Por: Juan Carlos Ampié
Esta noche, Ricky Gervais derrochará su ácido humor como anfitrión en la entrega de los premios Globo de Oro. Tiene en su haber varias brillantes series de TV, incluyendo La Oficina, que fuera sujeto de un apreciado remake en EE. UU. Tiene a Hollywood en su bolsillo, pero el mundo le pertenece a Rowan Atkinson, el comediante británico con mayor proyección internacional.
Échele la culpa a “Mr. Bean”. El personaje surgió en 1990 y conquistó al mundo por lo accesible de su estilo. Sus aventuras se relataban en breves sketches que partían de una situación común: un viaje a la oficina de correos, la búsqueda de espacio para parquear en un estacionamiento abarrotado. La actitud de Mr. Bean —una mezcla de arrogancia, inocencia y estupidez— convertía el simple mandado en enredo épico. El sujeto no habla. Se comunica principalmente con canturreos, risas y gruñidos. Así no hay diálogos cargados de sutilezas culturales que se pierdan en traducción. Un tropezón o un pastelazo en la cara da risa en cualquier idioma. Menos sentimental que Charlot, más agresivo que Buster Keaton, Mr. Bean se ganó un lugar en el panteón de los grandes payasos silentes de la pantalla. La serie de TV dio paso a dos largometrajes taquilleros.
Johnny English aparece en el 2003, como una parodia de las películas de James Bond. Llegaba un poco tarde a la fiesta. “Austin Powers” ya había agotado la fuente. Pero las sátiras de Mike Meyers apuntaban a un público más adulto, con sus chistes de tono subido y una galería de personajes caricaturizados y grotescos. Conocimiento concreto de los primeros filmes de 007 y el “Swingin’ London” de los sesenta era indispensable para disfrutarla a cabalidad. English es más accesible, apta para todas las edades. El agente es el único payaso entre personajes “serios”. El humor nace del contraste entre ellos y la torpeza del protagonista. Su secuela, ahora en el cine, no pretende ser original. Hasta recicla un clásico chiste de Austin Powers: el agente confunde a una anciana mujer con un asesino que lo persigue. La tumba enfrente de sus horrorizados parientes y la vapulea hasta caer en la cuenta de su error.
English y Bean palidecen a la par del mejor trabajo de Atkinson. Tendrá que buscar en vídeo la serie Blackadder , producida por la BBC en cuatro temporadas y algunos episodios especiales, entre 1983 y 1990. La serie sigue las desventuras del noble Edmund Blackadder y sus descendientes, todos interpretados por Atkinson, en estadio social que se deteriora a través de la historia. Arranca en la edad media como aspirante al arzobispado de Canterbury. En el último ciclo, es carne de cañón en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Sus compañeros de reparto son de lujo. Miranda Richardson es una demente reina Isabel. Hugh Laurie —el mismísimo Dr. House— es hilarante como un Príncipe Regente de exuberante estupidez. Es irresistible comedia tonta con una vena erudita, y la mejor época de hombre que ahora conocemos como Johnny English.
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