Por Joaquín Absalón Pastora
Quién iba a imaginar que, sepultado dos meses después de haberse estrenado La flauta mágica, Mozart estaba predestinado a ser uno de los creadores más acompañado.
Multitudes suman los admiradores de su estilo afectivo, que llenan los palcos de los teatros del mundo, sin que haya síntoma de mengua en la concurrencia.
Un solo ejemplo: La flauta mágica en dos noches colmadas de afines con el arte en los tonos, de singularidad en el argumento y de airosa exteriorización. Pocas palabras no pueden hacer la deseada descripción de lo mucho que tiene la ópera, pero sí se puede dejar constancia que en Nicaragua hubo tributo para gozar las gracias de su género, público suficiente para enriquecer su futuro.
Sin ánimo de ser específicos en las pinceladas alusivas a las presentaciones, llenas de méritos las dos, sería injusto no hacer un reconocimiento a la embajadora de Alemania en Nicaragua, Betina Kern, y a todo el cuerpo que hizo uso de su espontaneidad para lograrlas.
Mozart por segunda vez visita Nicaragua a través de su Don Giovanni y de La flauta mágica. No podría más que sentirse complacido desde el reposo eternal de su tumba, por la forma en que se le ha tratado en un país donde está tierna la tradición por la ópera.
Por ahora solo tomar la copa para alzarla en bienvenida a la flauta cuyo embrujo todavía ronda en los círculos.