Francisco De Asís Fernández
Hay una vida invisible en esta calle donde el límite de la noche es la claridad. Inexplicablemente veo y siento que el horizonte tenuemente iluminado está al alcance de mis manos y separa mi cuerpo vulnerable de las casas dormidas con el adobe raspado en un mundo denso que no puedo tocar. Los hombres y las mujeres con aura oscura espirituales y ciegos con las cuencas vacías detienen la respiración eternamente con la naturalidad del rocío y callan.
Los vientos me avientan contra las paredes borroñosas y me impiden saber de dónde vienen los rumores apagados y creciendo.
Nadie más que yo siente los vientos.
Pero de pronto todos se detienen graves como en una puesta en escena de una tragedia Sófocles y vuelven su cara hacia las paredes inmensas y blancas con los adobes desmoronándose, y desde el fondo de la calle aparece, esperado como un destino, un enorme pavo real majestuoso con los ojos despiertos y brillantes de los hombres ciegos atrapados en sus plumas.
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