias en su estado. Todo eso mi amigo lo ha hecho en dos años con su cuanta y yo llevo tres años y medio con la mía sin enamorarme del invento de Mark Zuckerberg, y los orígenes y detrás de telones que mostró David Fincher en The Social Network no me animaron más. No importa que digan 800 millones de usuarios.
Tampoco creo que los apocalípticos tengan la razón absoluta. Ciertamente las nuevas tecnologías de comunicación e información nos conectan, pero no nos comunican, porque se puede morir abrazado a la computadora o ahogado en internet, y aún así no estar comunicado con nadie, de la misma manera que estar al lado de otro tampoco significa estar comunicados.
Pero sí estoy clara de lo lejos que estoy de quienes casi a diario actualizan la foto de su cuenta con su mejor ángulo, gracias a que internet nos permite fabricar una versión mejorada de nosotros mismos. De esos perfiles que quienes se reinventan hasta se sienten tentados de invitarse a conocer a sí mismos, porque lucen la mejor foto y cuentan a todo momento lo divertido que siempre la están pasando.
Aún más de aquellos que a cada instante actualizan su estado para compartir lo que sienten, leen , piensan o hacen, y ni hablar del grupo creciente que dispone de sus perfiles para contar los detalles, la mayoría innecesarios, como el menú de su cena o lo mal que les cayó el desayuno.
Así, con quienes tengo muchos intereses en común, poco a poco me siento antítesis. Ellos siempre conectados, pendientes de todo el mundo y al día con la más reciente aplicación. Yo, en cambio, asignándole a cada uno un ringtone específico en mi celular, porque pienso que quizá hoy llamen.
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