La Utopía Posible es el nombre de mi libro publicado en la Habana en la Editorial 13 de Marzo, en 1991. El libro que hace referencia al mito y cuyo título pareciera encerrar una contradicción, pues la utopía es el lugar que no existe, proclama, no obstante, la posibilidad de lo imposible, cuando la ilusión y acción del ser humano tiene como finalidad el arte. “La utopía posible es el arte, por el que el ser humano sobrevive a la muerte y a la realidad. Es la esperanza que se sobrepone al destino de Sísifo y a la conciencia escéptica de Ícaro” “porque el arte no es solo reflejo de la realidad, como tampoco mera evasión hacia mundos ficticios, pues es siempre distinto a la realidad, pero sin dejar de ser ella misma. Es la realidad que se trasciende desde la subjetividad del creador”.
Ante la situación política de nuestro país, pareciera utópica toda posibilidad de cambio hacia una sociedad democrática, con alternabilidad en el poder y renovación de los liderazgos; un país organizado sobre bases de la institucionalidad y el Estado de Derecho, lejos del caudillismo y de los dogmas políticos que proclaman a los personajes únicos e insustituibles en el ejercicio del poder, transformados en símbolos de una vieja y a la vez renovada mitología.
Pienso que en política como en arte, la utopía es posible, siempre que asumamos que si bien utopía es el lugar que no existe, su inexistencia se da porque ese lugar aún no ha sido construido, pero puede serlo a partir de ciertas ideas y acciones que constituyen la condición de su posibilidad.
Más allá de la situación de Nicaragua, el mapa político y económico del mundo actual, nos presenta un estado de crisis, carente de puntos comunes de referencia lo suficientemente claros como para suponer una situación estable, sostenida en un plano de coincidencias mínimas. En la realidad contemporánea, lo único que podríamos considerar como un común denominador es la ausencia de este, precisamente.
La crisis de los paradigmas de la modernidad, razón, igualdad, libertad, entre otros, se manifiesta en el mundo occidental, donde habitualmente han tenido su aceptación racional, emocional, cultural y ética, desgarrando el tejido histórico, no solo desde el punto de vista de los hechos, sino, sobre todo, de la construcción de la propuesta civilizatoria, que hasta el momento había predominado, por lo menos, desde un punto de vista conceptual y teórico.
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La crisis contemporánea se relaciona con el predominio del capitalismo corporativo transnacional, caracterizado, entre otras cosas, por el control del capital sobre el poder, o peor aún la identificación del poder con el capital, lejos de la idea del pueblo como fuente de la soberanía y justificación de la existencia del mismo poder. Además de lo anterior, la crisis se caracteriza por la especulación financiera, la corrupción, la injusticia social y la subordinación del Estado y la sociedad a esos intereses predominantes.
Por otra parte, y refiriéndonos a los sistemas que podríamos denominar fundamentalistas, se puede observar el predominio de dictaduras, teocracias, caudillos mesiánicos, concentración de poder político y económico, corrupción, perpetuidad en el poder, todo ello atravesado por las situaciones nuevas que plantea la tecnología de punta que desgarra el velo de los dogmas religiosos y políticos y exige, sobre todo a partir de los jóvenes, la democracia, el libre mercado, la alternabilidad, la justicia social que se traduzca en políticas de empleos, salud, educación, en fin la modernización del Estado, la política, la sociedad y la cultura.
En lo que respecta a América Latina, en algunos países se percibe la coexistencia de un relativo crecimiento económico dentro del cual se mantienen las estructuras sociales tradicionales, sin un cambio sustancial o a lo sumo con muy ligeras modificaciones, junto a un sistema sin efectiva participación económica, social y política, en el que el ejercicio electoral es prácticamente el único referente de esas democracias frágiles y de “baja intensidad”.
Frente a ellas, ha surgido lo que se ha autodenominado “Socialismo del siglo XXI”, con la pretensión de realizar el sueño de Bolívar de la unidad de los países de América Latina, y de construir un sistema político en el que el poder es ejercido por el pueblo a través de un líder que representa sus verdaderos anhelos y aspiraciones.
Lejos de constituir un sistema socialista, la verdad es que se ha restablecido la figura del caudillo omnipotente respaldado por la voluntad popular, de la cual se considera el verdadero, único e insustituible representante. El pueblo como concepto abstracto pasa así a encarnarse en la persona del autócrata. En la práctica no se trata de que el pueblo sea el poder, sino de que el poder es el pueblo, su personificación y concreción, en virtud de lo que todos sus actos están justificados pues provienen de su fuente originaria, por encima de la Constitución, las leyes y las instituciones.
Esto lleva más que al socialismo a la caracterización de un neocorporativismo, en el que resaltan la autocracia, el derrumbe del Estado de Derecho y la democracia y la egolatría de los líderes, puesta de manifiesta en las diferentes y visibles formas del culto desmedido a la personalidad.
Realmente para lograr un verdadero cambio que sea capaz de integrar la democracia representativa y la participativa, la legalidad y la legitimidad, la libertad y la justicia social, sería necesaria la reafirmación de ciertos valores fundamentales en un nuevo contrato social planetario, que diera pie a un sistema y prácticas políticas, como la desconcentración del poder del Estado y su reorientación a un papel de coordinador general, la estructuración de poderes locales, federativos, municipales, departamentales, según los casos de que se trate, la subordinación de las políticas económicas a las políticas sociales, la elaboración de políticas sectoriales, educación, salud, empleo, vivienda, la regulación racional y sensata del funcionamiento del mercado y el replanteamiento de su naturaleza y acción, la reformulación del papel de los partidos políticos y su relación con la sociedad civil, la redefinición de la ciudadanía y de su participación en la elaboración de políticas públicas y sociales, el establecimiento de los mecanismos y formas de relación entre el Estado, el mercado, los partidos políticos y la sociedad civil.
Todo ello mediante la práctica permanente de un verdadero diálogo y no un monólogo desde las tribunas del poder, desde las que este dice lo que el pueblo debe aclamar. Un diálogo que establezca la comunicación y busque la unidad en la diversidad, pues la unidad, como dice Albert Camus, es armonía de los contrarios, mientras que la totalidad, es demolición de las diferencias, y el contrato social, nos dice el mismo autor, “es ante todo una búsqueda sobre la legitimidad del poder”.
¿Es esto irrealizable? Quizás, pero no hay que olvidar que en la raíz de toda realidad hay siempre un sueño y en la razón de toda lucha una utopía. Jurista, filósofo y escritor nicaragüense.
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