Elízabeth Romero
El lugar de la masacre en San Fernando de Tamaulipas, donde el año pasado fueron asesinados 72 migrantes, por el grupo de Los Zetas, fue uno de los sitios que más impresionó a Reina Albina Escalante. Ella es una de las cuatro nicaragüenses que, junto con otras 29 centroamericanas, recorrieron el territorio mexicano siguiendo las huellas de sus hijos migrantes que están desaparecidos.
El lugar es inhóspito, según relata Escalante: “Nosotros lloramos al ver aquella soledad, al ver aquella tristeza donde los fueron a matar, en realidad allí no tenían salvación de nadie porque era árido, usted sabe lo que es un desierto”, comentó.
Uno de los sitios que impresionó a las madres fue el tren que abordan los migrantes para cruzar las fronteras y donde muchos de ellos encuentran la muerte.
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El sitio solo les hizo pensar en sus hijos desaparecidos. “En realidad eso es lo más duro que hay (…)en ese lugar es lo más lastimoso que puede haber, es un desierto que hay allí (…) hallamos gorras, hallamos chaqueta, abrigos que se ponen para el frío, hallamos zapatos, vendas para vendarse los pies o las manos por si les pasaba cualquier cosa”, recordó.
Escalante se unió a la caravana de madres en busca de su hija Irene Narciza Rugama, cuya fotografía mostró en todos los sitios de los Estados que recorrieron. Hace nueve años la vio salir de su casa en Chinandega, rumbo a Estados Unidos. Pero su búsqueda fue infructuosa. El 21 de octubre su hija debió cumplir 30 años. Hace siete años la escuchó por última vez, cuando la llamó para pedirle 50 dólares.
Es por ello, que al unirse a la caravana dice que “iba esperanzada, hombré como toda una madre, agarrarla, abrazarla, usted sabe lo que es una madre desesperada por ver a su hija. Yo iba con toda la fe de ver a mi muchachita… tan siquiera saber adónde está ella. Pero no, no la encontré”.
VIERON A SU HIJO PRESO
Silvia Ortiz es la otra madre que durante dos semanas recorrió México en busca de su hijo John Ríos Ortiz, de 34 años. “Me vine con dolor todavía en mi alma y en mi corazón como madre que soy porque no lo miré, no lo toqué y usted sabe que como madre uno lo que necesita es tocarlo sentirlo. Pero sí tuve la oportunidad que me dijeron que él está vivo”, expuso Ortiz. En varios refugios Ortiz habló con personas que le decían que habían visto vivo a su hijo, y uno de ellos le llegó asegurar que estaba preso en una cárcel de Saltillo. “Mi corazón siempre lo tengo partido, pero sí con una esperanza, de que él está con vida”, sostuvo Ortiz.
Desde hace tres años su vástago dejó su casa en busca del sueño americano. El 26 de julio del 2008, le hizo una llamada telefónica y le confió que estaba en México. “Me voy porque yo necesito tener mi casa”, fue lo que recuerda que le comentó su vástago cuando dejó Chinandega. Tras la experiencia vivida, las madres se proponen solicitar al Gobierno de Nicaragua que establezca un consulado que proteja a los nicaragüenses en México.
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