Por Arnulfo Agüero
Nunca pensó que Nicaragua iba a ser su segunda patria y el corazón de su magisterio musical cuando un siete de febrero de 1996, ingresó al país proveniente de Cuba, no olvida esta fecha porque fue la segunda venida del papa Juan Pablo II.
“A la banqueta del órgano de la iglesia donde estaba tocando me llegaron a invitar”, recuerda la maestra de música y de arte, quien vino a relevar a su anterior directora Joy Croker, quien dirigió el Conservatorio desde cuando estaba en el colegio Bautista.
Fue recibida por Tomás Handell Téllez Ruiz, de relaciones internacionales de la Universidad Politécnica de Nicaragua, desde entonces dirige el Conservatorio de Música, y tiene entre sus ambiciosas metas lograr la licenciatura a nivel superior. El título que actualmente imparte es Licenciatura de Enseñanza Artística Musical.
Familia: es mi manera de motivarme, realizarme y preservarme plenamente.
Música: el Lenguaje universal que me permite comunicarme sin palabras.
Alumnos: hijos que tenemos que ayudar a formar.
El arte: expresión de un sinnúmero de conocimientos a proyectar.
Conservatorio: la misión que Dios ha puesto de una forma inesperada en mi vida.
Patria: Cuba y Nicaragua, las dos patrias de mi música, en las dos están mis
amistades, en las dos mi corazón, mi pasión.
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Para el mes de noviembre está organizando una serie de conciertos en la que participará la Orquesta de Cámara y solistas, su programación contiene una temporada coral y otra clásica, con presentaciones en el Teatro Nacional Rubén Darío, Palacio Nacional de Cultura, Instituto Nicaragüense de Cultura, el colegio Loyola, y el auditorio del Seminario teológico.
LOS INICIOS
A los cinco años recibió de su madre, Luz Emilia, sus primeras lecciones de música clásica con piano, luego pasó a la preliminar, después ingresó a la academia de Bellas Artes, de Cuba. Se trasladó a la Habana para continuar sus estudios en la escuela de arte Alejandro García Caturla.
Durante su estadía en el primer Conservatorio en Santiago recibió clases con la profesora Dulce María Serret, con ella aprendió a incorporar, en el repertorio, la música nacional cubana con clara influencia afrodesdecendiente y española en lo que es la melodía.
Estas experiencias, afirma, le llegaron muy adentro de la identidad cubana, inclinándose a interpretar estos estilos que le pareció tenían ritmos y signos musicales que aportaban al pentagrama clásico.
Se siente orgullosa de haber aprendido de las fuentes de los primeros músicos de mediados del siglo pasado, como Odilio Orfe, gran impulsador del pentagrama nacional de Cuba, y del mismo profesor Alejandro García Caturla, músico connotado que trasladó la música campesina de guitarras y voces a la orquesta y al arreglo de piano.
CONCERTISTA SACRA
No se define como una concertista de salón, pero si lo hace desde su propio escenario, es tocar en las iglesias.
Estos conciertos sacros en las iglesias, afirma, tienen otros matices diferentes, porque también permite momentos especiales, para que los hermanos de la congregación mediten, hagan confesiones de pecados y estén en comunión íntima con Dios.
Caridad en su juventud fue metodista y en su vida adulta, ecuménica, esto le favoreció, porque todas las iglesias la invitaban para que tocara en las bodas o cultos especiales, sean estas pentecostales o adventistas, no importaba iban a donde la invitaban a tocar música sacra.
Destaca que el pueblo de Dios no tiene divisiones y que la música está por encima de todas las ideologías del planeta, porque el lenguaje de esta es universal, transmite diferentes emociones y estados de ánimo.
También ha interpretado musical instrumental con el piano en sitios como restaurantes y eventos sociales importantes. Actividad que la sigue haciendo en Nicaragua en el hotel Contempo, los fines de semana.
Como maestra dice estar realizada al ver que sus alumnos van triunfando en la música y el canto.
“Ha dado un gran impulso a la gestión educativa promoviendo a los nuevos músicos que vienen evolucionando en los recitales, tanto en el Teatro Nacional Rubén Darío, como del Conservatorio”. Raúl Martínez, flautista.
LA PRENSA/ O. NAVARRETE.
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