Por Edgard Rodríguez
Después de exorcizar a los demonios que impidieron un título para los Medias Rojas durante 86 años, Theo Epstein ha colocado un reto más grande sobre sus hombros, y es acabar con el ayuno de 103 años que tienen los Cachorros, sin atrapar un trofeo de Serie Mundial.
Bueno, esa debe ser una de sus motivaciones para salir de Boston. La otra, es huir del relajo que no pudo resolver a lo interno del equipo, que tuvo como colofón, un desplome total en septiembre, pese a la enorme ventaja que tenía ante Tampa, y quedó fuera.
Pero a pesar de ese inconveniente, que indudablemente afecta su currículum, Epstein se va con un conteo global favorable. Además del cetro del 2004, ganado tras un espectacular regreso ante los Yanquis en la batalla por la liga, Boston también ganó otra corona en el 2007.
Y más que eso, cambió la cultura de los deportes en esa zona de Nueva Inglaterra, agobiada por los reveses de un equipo al que se le llegó a considerar maldito, revirtiendo incluso la supuesta maldición de Ruth.
Ahora, el problema que se dio este año en Boston y que significó su eliminación es responsabilidad de Terry Francona y de Epstein también. Se dice que pícheres como Jon Lester, John Lackey y Josh Beckett, se dedicaban a beber cervezas, comer pollo frito y jugar con vídeos, mientras el equipo se hundía en septiembre.
Eso muestra la falta de compromiso de los jugadores, pero también, la falta de integración entre la oficina principal y las operaciones en el terreno. A Francona le faltó autoridad para impactar al conjunto. A Epstein valor para hacer los cambios necesarios y evitar la caída.
Ahora en Chicago, Epstein tiene la oportunidad de volver a comenzar. Pero necesita hacer cambios profundos en un equipo que gasta mucho y produce poco, y quizá requiera de un sistema dinámico, basado en la inteligencia y el entusiasmo como el que se creó en Boston y que sacó a flote a toda la organización.
Epstein será recordado como el gerente que transformó a los Medias Rojas, pero también como el capitán que se hizo a un lado cuando el barco comenzó a naufragar. En Chicago tiene el chance de relanzar su legado y si sale a flote de nuevo, entonces perdurará en el tiempo como un gerente general que asumió retos de calibre y salió airoso.
Ya revirtió la maldición de Babe Ruth, ahora le espera la de la cabra en Chicago.
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