Bloomberg News
En una pista de carreras, hay algo que podría denominarse el arte del derrape. A bordo de un Mercedes-Benz de 130,000 dólares en la Mazda Raceway Laguna Seca de California, creo que tal vez yo lo haya perfeccionado.
El C350 de US$41,500 tiene cuatro puertas y un motor V-6 de 302 caballos de fuerza. Llega a 60 millas (96.5 kilómetros) por hora en 5.9 segundos.
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El C63 AMG Black Series es un vehículo único para esa peligrosa tarea. Entre a una curva con algo más de velocidad de lo habitual y, cuando trate de girar, se encontrará forcejeando con las leyes de la física. El auto quiere lanzarse de cabeza mientras usted trata de convencerlo de cambiar de dirección.
Los neumáticos recalentados están a punto de perder adhesión. Agregue una gotita de gasolina y las gomas de atrás renuncian a la tracción por un segundo y la cola del auto gira hacia afuera. La trompa del Mercedes ahora apunta en la dirección que usted quería tomar. Pise el acelerador. Curva completada.
La técnica es veloz y el C63 Black Series fue construido para usarla. Si la prueba con un viejo Porsche 911, puede encontrarse en una “espiral de la muerte” y salir despedido de la pista.
Al lector se le podría perdonar que identificara a Mercedes con sedanes ejecutivos con asientos de cuero en lugar de cohetes de velocidad supersónica. Sin embargo, su división de alta performance, AMG, convierte modelos preexistentes en versiones más extremas (y más caras). Casi todos los modelos de Mercedes tienen una versión AMG. El sedán C350, por ejemplo, se convierte en el C63 AMG.
Después viene el nivel más alto: la Black Series. Solo dos modelos anteriores, el CLK y el SL, han recibido tratamiento de Black Series. Son impresionantes. El CLK, modelo de 2008 que ya no se consigue, tenía toda la sutileza de Faye Dunaway en Mamita querida . Se lo podía hacer derrapar, seguro, pero uno probablemente terminara en la espiral de la muerte.
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