Por Amalia Morales
Fotos de Manuel Esquivel
Aquí hay una cuartería. El pasillo es un galillo embaldosado, casi techado por encajes sucesivos de alambres en los que cuelgan, como banderines, ropa usada de niños y viejos. Calzones estirados, brasieres descoloridos, pañales, camisetas, pantalones gastados, faldas con estampados marchitos, calcetines rotos. Son parte del ajuar que se ponen los 80 adultos y los 60 y pico de niños que viven en este vecindario de 12 cuartos, situado a un lado de una transitada avenida de Monseñor Lezcano.
Mientras se camina asoman las 12 puertas de los 12 cuartos. Del umbral de una sobresale la cabeza de una muchacha, la hija de uno de los dos mecánicos —medio hermanos— que están sentados en la entrada esperando motocicletas que reparar.
Unas tablas más adelante, en la otra puerta, hay mezcla de cemento y un hombre de espaldas descascarando una pared. En la que sigue, se exhibe el maniquí de un pie volteado, donde se embonan zapatos fregados, con un radio a la par. El zapatero no está. En su lugar su hija de cinco años juega a lavar un calcetín curtido.
La puerta de enfrente está abierta, pero no se distingue un alma, solo uno que otro mueble y algo colorido que, desde afuera, parecen flores plásticas puestas en un jarrón sin agua. La próxima puerta está cerrada, pero se hace notar por el verde pastel y la baranda del mismo tono que rebasa los límites de las otras piezas. Se podría decir que ha invadido parte del espacio público: el pasillo común. Por los colores de las tablas, más que por las puertas, se sabe cuando termina un cuarto —¿una casa?— y comienza otro. Por el desgaste del color o por lo deshilachado de las tablas también se puede especular sobre la posición económica y hasta la ideología de los habitantes del cuarto. Así, la de color lila, podría pensarse que es de alguna feminista o, en el verde que se ve más o menos fresco, que sus moradores al menos trabajan.

Aquí hay una cuartería. Se sabe por la barahúnda eterna.
—Vamos donde la Coco pues —le dice una mujer a otra que carga un niño—. Ahí viene.
—¿Va a querer jabón de lavar traste? También llevo Ace —grita una con delantal a varias de las puertas.
Se oye un “buenas” más allá. Palabras duras, otras con olor a celo, en voz baja, susurrantes.
En este vecindario, como dice a carcajadas José Félix Muñoz, el zapatero que lleva muchos años aquí, por “las tablitas se oye hasta lo que uno se tira”. Con atención, y en alguna pausa del barullo, se oyen hasta los suspiros.
Cantan gallos a las cinco en punto, menos Matusalén, el gallo de 12 años de doña Chepa, que en silencio espera la muerte a un lado de la puerta de lata del baño. Y también aportan al corro unos perros que le ladran a cualquier extraño, como el pequinés de Karla Ortiz, que tiene un reino de 22 metros (lo que mide la pieza) para ensayar sus alaridos. Mientras, la paloma encerrada en una jaula prehistórica soporta su cautiverio con canciones lastimeras de Isabel Pantoja que inundan el inodoro que comparten cinco cuartos.
LOS PRIMEROS DÍAS
Una estufa, una mesa, un rin y una cama para alojar a tres hijos con su madre, a veces también al padre, fue todo lo que alcanzó en aquel primer cuarto de tablas que alquiló Cándida Josefa Umaña, cuando llegó a Managua. El mismo en que ha vivido 30 años.
Umaña se había venido de La Conquista, Carazo, a probar suerte a la capital. Estaba enamorada, joven, y empezaba a ganarse la vida lavando y planchando, lo mismo que sigue haciendo ahora que suma 52 años, que es conocida en la cuartería como “doña Chepa”, la misma que cuida a más de 10 nietos, y a la que le duelen las rodillas cuando camina.
La cuartería se dividía entonces en 18 habitaciones de tres por tres metros, calcula el zapatero José Félix Muñoz, que comparte cuarto con cinco. En aquella época se pagaban 140 pesos. El primer cuarto, el que da a la calle, desde siempre aprovechó la ventilación de la avenida para fundar un taller de motocicletas. Cuesta imaginar si era próspero o no, pero con eso sostuvo a su familia Ángel Gutiérrez hasta que murió. Sentada en el umbral de la puerta de su casa, que reúne el espacio original de tres cuartos, doña Chepa cuenta que llegó con tres hijos. Y entre esas paredes de madera con rendijas por las que entra el sol, y cualquier insecto o roedor, salieron cinco más. Con ella todavía viven allí varios. Cada uno con sus proles.
