Ofelia explica que las personas de baja estatura todo pueden hacer. “Para mí lo único difícil es subirme un balde de agua a la cabeza, de ahí yo puedo hacer de todo. Mi mamá (Margarita Sevilla Santana) me enseñó a hacer de todo, a lavar, planchar, cocinar. La computadora no la sé usar porque creo que es como un vicio”, dice.

Una gran mujer

Cada vez que alguien llegaba de visita a su casa, Ofelia Blandino corría a esconderse debajo de una cama. Esa actitud la comenzó a tener después que otros niños, al verla por primera vez, exclamaban: “Mirá la enanita, mamá”.

Por Eduardo Cruz

Cada vez que alguien llegaba de visita a su casa, Ofelia Blandino corría a esconderse debajo de una cama. Esa actitud la comenzó a tener después que otros niños, al verla por primera vez, exclamaban: “Mirá la enanita, mamá”.

“Siempre, desde chiquita, la palabra enana me pareció ofensiva. Lloraba de enojada”, recuerda Ofelia, convertida hoy en una mujer de 45 años, una estatura de un metro y con dos hijos con la misma característica física de ella.

Los paseos que sus padres le daban en un parque de la colonia Nicarao donde nació y creció, y sobre todo cuando empezó a ir a la escuela, fueron hechos que le ayudaron a superar el complejo que le causaba su baja estatura, al punto que hoy en día a sus hijos los trata de enanos. “Vení enano, le digo a mis hijos”, relata Ofelia.

En toda su familia no existen ascendientes que hayan tenido baja estatura. Ella es la única y ahora también sus dos hijos, Óscar Abel y Junior. “Solo el de arriba sabe por qué. Toda mi familia es alta”, dice sobre la causa de su pequeñez.

Su poca altura física no le ha impedido lograr sus más añorados deseos. El primero de ellos era viajar y conocer el mundo, pero las posibilidades económicas de su familia no le permitían darse ese lujo. Su necesidad la satisfacía a medias acompañando a su padre, Óscar Blandino, quien trabaja como topógrafo y con él viajó por casi todo el país. La primera oportunidad para viajar le llegó a los 16 años, cuando un circo llegó a plantarse cerca de su casa. “Vos que querés viajar, metete al circo, con ellos podés viajar”, le dijo uno de sus hermanos. Y ella le hizo caso.

Lo único que sabía hacer cuando se metió al circo Libertad era bailar. A los 15 días le vieron que tenía “chispa” para quedarse y como en ese entonces estaban de moda Los Pitufos , la comenzaron a llamar “La Pitufina”. Y aunque fue su hermano quien le dio la idea, la familia no estaba de acuerdo con su aventura circense.

Ofelia recuerda que anduvo por toda Nicaragua con los circos nacionales, y que en una ocasión la tuvieron que proteger del público en El Viejo, Chinandega, donde aparentemente nunca habían visto a una persona adulta de tan baja estatura. Parte de su preparación como artista circense la recibió con maestros soviéticos, que prepararon a artistas nicaragüenses a través de la Asociación Sandinista de los Trabajadores de la Cultura (ASTC).

Un buen día, cuando Ofelia ya era reconocida entre los nicaragüenses, al país vino el circo mexicano Hermanos Suárez, adonde ella llegó a ver una función y le ofrecieron irse con ellos, lo cual aceptó de inmediato. Viajando por Centroamérica Ofelia conoció el amor en los brazos de un hombre de estatura normal, José Abel Pérez, con quien procreó sus dos hijos. Las cosas no le fueron tan fáciles a José Abel con Ofelia, pues tuvo que luchar mucho para ganarse el corazón de su Dulcinea.

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“¿El amor? ¿Por qué la gente siempre me pregunta lo mismo del amor? Los hombres son muy machistas. Mi amor ahora son Dios y mis hijos”, dice Ofelia, quien se separó de su esposo y ahora está soltera. “Siempre me salen enamorados”, afirma. En la vida se ha enamorado solo dos veces.

Para esa época a Ofelia ya la conocían como “La Tuanis”, porque siempre usaba esa palabra para decir que algo estaba bien. Otros le llamaban “La Chaparrita”.

Estando en México se fue por unos días a Texas con sus hijos, pero la experiencia fue amarga. Quería conocer Estados Unidos porque la gente siempre le hablaba maravillas de ese país y estando ahí todas las avenidas le parecían igual, ella no sabía hablar español y se perdió. “México, México”, le decía ella a la gente, pero solo sabían responder moviendo la mano en señal de saludo. Por eso, cuando Ofelia recibió una oferta de ir a trabajar en un circo a Italia, rechazó la oferta. “Si aquí nomás en Estados Unidos me sentí hundida, sin conocer a nadie, ahora yéndome a Italia, no, no, no”, pensó en ese momento.

En el circo mexicano Ofelia ganaba 250 dólares a la semana. “De ahí saqué mi casa”, dice. La vivienda está ubicada en un anexo de Villa Flor. La entrada está protegida por un portón de metal. Al entrar lo primero que se nota es que los sillones, las sillas, el comedor, la cocina, todo es de tamaño normal.

“Cuando yo iba a construir mi casa pensé en hacerla pequeña, como la de los enanitos toreros de México, que tienen camas muy pequeñas como de juguetes, las sillas son pequeñas, pero al final decidí que no porque con el calor que hace aquí (Managua). Además, me acostumbraron a usar cosas de tamaño normal. En la casa de los enanitos toreros me sentía extraña”, explica Ofelia, quien talla pantalones largos que luego recorta al tamaño de sus piernas, calza zapatos número 32 y sandalias número cuatro. Las blusas generalmente las compra talla pequeña (S). Cuando no puede alcanzar algún objeto en su casa, dice que se auxilia de un banco.

