Eduardo Enríquez
El próximo 13 de febrero inicia el año escolar en Nicaragua. La inmensa mayoría de los niños y jóvenes que pasen por los portones de las escuelas públicas ese día van a comenzar una lucha que desde antes de levantarse esa mañana la llevan perdida.
La batalla está perdida porque aunque el niño o joven logre llegar al pupitre y a través del sacrificio de sus padres o del propio lleve en su mochila lo necesario para el quehacer escolar, al momento de llegar a clases en la mayoría de los casos se va a encontrar con una infraestructura derruida y lo que es peor aún, se encontrará frente a un maestro que no tiene los recursos para darle la instrucción adecuada, que con los 150 dólares que gana probablemente esté más preocupado en cómo alimentar a sus propios hijos que en preparar la clase y que por muy buena intención que tenga seguramente no podrá dar mucho porque su misma preparación es deficiente.
El Gobierno dice que desde el 2007 la matrícula ha venido en aumento; sostiene que para el próximo año se habrá alcanzado la universalización de la primaria. Pero esa es propaganda. La verdad es otra.
En un reportaje de Jeniffer Castillo de junio del año pasado quedó demostrado con cifras del propio Ministerio de Educación que la matrícula de la educación primaria está estancada desde el 2002 en 950 mil alumnos. Con el crecimiento de la población eso quiere decir que cada año son más los niños que se quedan sin ir a la escuela.
Por lo menos un 13 por ciento de los niños de Nicaragua en edad de estar en primaria estaban fuera en el 2011, según el mismo Ministerio de Educación. Eso nos pone lejos de la universalización.
El Gobierno “abulta” el dato con la cifra de alfabetizados que continúan en el plan del programa “Yo sí Puedo” y aunque eso es loable la verdad es que estamos patinando pues una gran cantidad de pequeños siguen sin llegar a las aulas en tiempo y forma.
Pero el Gobierno sigue obsesionado con la cobertura y “la batalla por el Sexto Grado” que es el nombre que le han dado a la universalización de la primaria. Sin embargo, aún si este objetivo se estuviera logrando —y no se está logrando— por sí solo no serviría de mucho ya que los muchachos llegan a las aulas a mal aprender.
¿Qué hacer? La verdad es que ninguna sociedad que haya superado el problema de la educación que tenemos nosotros lo ha logrado sin poner énfasis en los docentes. Los maestros tienen que ser mejor preparados, mejor pagados y deben rendir resultados medibles. De lo contrario, aunque se logre la universalización lo que se tendrá es un espejismo.
En el año 2008 el programa de Promoción de la Reforma Educativa en América Latina y el Caribe (PREAL) publicó un estudio de 25 sistemas educativos exitosos en el mundo y en conclusión dice: “Las experiencias resaltan la importancia de tres aspectos: conseguir a las personas más aptas para ejercer la docencia; desarrollarlas hasta convertirlas en instructores eficientes; y garantizar que el sistema sea capaz de brindar la mejor instrucción posible a todos los niños”.
Entonces para comenzar hay que pagarle bien a los maestros. El cuento del “apostolado” es el peor enemigo de la calidad de los maestros porque aunque hay un porcentaje que sin duda tiene una verdadera vocación la realidad es que el maestro no tiene por qué hacer votos de pobreza cuando es probablemente el principal arquitecto del futuro de un país.
Y por último, este maestro bien preparado y bien pagado debe ser evaluado por resultados. Mientras mejores resultados obtiene, más dinero debe ganar. Por el contrario, los maestros que obtengan malos resultados deben de salir del sistema.
Claro que además se deben mantener programas como la merienda escolar para asegurar la retención y la mejor alimentación de los niños que sin duda incide en su desempeño.
Es una tarea ardua y compleja que solo se logra con voluntad política para asignar los fondos necesarios y firmeza para que las cosas se muevan por resultados y no por las presiones de los sindicatos, el populismo o la propaganda.
De todo eso estamos lejos aún, y ni siquiera comenzamos a caminar en esa dirección. En otras palabras, este es otro año perdido.
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