CUARTOS CASAS
Técnicamente las cuarterías fueron clasificadas en el censo nacional de 2005 como casas particulares, donde también están la casas, quintas, apartamentos y ranchos.
En comparación con los datos nacionales de viviendas, estas habitaciones casas apenas representaron el dos por ciento del universo total de viviendas. Menos de ocho mil personas vivían en ellas.
De acuerdo al censo, la mayoría de los que viven en cuartería son alquiladas o prestadas.
Y en el rango de las viviendas colectivas el censo deja a los hospedajes, pensiones, casas de huéspedes, moteles.
Hasta cierto punto las cuarterías pueden ser un híbrido, porque hay un espacio particular, pero otro colectivo como los baños, los inodoros, el área social —fundamentalmente el pasillo— y cada vez menos, los lavanderos.
En la cuartería donde vive Dora María Bravo, desde hace 40 años, es común el excusado y el baño. La sala de la fila de cuatro habitaciones también es común: el pasadizo. “Con permisos” van y vienen como muletillas que interrumpen las conversaciones entabladas en el corredor.
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Por suerte, para Dora María, que vive de la venta de cabeza de chancho en caldillo, la mayoría de esos “con permiso”, son de sus nietos, o sus hijas. Antes y después de ella, alquilan tres hijas.
Para algunos la cuartería es un lugar de tránsito, un peldaño previo a la tenencia de una casa propia. Dora María dice que siempre estuvo a punto de irse a otra parte, pero nunca se fue.
La tentaron a mudarse a Villa Libertad, cuando se fundó. Lo vio lejano e inseguro. “Me parecía que iba a encontrar degollada a una hija mía”. Admite que necesitaba algo cerca del mercado Oriental, donde ha vendido por cuatro décadas las cabezas de chancho.
En el boom de los asentamientos la tentaron para hacerse de un solar. “También me dio miedo agarrar terreno en una tierra que no era mía”, dice rechazando el vicio de invadir tierra.
A GOLPE DE MARTILLO
Dora María es regordeta. Cuando camina intenta equilibrar el peso en las rodillas y se bambolea de un lado a otro como un barco de vela en altamar.
Para ella, que ahora comparte cuarto con una nieta y su hijo, lo más duro después de alquilar es el carácter de los dueños o cobradores. “Aquí uno aguanta asareos a cada rato”, dice esta mujer de 70 años, que el próximo 8 de enero cumplirá 40 de alquilar en la misma cuartería situada en el barrio San José Oriental, a pocas cuadras del gimnasio Alexis Argüello.
“En el caso de las cuarterías, las situaciones de pobreza están invisibilizadas. Son personas que viven en situaciones precarias pero en un contexto ‘clandestino’, escondidas en la fachada de un hotel o cuartería”, apunta el antropólogo y resalta que la capital “ha crecido hacia las afuera de Carretera Masaya y, en menor medida, hacia Carretera Norte y Carretera Sur, con una migración de personas de clase media y alta (con sus matices internos). En cambio ha crecido hacia adentro (con las cuarterías por ejemplo) con una migración de clase baja, sin posibilidades de financiar sus propias casas o conseguir un terreno”.
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“Como será, que tengo guardado mi primer recibo”, dice con orgullo. Dora María paga mil córdobas al mes, pero cuando llegó, hace casi 40 años, eran 170 pesos.
Los recuerdos de los cobros en las guarderías no suelen ser gratos para los inquilinos.
“Aquí el dueño venía con un martillo a golpear la puerta si uno se atrasaba. Y con un día que se atrasara le arrancaba el tuco de zinc o las tablas”, recuerda el zapatero José Félix Muñoz.
“A mí me sacaron de la cuartería porque la dueña me quería cobrar 140 dólares y ya pagaba 120 dólares por un cuarto con baño, donde hay ratas y cucarachas”, se queja Verónica Guillén, a quien echaron de otra cuartería en Monseñor Lezcano.
El periodista y escritor Mario Fulvio, quien vivió en una cuartería de niño, también aporta lo suyo al mal humor de los dueños. Paz Cendrero se llamaba la dueña de los cuartuchos donde alquiló su mamá en un solar de la vieja Managua. Dice que doña Paz era bien estricta con el pago. Al que se atrasaba le pedía el cuarto. Pero aceptaba que le cancelaran por día, por quincena o por mes.

