Play ball

Nunca he sido bueno para los deportes, pero no puedo resistir las películas deportivas. Raging Bull (Martin Scorsese, 1980) es un clásico indiscutible, pero en términos de cantidad y calidad, el beisbol es el deporte rey de la pantalla. Quizás el ritmo cavilante del juego permite proyectar en él todos los aspectos de la condición humana.

Por Juan Carlos Ampié

Nunca he sido bueno para los deportes, pero no puedo resistir las películas deportivas. Raging Bull (Martin Scorsese, 1980) es un clásico indiscutible, pero en términos de cantidad y calidad, el beisbol es el deporte rey de la pantalla. Quizás el ritmo cavilante del juego permite proyectar en él todos los aspectos de la condición humana.

Mi primera “jugada” fue apropiadamente una comedia infantil, la versión original de The Bad News Bears (Michael Ritchie, 1976), vista en un matiné en el Cine Dorado. El principal atractivo no era la redención del peor equipo de pequeñas ligas del mundo, sino la relación de camaradería entre los niños —encabezados por Tatum O’Neal— y el desastrozo entrenador alcoholizado interpretado por Walter Matthau.

Los ochenta acarrearon una genuina bonanza. El Mejor (Barry Levinson, 1984) destilaba el mito de la estrella con poderes casi sobrenaturales, dándole a un beatífico Robert Redford la capacidad de reponerse de un mortal atentado —Barbara Hershey le deja ir un balazo apasionado— para convertirse en pelotero capaz de invocar rayos al batear. Kevin Costner marca un doble. En la comedia romántica Bull Durham (Ron Shelton, 1988), es un profesional en caída libre, contratado para pastorear a Tim Robbins, como estrella en ascenso en un equipo de segunda división. Susan Sarandon es la devota fanática que no puede escoger a quien dar su amor. No hay preocupaciones carnales en Field of Dreams (Phil Alden Robinson, 1989), donde Costner es un granjero inspirado por una voz divina para construir un campo en medio de sus plantíos de maíz. Ahí, se materializan los fantasmas de los Medias Negras que vendieron la serie mundial en 1919. Puede mandar la espiritualidad a la banca y ver una versión realista del escándalo con Ocho Hombres Fuera (John Sayles, 1988).

Los noventas fueron una mala temporada. El bio-filme The Babe (Arthur Hiller, 1992), con el apreciable John Goodman haciendo de Babe Ruth, quedó out. A League of the Own (Penny Marshall, 1992) ganó puntos por rescatar la historia de las mujeres que mantuvieron viva la liga profesional mientras los hombres peleaban en la II Guerra Mundial. Costner fue ponchado con For the Love of the Game (Sam Raimi, 1999), drama romántico que no pudo revivir su carrera.

Y ahora llega Moneyball . La película documenta la proeza de Billy Beane, exjugador profesional y administrador de los Atléticos de Oakland, que en el 2002 utilizó proyecciones estadísticas computarizadas para armar el mejor equipo posible con un exiguo presupuesto, alcanzando un récord de 20 triunfos consecutivos, que puso en vergüenza a los gigantes de bolsillos profundos. Es tan buena que casi me da ganas de saber jugar. Casi.

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