Vital componente en Nicaragua del éxito de la mayoría de los distintos hombres fuertes, llámense caudillos o tiranos, ha sido su alianza con el capital y los intereses extranjeros. Empezando con el gobierno de los 30 años. Luego Zelaya y su alianza con la nueva burguesía cafetalera; pasando por Adolfo Díaz y Emiliano Chamorro y su dependencia con las fuerzas interventoras norteamericanas. Para terminar con Somoza García y su arreglo con el sector granadino.
La revolución sandinista de 1979 no disintió de los demás gobiernos en ese acontecer político, representantes de familias de abolengo granadino, jugaron un papel importantísimo en la década de los ochenta.
Agotado el proyecto revolucionario, y después de 16 años de exilio del Ejecutivo, Daniel Ortega empezó a construir una alianza en dos frentes.
Primero: con el gran capital nicaragüense y por ende centroamericano, desde los días intermedios de la administración de Bolaños, que lo llevará a consolidar su control a lo interno.
Segundo: con los Estados Unidos, ofreciéndoles los tres puntos en los que el gobierno norteamericano está interesado independientemente de su retórica: a) Control del tráfico de Drogas. b) Control del Tráfico de inmigrantes. c) Control de células terroristas. Si a esto le agregamos el fiel cumplimiento a las medidas del Fondo Monetario y del Banco Mundial, más el carácter autocrático de su gobierno que garantiza cierta estabilidad, Ortega logra sus propósitos.
El proyecto orteguista es un proyecto personal o familiar, desposeído de idealismo, pragmático, cínico, que cuenta a su favor con una enorme inyección de petrodólares, que le ha permitido donar muchas cosas a la gente más necesitada.
Con una oposición dividida, sin recursos económicos, sin ningún respaldo internacional, y con un pueblo apático hasta el momento, como lo demostró el proceso de verificación recientemente efectuado, Ortega pareciera tener en sus manos el triunfo.
Pero, ¿cuál es la meta de dicho triunfo? La meta es: la obtención de una mayoría parlamentaria (56 diputados por lo menos), que le permita reformar la Constitución Política sin tener que otorgar concesiones a ninguno de sus adversarios, llámense estos, liberales constitucionalistas o independientes.
El resto es negociable. Ortega tendrá que escoger a fin de cuentas, a quien de los dos representantes del sector opositor le concede el segundo lugar.
Si escoge a Fabio, enfrentaría al MRS, ya que dicha organización más que ninguna otra dirige la alianza que encabeza el PLI. Esta alternativa tiene la ventaja para Ortega de crear en el campo del PLC una probable guerra de caudillos a lo interno, que lucharían desesperadamente por el control de dicho partido, provocando la atomización del mismo. Con esto lograría desbaratar a un costo irrisorio a la única maquinaria política que tiene actualmente alguna capacidad para enfrentarlo.
Si le concede el segundo lugar al doctor Alemán, colocaría a este último en una posición difícil, pues aunque conservaría su cuota de poder y posiblemente su liderazgo, quedaría ante la opinión pública con el sambenito del pacto, que tanto ha execrado a dicho candidato.
Entonces el cambio de sistema, la extensión del período presidencial, la legitimación a su ilegal e inconstitucional candidatura, estaría al alcance de su mano. Tendremos a Ortega, por muchos años. El dictador se cubriría con el manto de la “legalidad” y se voltearía a la comunidad internacional para su reconocimiento.
¿Cuánto tardará en estallar un nuevo conflicto social y político? No lo sé, ¡vendrá, inevitablemente vendrá!
Es lo único que sé.
El autor es abogado.
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