La propietaria de una excuartería famosa situada en el sector de la subestación Ajax Delgado, en el barrio San Luis, se defiende. Ella dice que siempre se llevó bien con sus inquilinos, que vivieron como en comunidad. “Yo no me metía con ellos, ni ellos conmigo”, dice. Cuenta que la cerró por su edad. Con 78 años encima “ya no tengo necesidad. Mis hijos me mantienen”, sentenció.
La entrada es estrecha. Un peleador de sumo difícilmente podría entrar al cuarto de Karla Ortiz, que concentra olores del día y la noche. Ortiz contradice los prejuicios de cuartería, y dice que allí la gente respeta lo que es del otro. “Cada quien sabe cuáles son sus alambres, y hasta donde llegan sus cosas”. Con 45 años, y unos veinte en este chorizo habitacional, rescata la solidaridad. “Cuando mi mama se enfermó, todo el vecindario estuvo conmigo”, recuerda. No le dieron ni un peso, pero nunca la dejaron sola durante la agonía. En medio de esas piezas humanas pueden habitar todas las plagas: el chisme, las ratas, alacranes, zancudos. Puede ser que la gente se mate por una mala mirada, reconocen todos, pero la soledad, considerada la plaga del siglo veinte, no es inquilina bienvenida en ninguna cuartería.
La Pazcerero, un personaje de cuartería
(Por Mario Fulvio Espinoza)
Como buena Managua de los años treinta doña Paz Cendrero acostumbraba sacar su mecedora en las tardes “de fresca” para descansar, ver pasar a la gente y conversar con uno u otro viandante.
Esta bucólica costumbre tenía a veces una intempestiva interrupción cuando alguna despistada o mal intencionada persona, se acercaba a ella para preguntarle: —¿Aquí es la cuartería donde alquilan cuartos? —¡Cuartería es donde vive la p que te parió! —Respondía indignada doña Paz—. Aquí lo que hay es una colonia donde reside gente decente. Arrecha y con el azúcar elevado a chorrocientos grados, metía su silla a la casa y se quedaba declamando un monólogo de verbos de las peores conjugaciones contra “la gente imbécil”. Más iracunda era su ira cuando, en la situación anterior, el malintencionado transeúnte le preguntaba: —¿Aquí es la cuartería de la Pazcerero? —Ni cuartería, hijo de los cien mil almácigos de p Ni Pazcerero porque soy Paz Cendrero. Anda mil veces a la m junto con la sonta que te parió. Aquello era el acabose, doña Paz, que no era nada pacífica, volvía a internarse en su lóbrega vivienda expeliendo toda la personería de su perorata escatológica. Era doña Paz Cendrero una dama robusta, morena, mofletuda, de pelo cenizo y crespo. Alguien decía que tenía un hijo que no le aguantó el gas y se fue a vivir al extranjero.
También era la dueña de una cuartería ubicada en la Octava Avenida Sureste de la vieja Managua, exactamente detrás de la residencia de los jesuitas que regentaban la iglesia de Santo Domingo. En horas de la tarde el edificio de los curas proyectaba su sombra sobre la casa de doña Paz, de ahí que resultara agradable para la señora sacar su poltrona a la acera para aliviar el sofoco de la tarde. ¿Por qué le decían Pazcerero? No lo sé. Pero debo decir que era costumbre de los capitalinos poner apodos a la gente y a las familias y, como explica don Gratus Halftermayer, en Managua vivían “Las Pijonas”, “Gavilanas”, “Cachimbitas, “Chico Zúniga”… ¿Por que no había de caber “La Pazcerero” en toda esa fauna? Pues bien, la cuartería de doña Paz ocupaba un área de diez varas de frente por cincuenta de fondo. La vivienda del frontis era la ocupada por la dueña, al lado un pequeño zaguán por donde se penetraba a las “viviendas” que en número de 10 se alineaban al lado derecho del solar, aunque había otras seis que hacia la mitad del patio se ubicaban a la izquierda. Parte del centro y detrás de la vivienda de doña Paz, estaban dos baños, un lavandero y dos letrinas cubiertas por un cobertizo de tablas.