Bajo las carpas fue feliz. “El circo es un arte, como el teatro. La vida es bonita, se convive como gitanos. Todos comparten con todos”, asegura. Un número que le gustaba mucho era cuando interpretaba a Alicia Villarreal, acompañada por un mariachis de seis enanitos. También imitaba a otras artistas como Rocío Durcal. Pero Ofelia sentía que ese mundo, donde encontró mucho apoyo y solidaridad de sus compañeros de circo, no era suficiente para darle la mejor educación a sus hijos. “Me salí del circo para que mis hijos fueran algo en la vida. En el circo solo podían aprender lo básico”, dice.

Después de una gira en el 2001, cuando viajó por toda Centroamérica, Panamá, República Dominicana, Haití, Jamaica, aprovechó que regresaron a Costa Rica para desertar. Tomó sus maletas, a sus hijos y se vino para Nicaragua y ya no regresó al Hermanos Suárez.

La separación de su esposo fue una etapa muy dolorosa en la vida de Ofelia, especialmente porque se vio sola con su hijo mayor y embarazada del menor. La situación fue dura porque su exesposo le daba todo y no la dejaba trabajar, pero ahora nuevamente tenía que valerse por sí misma. “Me gusta buscar el dinero. Yo trabajé en los semáforos, vendiendo lotería”, recuerda. A diario se vendía hasta siete talonarios, por los cuales se ganaba 100 córdobas por cada uno.

Para asegurar el sustento de sus hijos, Ofelia regresó a los circos nacionales. Hoy se enorgullece de sus hijos. Óscar Abel ya está en primer año de ingeniería en sistemas y ha cursado cursos de computación, caja e inglés. El menor, Junior, está en segundo año de secundaria. “Yo pequeña siempre quise una bicicleta Caloi, porque tenía una forma de V y yo me podía subir. Le escribía a Santa Claus pero lo único que recibía era una muñeca. Hoy yo le doy lo necesario a mis hijos, hasta computadora laptop tienen”, expresa.

Hay una cosa que le critican a Ofelia: es adicta a los casinos. Asegura que ha tenido suerte y siempre gana premios de siete mil córdobas. Precisamente fue en un casino de Carretera a Masaya que conoció a una señora de nombre Sonia y de la cual dice no acordarse el apellido, con quien siempre se saludaba de hola, pero no jugaban juntas porque Sonia jugaba “al otro lado”, donde juegan los que tienen más dinero.

Un día Sonia se le acercó para conversar más largamente.

¿Te gustaría trabajar en la vicepresidencia? le preguntó.

—¿En la vicepresidencia?

—¡Sí!

—Para no quedarle mal, tengo que decirle que yo nunca he trabajado en esas cosas (oficinas).

—Lo único que vas a hacer es atender a las personas.

—¡Ah! ¿cómo en el circo?

—¿Cómo así?

—¡Entren, entren, entren, bienvenidos al circo!

—Sí, pero así no vas a decir.

—Yo solo le estoy dando una idea.

A las 3:00 de la tarde del día siguiente al que habló con Sonia, Ofelia estaba frente al escritorio del vicepresidente de la República, Jaime Morales Carazo.

—Buenas tardes, de antemano le digo que yo nunca he trabajado en lugares así.

—¿Pero vas a trabajar aquí?

—Yo no sé usted.

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Cinco minutos después Ofelia estaba firmando contrato para laborar como encargada de protocolo del vicepresidente de la República. Ocurrió en el año 2007 y de inmediato la enviaron a capacitarse en el área de protocolo al colegio Manuel Olivares. Ella se encarga de recibir a las personas que llegan a buscar al vicepresidente y llevarlas al lugar donde se van a reunir con él.

Los primeros días fueron difíciles porque Ofelia, no estaba acostumbrada a tener un horario estricto de trabajo. El vicepresidente se ha portado muy bien con ella desde el inicio, aunque a veces tenía que pedir que callaran a la “Ofelita”, porque gritaba mucho o se ponía a cantar. “Aquí me he relacionado con muchas personas, embajadores, con el señor (Robert) Callahan, con el embajador de China que se fue. Todos me tratan bien, me saludan, son cariñosos conmigo”, señala.

Ofelia revela que en la vicepresidencia también trabaja una persona que anda en silla de ruedas, regando las plantas. “Don Jaime puso el ejemplo a las demás instituciones, para que las personas discapacitadas sean tomadas en cuenta. Es una muestra de que todas las personas podemos hacer algo. Yo estoy muy agradecida con él”, manifestó.

En México Ofelia conoció una asociación de personas de baja estatura, pero en Nicaragua lamenta que no exista una, a pesar de que ella conoce a varias que padecen de enanismo. “Sería bonito, ellos (enanos) necesitan de una buena educación para que se den a valer, para que los respeten. La mayor parte de ellos no tienen mucha cultura. Aquí (Nicaragua) hay mucho irrespeto para los pequeños”, lamenta.

Ofelia explica que las personas de baja estatura todo pueden hacer. “Para mí lo único difícil es subirme un balde de agua a la cabeza, de ahí yo puedo hacer de todo. Mi mamá (Margarita Sevilla Santana) me enseñó a hacer de todo, a lavar, planchar, cocinar. La computadora no la sé usar porque creo que es como un vicio”, dice.

Aunque en su vida viajó por toda Centroamérica, México, el Caribe y Estados Unidos, Ofelia sigue añorando su gran pasión: viajar. La palabra “enano” todavía le causa repulsión, pero ya no la hace sentir mal, sino que ahora es una persona libre y feliz. “Mi madre tiene la culpa, siempre me mimó y me dejó hacer lo que yo quería”, finaliza diciendo con una sonrisa.

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