Por María Hayée Brenes Flores
FOTOS: LA PRENSA/Manuel Esquivel
En la medida que el sol despejaba la neblina se distinguían mejor los rostros de aquellos que solo se vislumbraban como bultos en medio de la trocha pedregosa e irregular. Son las cinco de la mañana. En una hora el cuerpecito de Jessica Lorena Palma, de 2 años, cumplirá 24 horas de muerto. Ha viajado 382 kilómetros en estas últimas horas. La mayoría en la tina de una camioneta y los últimos 12 kilómetros en hombros de su padre, vecinos y familiares. Desde Managua hasta la comunidad El Guapinol, en Murra, a solo 25 minutos de la frontera con Honduras y el río Poteca.
Al llegar por fin a la casa, diez hermanos rodearon el pequeño ataúd que contenía el cuerpo de la cumiche de la familia. El padre levantó a la más pequeña para que viera cómo su madre, Sonia del Carmen Duarte, quitaba el trapo que cubría el rostro de Jessica Lorena. Y ahí mismo soltó el lamento que durante tres días la madre había aguantado en su interior. Hasta que estuvo con los suyos, la madre de la criatura, demostró su dolor. A los pocos segundos todos se sumaron al llanto. Se abrazaban y tocaban el cuerpecito sin vida.
Este era el fin de un viaje inverso al que comenzó hace 37 días, cuando Jessica Lorena salió gravemente enferma con sus padres, buscando atención médica que le salvara la vida. Es el dilema de los pobres que viven en la Nicaragua profunda: salir a buscar la vida en los hospitales de la capital con la advertencia de que si la muerte llega, el regreso será duro, incierto y doloroso.
“Murió antito de las seis de la mañana”, recuerda Porfirio Palma, el padre de Jessica. “Ella venía mala desde hace tres días, pero el doctor me dijo que no me preocupara que si se moría ellos me iban a dar la caja y me la traerían. Pero no fue así”.
EN BUSCA DE LA VIDA
El 16 de agosto Jessica Lorena salió de su casa en brazos de su mamá. Sus hermanas alistaron el bolso. La niña hacía mucha fuerza para defecar sin lograrlo. Había momentos en que lloraba y se agarraba la barriga. Aún así, jugó un rato con sus hermanas antes de irse.
Tres días antes, doña Sonia preguntó qué le podía dar a la menor de sus 11 hijos. Le habían recomendado aceite para el empacho, pero no funcionó. De El Rosario fue trasladada a Murra y de allí a Ocotal. El diagnóstico fue obstrucción intestinal. La operaron y cinco días después, el 21 de agosto, los médicos decidieron trasladarla a Jalapa, porque tenía una fuerte infección.
En Jalapa no duró ni una hora, pues el médico a cargo del centro llamó a Ocotal para decirles que ellos tenían más capacidad y que la mandaba de regreso. Estuvo entonces siete días más en Ocotal, 12 por todos, antes de ser trasladada al Hospital Infantil Manuel de Jesús Rivera en Managua, donde tras someterla a una nueva cirugía permaneció por 25 días más.
“Ella se veía mejor, ya jugaba y la herida la tenía sanita. Un médico cubano la atendió y el viernes él se despidió. Estábamos ajustando un mes de estar en Managua, me dijeron que solo le faltaba superar la desnutrición, no sé qué pasó del viernes para el lunes cuando en la noche nos dijeron que no le daban esperanzas”, relató doña Sonia.
El acta de defunción de la niña establece como causa de muerte choque séptico, sepsis, derivada del diagnóstico inicial de obstrucción intestinal. Este choque séptico devino en caquexia, parálisis cerebral infantil e ileostomía.
“Ella hasta jugaba. No me supieron decir qué tenía. Cuando preguntaba ‘¿cómo está la niña doctor?’, me decía ‘que no ves que está mal’. Entonces yo le decía ‘pero un enfermo o bien mejora o bien empeora’ pero sólo me decía mal, era lo único. Ellos son doctores pero no pasaron por la escuela de la humanidad”, recordó don Porfirio.
“Cuando consiguen el ataúd, lo meten en él para sacarlos del hospital, pero más adelante los sacan de la caja y lo envuelven en ropa, en bolsas, embalarlos como carga, porque en los buses solo se puede llevar el ataúd vacío, no el cuerpo. Entonces el cuerpo viaja como carga en la canastera si es grande o como maleta adentro, si es pequeño”, señala una trabajadora de un hospital capitalino que ayuda a embalarlos.