Las casas eran cuartuchos de tablas de cuatro por cuatro varas cuadradas, que doña Paz alquilaba a razón de seis pesos quincenales. Las únicas facilidades que brindaba la dueña a su vecindario eran los dos baños, las dos letrinas y el lavandero. El uso de estas “facilidades” ocasionaba continuas trifulcas entre los ochenta habitantes de la cuartería, que hacían cola para bañarse, aunque algunos resolvían metiendo un cubo de agua a la casa y haciendo baño de ella..
Entre el lodo del invierno y el polvo del verano transcurría la vida de la cuartería, a la que se sumaba las pestes colectivas causadas por pulgas, piojos, chinches y zancudos que pululaban en los antros, pues doña Paz no gastaba en fumigaciones ni cosas por el estilo, “cada quien que se cure solo” decía. El vecindario encendía fuego de leña verde para espantar los mosquitos y así, por las tardes de invierno el ambiente era más sórdido y gris que de costumbre.
Con pocas excepciones la vida individual era cosa publica en la cuartería, las mujeres sabían la vida y milagros de sus vecinas y sus comentarios no eran muy cristianos que se diga pues no dejaban títere con cabeza. Mi madre estaba casi a salvo del cuchicheo pues pasaba todo el día bordando a máquina donde las señoritas Navarro. Las paredes de todos los cuarto eran de tablas cuarteronas con techo de zinc sarroso, Había que contar la cantidad de cucarachas y sabandijas que se refugiaban entre las tablas, pero mi madre aliviaba el problema echando “flit” en ellas. No había luz eléctrica así que todo el vecindario se alumbraba con candiles, que se encendían después de las seis de la tarde.
En nuestro cuarto solo cabía una tijera, que desplegábamos por la noche para dormir, y una estufa que servía para todos los oficios propios de un hogar, planchar, hacer café y cocinar. A pesar de la pobreza no faltaba alguna familia celebrando La Purísima y dando el brindis con limones y caña.
Como en cualquier conglomerado pequeño, vivían ahí algunos personajes excéntricos, entre ellos recuerdo a la Dorothy Sampson y a la Marling Brooks, ambas oriundas de la Costa, que vivían en cuartos opuestos. Por períodos eran grandes amigas, de las llamadas “intimas”, sin embargo, cuando se peleaban, que era muy a menudo, a grandes voces se ofendían y era de aguantar aquella perorata de maldiciones, verbos y chifletas todo el día. Ahí salían a la luz pública todos los defectos, pecados, latrocinios de ambas mujeres. Pasado el enojo volvían a ser “intimas” como para recargar baterías para el próximo encuentro.

Otro personaje controversial era don Anaximándro Gutiérrez, todo mundo sabia que su mujer le daba a menudo “sopa de muñecas” aunque a puertas cerradas, sin embargo, era común ver salir a buen zapatero don Anaximándro por el pasillo que daba al portón, poniéndose la faja y diciendo a grandes voces: ¡¡Así quieren estas putas!”, para que el vecindario creyera que él era el apaleador.
Si era gris en general la vida en la cuartería y siempre tenia su bemoles, la gente poseía el valor sublime de la solidaridad. Si alguien se enfermaba, sobre todo si era un viejito o una viejita, la gente les llevaba las “sustancitas” y alimentos para que se nutrieran y mejoraran. Igual dolor existía entre el vecindario ante las gravedades y muerte de cualquier vecino.
En este aspecto el vecindario de la cuartería adoptaba la misma y noble conducta de los pobres de la nación, que son solidarios con el prójimo en todas las tragedias y lapsos negativos de la vida. Hubo otras famosas cuarterías en la Managua de los años treinta y cuarenta, la más notable fue la llamada “Cuartos de Julián Gutierrez” que estaban ubicada cerca de la Zona de Tolerancia donde habían establecimientos de prostitución autorizados, entre ellos “La Conga Roja”.
En ese local ocurrían a menudo riñas violentas que protagonizaban los “pelones” de la Guardia Nacional cuando gozando de “permiso” llegaba por la noche a la “Zona” en busca del goce sexual. Sin embargo era común que “los chivos” de las mujeres entraran en celos y ahí se armaba la de San Quintín. Generalmente ganaban los “chivos” que echaban la vaca a los guarditas.
No obstante cuando llegaban refuerzos a los “pelones” los chivos salían huyendo y se refugiaban en los laberintos de los Cuarto de Julián Gutiérrez que eran alrededor de quinientos, repartidos en un área como de cuatro manzanas. Ahí los chivos se volvían invisibles.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 A y 7 A