Por Eric Núñez
NUEVA YORK/AP
«Habría que haber estado ahí para creerlo. Nunca nos rendimos. Suena cursi, pero la realidad es que nunca nos rendimos».
Esa fue la frase con la que Tony La Russa, el manager de los Cardenales de San Luis, sintetizó uno de los juegos más electrizantes en la historia de Grandes Ligas.
Fue un jueves 27 de octubre, en el Busch Stadium de San Luis.
En el sexto juego de la Serie Mundial, los Cardenales llegaron a estar dos veces a un strike de quedar eliminados ante los Rangers de Texas.
Al disparar un jonrón al abrir la parte baja del undécimo inning, David Freese se encargó de poner fin a un duelo en el que nadie quería rendirse.
Con dos outs en el noveno, Freese había salvado a San Luis con un triple de dos carreras ante el cerrador dominicano Neftalí Féliz para empatar el juego. Josh Hamilton conectó un jonrón para darle a Texas una ventaja de dos carreras en el décimo, pero Lance Berkman lo empató con un sencillo en la parte baja.
Al día siguiente, en el primer séptimo juego en una Serie Mundial desde 2002, San Luis acabó consagrándose en un inolvidable clásico.
Una serie en la que en el tercer encuentro Albert Pujols demostró por qué es el mejor bateador de su generación con uno de los mejores despliegues ofensivos de la historia al quedar junto con Babe Ruth y Reggie Jackson como los únicos peloteros con tres jonrones en un juego de Serie Mundial.
Fue el broche de oro de un año de colapsos en septiembre, de los hitos individuales de Derek Jeter, Mariano Rivera y Jim Thome, y un Justin Verlander que demostró que un lanzador también puede ganar el premio al Jugador Más Valioso.