El 22 de octubre pasado se celebró el Día del Beato Juan Pablo Segundo, quien ha pasado a la historia de la Iglesia y de la humanidad como uno de los grandes por su fe, por decirnos: “No tengan miedo abran las puertas a Cristo”, y por la coherencia de su mensaje de amor y vida pastoral hasta el fin de sus días.
El papa Juan Pablo II visitó dos veces Nicaragua, una el 4 de marzo de 1983 cuando fue recibido en medio de grandes atropellos del régimen sandinista. El Sumo Pontífice incluso durante su homilía tuvo que decir por varias veces: ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio! para callar a las turbas sandinistas que no dejaban que la feligresía católica escuchara el mensaje del papa.
En su segunda visita a Nicaragua, el 7 de febrero de 1996, el Sumo Pontífice calificó como “la gran noche oscura” al gobierno sandinista que atropelló de todas las maneras posibles a la Iglesia católica y a la población en general durante la década de los ochenta.
Según documento del obispo de Granada, monseñor Jorge Solórzano que habla del papa Juan II, afirma que nos deja el legado de la coherencia hasta el final, del seguimiento de Jesucristo y de su cruz hasta el mismo calvario, que no es sino el lugar del anticipo de la pascua. Seguir a Jesucristo no puede ser entonces una realidad acomodada, circunstancial u ocasional. Seguir a Jesucristo significa poner alma, vida y corazón hasta el final en la fidelidad de la vocación cristiana y de la vocación particular a la que el Señor, a través de la Iglesia, nos llama y nos capacita, seguros de que no hay dificultad ni prueba que no podamos superar en aquel que nos conforta.
El papa Juan Pablo II dice que aprendió y hace llamado a los jóvenes que un hombre cristiano deja de ser joven y no será buen cristiano, cuando se deja seducir por doctrinas e ideologías que predican el odio y la violencia. Por eso presenta a un Cristo muy exigente que invita a la conversión radical del corazón, a desprenderse de los bienes de la tierra, al perdón de las ofensas, al amor a los enemigos y hasta el sacrificio de la propia vida por amor al prójimo, (1988).
En la Jornada Mundial de la Juventud en Italia, decía a los jóvenes congregados: ¡No tengáis miedo de Cristo! ¡Os lo repito hoy a vosotros y a todos los jóvenes! ¡Él no provoca la alienación de vuestra identidad; no envilece, no degrada ni rebaja vuestra razón; no oprime vuestra voluntad! ¡Él es el Hijo de Dios, encarnado, muerto y resucitado por nuestra liberación auténtica y total! ¡Él es nuestro Salvador, nuestro amigo, nuestro hermano! La fuerza y la novedad de este planteamiento quiebran cualquier falsa expectativa La forma en que el papa habla a los jóvenes evita siempre el uso de expresiones negativas. El cristianismo es alegría y quien lo profesa y lo refleja en su propia vida tiene el deber de testimoniar esa alegría, de comunicarla, de difundirla en torno a sí.
El papa pide a los jóvenes no dejar de ser la conciencia crítica de la sociedad: “El envejecimiento viene por el lado contrario: el seguimiento a las ideologías, a los programas de existencia que atentan contra el mensaje”.
La autora es periodista catolica
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