“A veces empacábamos hasta cuatro en un día. Eso se hacía de madrugada. Cuando es más complicado es cuando son adultos o niños grandes, pero uno hace el esfuerzo y siempre andábamos buscando cajas y cinta adhesiva porque es una caridad. Ahora son menos los que embalamos pero no porque no haya necesidad sino porque no dejan que salgan y eso es cruel, porque no dejan que la gente entierre a su muerto y supere su luto”, reconoce.
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“No prosperó, pero es necesaria. Espero que en un futuro alguien la retome porque estamos preocupados por vivir, pero este drama es terrible y marca la vida de familias y comunidades enteras. Una vez a la radio llegó una señora con un niño de 10 años, eran las 11:00 de la noche y la señora lo cargó desde la terminal. El niño tenía rigor mortis y era difícil de manipular. Ella lo había llevado chineado desde Managua, pero esa madre no lo abandonó y creo que las autoridades y gobiernos locales en la medida de sus posibilidades no deberían abandonar a sus ciudadanos tampoco”, concluyó Gadea.
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UN ATAÚD, POR AMOR DE DIOS
Tras el último suspiro de su hija, don Porfirio fue a solicitar el ataúd prometido pero le informaron que la caja se podía pedir solo a partir de las ocho de la mañana. Igual que el acta de defunción. A las ocho de la mañana llegó a preguntar nuevamente y entonces la respuesta fue: “Dejá de molestar, cuando la caja venga te la damos”. Llegó el mediodía y la angustia crecía, en ese momento le dijeron que contara con la caja pero el traslado no se iba a dar hasta que una ambulancia llegara con algún enfermo de Ocotal.
“La tuerce de un vivo es la suerte de un muertito”, dice doña Maribel Cantillano, habitante de la comunidad El Coral, en Nueva Guinea, quien recientemente pasó 22 días en Managua esperando el traslado del cuerpo de su hijo Esteban, de 7 años. “Yo nada tenía que hacer allá, en el albergue ya me decían que me tenía que ir, pero si no llegaba un enfermo no tenía en qué regresarme. Muchas veces me decían que lo dejara, pero con qué corazón uno va a dejar un hijo suyo, aunque esté muerto. Fue una espera larga y triste”, dice.
Porfirio estaba decidido a llevarse a su hija como fuera. “Yo no soy un animal para dejarla. Así que me dieron un número de gente que ayuda en Ocotal que se llaman Soldados de Jesucristo y ellos me dijeron que contara con el traslado. Eso me tranquilizó, pero a las cinco de la tarde que fui por el acta de defunción, me dijeron que no me darían a mi niña porque no había ataúd”, dijo Porfirio.
Don Porfirio pidió el ataúd y ya con él le dijeron que debía llevar el acta de defunción para entregarle a su hija, que compartía una gaveta de la morgue con dos niños más. La persona en trabajo social del hospital le insistió que tenía que esperar la caja.
—Qué caja voy a esperar, aquí la tengo —reclamó Porfirio.
—Es que se tiene que ir en la caja que nosotros le demos. Dígame ¿quién le dio esa caja?
—No tengo por qué decirle nada. Yo tengo más derecho que usted sobre mi hija y si digo que me la dé me la tiene que dar, usted me la va a dar porque ya vienen por mí —replicó Porfirio
—Ya le dije que no, que de aquí no sale sin que se le entregue la caja y ahí vemos cómo se manda a dejar —le dijo el funcionario.
—Mire don, yo me voy a llevar a mi hija. Soy pobre pero no soy un desgraciado que vaya a dejar que un hijo suyo pase necesidades, démela hombre qué gana haciéndonos sufrir —recuerda Porfirio que le dijo y la niña le fue entregada.
No ocurrió igual para la señora Cándida Morales, habitante de El Tortuguero y madre de un bebito de dos meses. A ella le fue donada la caja cuando su pequeño falleció, llegó el vehículo a buscarla, pero la justificación del supervisor nocturno del día 25 de agosto fue que “la caja que el hospital entrega fue solicitada y hasta que no se la demos no se puede ir”.
