Jazz de festival

La imagen colonial de Granada sintió la agitación del jazz, ese ritmo que pone en vuelo a la creatividad con premura instantánea.

Por Joaquín Absalón Pastora


La imagen colonial de Granada sintió la agitación del jazz, ese ritmo que pone en vuelo a la creatividad con premura instantánea.

Sus corredores estaban dormidos. Los despertó el I Festival Internacional del Jazz, tan dinámico y extensivo que pronto reunió a músicos de lejanos países en un convivir vibrante donde también estuvieron nuestros ejecutantes, la nueva generación que compartió con el maestro Tránsito Gutiérrez.

Aunque el género no ha conocido a nivel de mundo, los oscuros del ocaso y los diluvios del olvido, tenía un significado en Nicaragua de no ofrecer públicamente su eje sobre la quinta sol ( si bemol, la, sol, mi, sol ) y quién iba a imaginar que todo ese movimiento melódico renovable en capítulos que giran sobre el mismo tema, iba a explotar en la histórica sultana, en el quiosco, en la estación, en la Calzada y como amplificación, porque el jazz es vehemente e influye en el arrebato, a otros lugares privados y públicos de la ciudad.

Los espacios fueron dejados —póstumamente— para el júbilo de Charlie Robb, a quién presenté armado de instrumentos de viento en el Club Adlon desde aquella Managua —lirio en formación— no obstante provinciana, un roble nocturno, para Armando Morales, autocrítico cuando no cumplía con la pulcritud en la digitación, cultor de la destreza cuando a su guitarra le correspondían las notas del jazz, hombre de flamencos y de sevillanas, y para Mundo Guerrero —así lo presentábamos en su peregrinaje radial— improvisador, compositor anónimo de boleros, por voluntad propia, por su escaso afecto a la figuración.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí