Aunque Nicaragua recibe atención de la prensa internacional solo cuando hay fenómenos naturales o derramamiento de sangre, mañana 10 de enero Managua atraerá la atención mundial al congregarse aquí personalidades y delegaciones de los cuatro puntos cardinales. Ya en los días anteriores hubo importantes encuentros —algunos necesariamente secretos y otros intencionalmente visibles— de delegados de países grandes y pequeños, quienes, sin descuidar sus deberes protocolarios, se dedican principalmente a ejecutar las instrucciones perentorias de sus respectivos gobiernos.
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Aunque la llegada de algunos jefes de Estado y de Gobierno se confirmará hasta el último minuto —seguridad obliga— es seguro que asistirá la flor y nata del club de dictadores. Entre ellos, la figura principal será, sin duda, Hugo Chávez, el Míster Gaga del Alba, quien como otrora María Callas en la escena de la Scala de Milán o en el Metropolitan de New Cork, atraerá todos los reflectores. Los delegados de los grandes países democráticos, sin embargo, fijarán su atención en dos personajes: uno presente —Ahmadineyad— capaz en cualquier momento de cerrar el Estrecho de Ormuz o atacar a Israel. El otro, físicamente ausente, pero que hará sentir su peso en todo momento, es Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, listo a ripostar a cualquier ataque. Aunque vuelen muy alto, nadie podrá ignorar a las águilas del hemisferio norte, de ojo escudriñador y eficacia cibernética. Los delegados asiáticos se inclinarán con discreta elegancia, mientras el aburrido y siempre predecible Insulza deslizará en el fondo de su maletín la Carta Democrática Interamericana apta —según parece— solo para aplicarse en las Antillas.
Los nicaragüenses observaremos atentamente las palabras y gestos del señor Cardenal de nuestras ilusiones traicionadas, mientras, a prudente distancia —salvo que no haya sido invitado o no se le permita la entrada— brillará iluminado por el esplendor de la verdad, de la justicia, de la coherencia y la serena valentía, el representante de la Conferencia Episcopal.
Cuando al fin haga su entrada el señor dos, a quien solo le falta una letra para llamarse “dios”, arrastrando como si fuera un trofeo de caza los guiñapos de la Constitución, se levantarán jubilosos los sesenta-y-no-sé-cuántos diputados “electos” por votos depositados nadie sabe a qué hora ni con la cédula de quién. En el otro extremo, como gallinas compradas, los demás diputados, fruto de la misma elección que rechazan, sonreirán con vergüenza hasta de su propia sombra.
Pero, el personaje más importante, que no necesita invitación, porque vive en el corazón de todo nicaragüense honesto, llegará abriéndose paso en medio de la muchedumbre sin pretensiones ni miedo Avanzará conversando con Manolo Morales y con Ramiro Sacasa , rodeados los tres por una muchedumbre innombrable de héroes, mártires y víctimas de todas las dictaduras, semilla fecunda de nuestra liberación próxima y segura. Junto a ellos y mezclados con ellos vendrá una algarabía de jóvenes trabajadores y estudiantes, llevando banderas azul y blancas, formando una pelota indestructible desde la cual se escaparán mil voces distintas, pero un solo grito: “Unidos somos invencibles” y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, cuya sangre de patriota por excelencia fue vertida en esa misma fecha, dándole la espalda a la tribuna del fraude, con voz firme y serena, dirá: No teman ni flaqueen porque escrito en piedra está que “Nicaragua volverá a ser República”.
El autor es fundador de la CPDH y Presidente Nacional del PSC
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