¡Ay, la moda!

Debo confesarlo, la moda no se me da. Sin embargo, por esas cosas del periodismo me tocó meterme en sus terrenos, que resultaron ser mucho más vastos, peligrosos y complejos de lo que pude haber imaginado.

Por Amalia del Cid

Debo confesarlo, la moda no se me da. Sin embargo, por esas cosas del periodismo me tocó meterme en sus terrenos, que resultaron ser mucho más vastos, peligrosos y complejos de lo que pude haber imaginado.

La primera vez que escribí acerca de estilos y tendencias la palabra glamour, lejos de evocarme pasarelas, brillos y alfombras rojas, me sonaba a bocadillo francés. Aun así intenté usarla de la manera correcta, porque me parecía muy “chic”. Solo me parecía, porque, aquí en confianza, tampoco entendía muy bien este otro concepto.

Digo, bastaba usar un diccionario (y lo hice) para correr el velo de mi ignorancia y descubrir que glamour no se come y que chic significa elegancia; pero, no, hombre. Alguien que no sabe de física no la va a comprender con solo buscar “termodinámica” en la página web de la Real Academia Española. Algo parecido sucede con la moda. Es una ciencia. Tiene principios básicos y leyes generales e incluso es sometida a ensayos de laboratorio, que eso vienen siendo los talleres de diseñadores.

Ah, pero eso yo no lo sabía. Lo descubrí el día que me encomendaron la misión de reconstruir un estilo (¿o sería una tendencia?) hippie. ¡Ay, Padre Santo! Terreno peligroso. Sobre todo para alguien que cada día del mundo sale a la calle con lo primero que encuentra en el armario, que no se toma la molestia de combinar cinturón con cartera, ni sabe gran cosa de accesorios. En definitiva, un desastre, si así puede llamarse a la mezcla de completo desconocimiento y plena despreocupación en cuanto a lo “in” y lo “out”.

Suerte que no creo en las misiones imposibles. Así que el primer paso fue averiguar en qué consistía eso de la moda hippie moderna, ya que mis únicas referencias eran Los Beatles, Forrest Gump y algunas fotos en sepia, sobrevivientes de la época dorada de mis padres.

Luego busqué ropa que a mi parecer, y según lo encontrado en Internet, cumplía con los parámetros hippies. ¡Facilito! Mentira. Sufrí lo indecible para describir la tendencia (¿el estilo?) y me vi en la triste necesidad de usar términos que no terminaba de comprender. Así durante dos semanas.

Finalmente fui iluminada por un gurú de la moda, mi buen amigo y colega Róger Almanza. ¡Bendito sea! Aproveché una ocasión en que nos trasladábamos a LA PRENSA para asediarlo con mis preguntas.

—Róger… ¿qué es chic?

—Es estar vestido de forma precisa, según el momento y el lugar, con algún accesorio que te hace lucir elegante —me ilustró sin preámbulos. Mientras Nelson Arévalo, el conductor, intentaba escuchar en la radio un cuento de Pancho Madrigal.

—¿Y glamour?

—Tiene que ver con glam, es alguien súper elegante, es la alfombra roja en la entrega de los premios Oscar —continuó, más animado.

A estas alturas ya éramos dos las personas que luchaban por no perderse. Nelson soltando y atrapando el hilo de esa historia de brujas que se convertían en monas y yo… yo pensando en Nicole Kidman, Salma Hayek y otras estrellas de la constelación hollywoodense.

—Ya entiendo… Ahora solo decime qué es sofisticado —proseguí, más insistente que un zancudo.

—Es aquella persona que mantiene su estilo, pero reconoce las tendencias y las adapta al tiempo y al momento, ¡alguien que siempre está apuntando!

—Mmm… ¡gracias! —le dije— ¡Todo me quedó claro!

Sin embargo, mentí un poco. No era cierto que en cuatro minutos y con tres definiciones había captado toda la misteriosa maquinaria de la moda. Seguía pendiente desentrañar conceptos como vintage, bohemian, preppy, minimalista, barroco, grunge… y otros muchos que pronuncio y nada me dicen. Pero ya las brujas exclamaban: “¡Abajo carne!” y Nelson, igual que yo, renunciaba a la posibilidad de entender.

Eso sí, una cosa me quedó bien clara, porque no podía saltarme más cerca de la vista: escribir, hablar de moda y, sobre todo, aprovecharse de ella, no es para cualquiera. Al menos no lo es para mí, pues, hasta hace muy poco, entre mis conocimientos el que más se aproximaba a esa ciencia es aquello de que “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”. Y ya está comprobado que esa teoría no es cierta.

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