Wilder Pérez R.
Un sentimiento de orfandad se apoderó ayer del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter), cuando se conoció la muerte de su director, Alejandro Rodríguez.
“Siempre saludaba a todos los trabajadores por su nombre, no era orgulloso a pesar de su cargo, no cambió mucho desde que fundó el Ineter, desde que lo conocí fue el mismo hombre risueño”, comentó el meteorólogo Alejo Moreno, quien lo conoció desde hace 30 años.
Marcio Baca, otro científico del Ineter, dijo que Rodríguez fue un visionario, porque comprendió e impulsó con anticipación la necesidad de unificar el Instituto Geográfico Nacional, el Catastro Nacional, y el Instituto Sismológico de Nicaragua, en 1980, para unirlos en una sola institución, que ahora tiene prestigio mundial, porque es utilizada como referencia a nivel internacional.
Esto lo confirmó el canciller Samuel Santos, quien dijo que el trabajo de Rodríguez dejó un legado a nivel de toda América Latina.
Al momento de su muerte, Rodríguez ocupaba por segunda ocasión el cargo de director del Cepredenac, organismo que coordina todas las instituciones como el Ineter de Centroamérica.
Jorge Castro, subdirector del Ineter, lo calificó como “una figura trascendental”, que no solo fundó la institución hace tres décadas, sino que al volver en 2007 la “refundó”, aprovechando que nunca se perdió del camino como una institución pionera en el conocimiento científico de Nicaragua.
LA DEUDA PENDIENTE
Una de las últimas luchas de Rodríguez fue la creación de un centro de tsunamis regional en Nicaragua, algo que probablemente tome forma en diciembre.
Sin embargo, ahora mismo hay una deuda que pagarle. “Es la Ley de Ordenamiento Territorial, él luchó por ella, decía que esta no solo era para evitar problemas sociales o desastres naturales, sino para el desarrollo económico de Nicaragua”, aseguró el diputado Agustín Jarquín Anaya.
Delgado, de nariz aguda, barba y pelo gris, Rodríguez fue un quijote para las ciencias, pero también para los trabajadores.
Ayer, cuando en el Ineter se les preguntaba si tendrían otro jefe como él, se volvían a ver entre ellos y sonreían viendo a las nubes.
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