La Nicaragua política de hoy es muy distinta a la que existía antes de las elecciones. Uno de los mayores cambios es el cierre de la vía electoral como mecanismo para cambiar gobiernos. Con sus acciones Ortega ha indicado claramente al mundo que asume plenamente la terrible expresión de Tomás Borge: “Podemos pagar cualquier precio lo único que no podemos es perder el poder hagamos lo que tenemos que hacer”. Las dos últimas elecciones, las municipales del 2008 y las presidenciales recientes, han demostrado su determinación de no sujetarse a las reglas del juego democrático.
No es previsible que varíe su conducta. Ortega nunca ha creído en las elecciones, mecanismo que considera propio de una decadente “democracia burguesa” mal llamada “representativa”. Su participación en procesos electorales, como las de 1990 y siguientes, solo se explica por el peso de circunstancias externas ajenas a su voluntad. Él siempre ha preferido el sistema de partido único —lo dijo expresamente en Cuba— y sus personajes más admirados han sido dictadores como Castro y Gadafi. Hoy, que Ortega está en vísperas de controlar en forma absoluta todos los poderes del estado, el camino para su entronización indefinida ha quedado despejado. Él ya no va a salir por las buenas.
El esquema de partidos políticos buscando votos para acceder al poder ha quedado obsoleto. Funcionó desde 1990 hasta el 2007. Ya no más. Podrá haber todavía elecciones, como las había con Somoza, pero estas no pasarán de ser remedo; el destino de la oposición tradicional será el de socios menores apaciguados con un pedazo del pastel presupuestario; el zancudismo.
¿Qué camino queda entonces? ¿Cuáles son las alternativas ante un gobernante o dictador determinado a no entregar el poder a través de elecciones limpias y que posee todos los medios para impedirlas? En Nicaragua se han usado dos medios inaceptables: el glorificado por el propio Ortega, en la estatua que mandó a construir de Rigoberto López Pérez, cuyo ejemplo supongo que ruega a Dios que nadie siga, y la guerra civil. Pero aunque ambos han terminado con dictadores, ninguno de ellos ha servido para construir una patria nueva o abonar una paz duradera.
Afortunadamente existe un tercer camino, menos traumático y más constructivo, que ha probado su éxito derribando a muchos dictadores, o forzándolos a someterse a las reglas del juego democrático: el de la resistencia civil organizada; el poder del pueblo en las calles. La primavera árabe es el ejemplo más reciente de esto, pero tiene abundantes antecedentes. Uno de los que más ha estudiado este fenómeno es Gene Sharp; De la Dictadura a la Democracia , (obtenible en www.aeinstein.org). El ilustra los casos de dictaduras aparentemente bien arraigadas que se han desmoronado ante el desafío predominantemente no violento del pueblo; el Shah de Irán, Marcos en las Filipinas, las dictaduras comunistas de Alemania Oriental, Polonia y Checoslovaquia, la revolución naranja de Ucrania, etc.
Evidentemente, este tipo de lucha no se improvisa y requiere de un tipo de liderazgo distinto al que predomina en democracias bien establecidas. Exige personalidades como las de Gandhi, Martin Luther King, Walesa, Pedro Joaquín Chamorro, Corazón Aquino, es decir, hombres y mujeres de convicción, dispuestos a ponerse a la cabeza de su pueblo arrostrando los riesgos de golpes, cárceles, persecución, exilio y muerte.
En las nuevas circunstancias de Nicaragua, líderes o partidos electoreros, incapaces de asumir los retos y sacrificios de los nuevos tiempos, quedarán rebasados por aquellos dispuestos a dar la batalla donde se cambian las cosas: no en los escaños de la Asamblea Nacional, sino en las calles.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
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