De nada valió a la señora decir que su hijito no necesitaba dos cajas. Ese día el supervisor alimentó el temor de la señora diciendo que si se iba sin el acta de defunción en el camino le podían quitar el cuerpo del niño, porque el acta de defunción no le sería entregada hasta después que llegara la caja solicitada a la Alcaldía por el hospital a una funeraria en Tipitapa, que no está registrada en el comercio local de acuerdo con averiguaciones de LA PRENSA.
“Arriésguese si quiere, pero aquí incluso las muchachas de trabajo social están gestionando su viaje en avión a Bluefields así que mejor no se mueva, mañana se podrá ir”, le dijo el hombre.
Pero doña Cándida no partió para Bluefields al día siguiente, ni dos días después sino nueve días después. La última vez que nos comunicamos con ella el 7 de septiembre, nos dijo que se encontraba en Bluefields y que a su niño lo había enterrado allí.
A LOMO DE HOMBRE
A las 11:30 de la noche, la camioneta que sacó el cuerpo de Jessica Lorena del hospital llegó a Ocotal. Este es el único municipio del país donde la Iglesia católica, medios de comunicación, grupos carismáticos como las Hermanas de María Auxiliadora, la asociación de laicos Soldados de Jesucristo junto con los bomberos voluntarios le dan la mano a todos aquellos que no tienen los medios para trasladar y enterrar a sus muertos.
Al ver despuntar la camioneta azul, los bomberos se levantan de la acera donde han esperado su llegada, al detenerse el vehículo don Porfirio y doña Sonia cruzan el féretro a una camioneta con luces intermitentes de los bomberos en la cual ondea una bandera de Nicaragua. Rauda la camioneta se adentra en la oscuridad completa de un camino que durante cuatro horas pasa bordeando o al centro de 20 comunidades. Después de El Rosario la camioneta se detuvo pues la bajada era demasiado inclinada y el camino no inspiraba confianza en el conductor. Después de una breve revisión los bomberos toman las palas y emparejan el camino, media hora después el vehículo se detiene, pues se ha llegado a la quebrada La Leona. De aquí se sigue a pie, cuesta arriba.
No se veía absolutamente nada, pero Porfirio caminaba adelante con el ataúd a cuestas marcando el camino. Doña Sonia se descalza, pues dice que es más seguro para evitar una caída y se monta al hombro un saco con la ropa y pañales que cargaron para su hija. A un kilómetro y medio de camino en medio de la trocha aparecieron unos bultos, unas luces de foco se acercaron y alguien preguntó:
—¿Porfirio, sos vos?
A la respuesta afirmativa la voz siguió diciendo:
—Te esperamos en El Rosario, en la radio dijeron que venías temprano. Estábamos llegando donde tu hermano cuando escuchamos el motor del carro y nos regresamos, páseme la caja, nosotros le ayudamos.
Una vez en el hogar, doña Sonia vistió a su hijita con el mejor traje, uno celeste con flores azules, el mismo que le compraron de estreno en diciembre y que usó el pasado 31 de mayo cuando cumplió 2 años. Le cubrió la cabeza con un sombrero y protegió sus pies con una sabanita. Encendió una vela en cada esquina del ataúd y sus hermanos cortaron las flores más bonitas para adornarla.
Poco a poco los vecinos comenzaron a llegar, no había muestras de condolencias efusivas. “Buenos días”, decían si eran adultos y si eran niños “Dios les bendiga”, pero no se sentaban, iban de un lado a otro preparando comida, mandando agua arriba del cerro donde está el cementerio, cortando ramas para hacer el nicho y para cubrir la caja, donde Porfirio escogió el lugar para la sepultura de su hija.
Para Porfirio y su esposa Sonia la travesía terminó cuando depositaron a su hija a la una de la tarde del viernes, en la cumbre del cerro, cercana a la propiedad que la familia donó para la Iglesia, en la fosa que vecinos y familiares comenzaron a abrir en cuanto clareó el cielo.
“Aquí ella va a reposar y nosotros también. Este es el mejor lugar del cerro, en la parte más alta para que esté más cerca del cielo, con la mejor vista desde donde se divisa la casa, para que nunca esté sola”, dice Porfirio esbozando la primera sonrisa desde que partió del hospital con su hija.
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