Los indignados de Los Ángeles, fueron desalojados el 30 de noviembre.

Oler a indignado

La zona más poblada del campamento de indignados en Los Ángeles, California olía igual de día y de noche, una mezcla de orines, vómitos, cigarrillos, marihuana, pies sudados y cuerpos sin bañarse. Permanecer en cualquier a de las casi 500 tiendas de campaña era una hazaña para un olfato delicado. No tenían agua potable ni electricidad y solo había 18 inodoros portátiles para más de 800 personas, pero aún así vivieron desde el primero de octubre pasado en las inmediaciones del ayuntamiento de esta ciudad del oeste estadounidense.

Juan Carlos Bow

La zona más poblada del campamento de indignados en Los Ángeles, California olía igual de día y de noche, una mezcla de orines, vómitos, cigarrillos, marihuana, pies sudados y cuerpos sin bañarse. Permanecer en cualquier a de las casi 500 tiendas de campaña era una hazaña para un olfato delicado. No tenían agua potable ni electricidad y solo había 18 inodoros portátiles para más de 800 personas, pero aún así vivieron desde el primero de octubre pasado en las inmediaciones del ayuntamiento de esta ciudad del oeste estadounidense.

Al inicio solo “ocuparon” el parque del costado sur del palacio municipal, pero luego se extendieron a los jardines alrededor. Una pequeña plazoleta del parque, ubicada unos 20 escalones abajo de la entrada del ayuntamiento, era el centro del campamento. Hacían asambleas diarias, fiestas, practicaban yoga y tai chi, y la usaban como sala de prensa donde los periodistas llegaban a entrevistar a los voceros de turno. Cualquiera podía pararse en medio e iniciar a despotricar contra el sistema, siempre iba a encontrar eco y micrófonos disponibles. Nunca estaba vacía y los acampados deambulaban semidesnudos o con ropas estrafalarias, y algunos descalzos.

Si el alma era la plazoleta en el sur, el cerebro estaba en los jardines al costado norte del palacio, donde las tiendas de campaña eran pocas, el ruido soportable y el viento eliminaba los hedores. Aquí los “ocupas” se dedicaban más a informar sobre su lucha a través de volantes o explicaciones verbales a los transeúntes, también daban sesiones de meditación.

Para quedarse en el campamento solo se debía llevar algo en que acostarse, ya fuera un pedazo de cartón, plástico o, si tenía posibilidades, una bolsa de dormir, pero sobretodo una colcha o frazada para cubrirse del frío. No era necesario compartir la causa de lucha, aunque la mayoría decía protestar contra la avaricia de los banqueros, existían quienes lo hacían contra las deportaciones de inmigrantes, el maltrato de los animales, la globalización o por una alimentación sana, la paz mundial, las mujeres de Yemen y en apoyo a los estudiantes en Chile. La idea era estar indignado por algo.

Uno de los primeros indignados fue el salvadoreño Alex Recino, un técnico en electrónica con más de 20 años en EE. UU., quien desde hace un año está desempleado. “Desde que me enteré que en Nueva York se formó un grupo, vine a diario al parque a ver cuándo lo ocuparíamos”.

El nacimiento de la ocupación fue idílico. Las autoridades municipales y policiales no los molestaron, además que la población les ayudaba llevándoles alimentación y uno que otro enser. Pero todo cambió en las últimas dos semanas previas al desalojo. “La gente ya se cansó de traernos comida y ayudarnos, cada día hay menos para comer”, aseguraba Miriam Tafoya, una indigente que aprovechó la “ocupación” para tener comida y techo seguro. El menú era amplio: hot dog, emparedados, tamales, burritos, pupusas, cruasanes y una variedad de panes dulces.

También las autoridades comenzaron a advertirles que no podían seguir en el parque argumentando problemas de seguridad. El alcalde de la ciudad, Antonio Villaraigosa, cambió su actitud pasiva y permisiva hacía los acampados y el viernes 25 de noviembre firmó una orden de desalojo, que sería efectiva a partir de las 12 horas del lunes 28, pero que se ejecutó la madrugada del pasado miércoles 30.

La última noche comenzó con una cena de frijoles con ensalada de repollo y vegetales en escabeche, regalo de un buen samaritano. Después continuó con improvisados conciertos de músicos callejeros en la plazoleta, donde algunos bailaron asemejando danzas tribales de agradecimiento. Ya todos sabían que la Policía venía por ellos.

Entre las 10 y 11 de la noche, agentes de la Policía de Los Ángeles formaron un cerco humano para bloquear el acceso al palacio municipal. Una parte de los indignados se tomaron las calles alrededor, mientras otros se quedaron en el parque unidos de los brazos para dificultar el desalojo, pues ya habían decidido a no oponerse violentamente. La única duda entre los acampados era quiénes se dejarían arrestar, al final fueron 200 los que lo hicieron.

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