Mabel Calero
La mamá de Evert anhelaba que su hijo fuera a la escuela, sin embargo cuando llegó a matricularlo miró que la primera barrera eran las gradas que estaban a la entrada del centro escolar. El niño se moviliza en una silla de ruedas.
A pesar de que en las escuelas de primaria se han hecho esfuerzos para adaptar la infraestructura, en las escuelas de secundaria las condiciones no han cambiado.
La mañana de ayer en Carazo se llevó a cabo el segundo encuentro regional de educación inclusiva organizado por Los Pipitos.
Maestros, familiares y sicólogos compartieron experiencias, avances y obstáculos que han encontrado para que se desarrolle una “educación inclusiva justa y equitativa”.
La docente Mabel Gutiérrez, del Centro José de la Cruz Mena, manifestó que habiendo leyes que respaldan a las personas con capacidades diferentes todavía existe la barrera “de actitud” que no les permite avanzar.
“Habiendo tantas leyes y políticas las personas han hecho casi imperceptible el concepto de inclusividad. Es necesario y urgente un cambio de actitud en la sociedad, porque nadie está excepto a sufrir de una discapacidad”, recordó Gutiérrez.
Tallía Dixon Martínez, directora del Programa de la Educación Inclusiva de Los Pipitos a todo el país, afirmó que los cambios deben de trascender las aulas de clases, porque las demandas de las personas con discapacidades cada día se amplían.
“Los modelos de escuelas que tenemos en nuestro país ya no encajan con la diversidad que tenemos, hay que abrir espacios, tenemos que ser más flexibles y crear más condiciones para los niños y adolescentes con discapacidades”, dijo Dixon.
En Carazo hay varios centros que apoyan a niños y adolescentes con discapacidades. El Centro José de la Cruz Mena atiende a 630 niños, el albergue Tierra de Judá se encarga de 14 niños discapacitados que fueron abandonados por sus padres y la Fundación Antorcha enseña un oficio a 30 muchachos.
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