Por Edgard Rodríguez
En una sociedad como la nuestra, afectada por una terrible crisis de valores, acentuada por la fragilidad de las instituciones y la creciente convicción de individuos que se consideran por encima de la ley, Román “Chocolatito” González parecía una alternativa fiable ante la necesidad de las personas que buscan referentes para inclinar su admiración.
Dueño de un talento excepcional, Román logró entrar hondo en el sentimiento popular, no solo por la facilidad con que pulveriza oponentes, sino también por su don de gentes, sencillez y generosidad, rasgos a través de los cuales, hace recordar a Alexis Argüello, cuyo comportamiento en su etapa de pugilista fue intachable, al extremo de ser considerado el Caballero del Ring.
Pero de pronto, González ha quedado expuesto en medio de un serio problema conyugal, que no solo afecta su imagen y su legado, sino que también dejó al descubierto una realidad que, al parecer, no tiene punto de contacto entre lo que se pregona en público y lo que se es en esencia.
Mi propósito no es acusar o defender a Román. Deseo, más bien, expresar la tristeza que me provoca ver a un chavalo con un gran futuro, y un gran presente también, sumergido en una situación, que por desgracia no es única, sino parte de una descomposición generalizada.
Cuando se trasciende, como es el caso de Román, el comportamiento tiene que ser más preciso, íntegro. Y no se trata de meterse en la vida privada del deportista, sino en que debemos esforzarnos para que la parte privada de nuestra vida no nos avergüence en público.
Mi deseo es que “Chocolate” resuelva su situación y podamos volver a apreciar su talento como boxeador, y mejor aún, su esfuerzo por ser una mejor persona.
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