Por Lesther Alfaro
Estaba Ernestina sentada en su mecedora tejiendo un tapete color celeste con crema en el borde.
En eso, sonó fuerte la puerta, era Celeste que cargaba una pena de amor y se encontraba embarazada. Ernestina le pregunto: —¿Qué te pasa Celeste? Y ella le respondió: —Él me abandonó. Hija, ya encontrarás quien te quiera a tu niño, y que te ame, pues deja que te cuente lo que me sucedió a mí, joven y cuando tuve a mi primer bebé. Tenía veinte años y pensaba que todos los hombres eran iguales, pero un día me encontré con uno que me respetaba y me amó, la casualidad que yo trabajaba en una tienda de discos de acetato, que son otros los que suenan ahora.
Para no cansarte la historia, te la voy resumir de la siguiente manera. Enamorada de Juan viví dos años con él y le tuve un hijo, recuerdo que Juan le encantaba escuchar Tchaikovsky y le gustaba la melodía de El lago de los cisnes y todas las tardes escuchaba a Tchaikovsky. Una vez, lo encontré con otra mujer en la cama donde nos prometimos amor. Para mí fue una gran traición, pasó el tiempo, lo olvidé, pero ya me había roto el corazón.
Una mañana de abril, conocí a Ricardo, un joven muy elegante y simpático, siempre que llegaba a la tienda me cortejaba llevándome flores y me decía versos; sin embargo, yo no lo aceptaba, porque temía ser engañada otra vez. Y un día por curiosidad le pregunté cuál era su artista favorito y él me dijo: Tchaikovsky.
Lamentablemente, nunca le correspondí porque pensé, si escucha a Tchaikovsky, es igual al otro; y sin embargo tomé el riesgo, y me casé eclesiástico, no obstante él escuchaba la música de Strauss todas las tardes, me dejó cinco hijos y viví cuarenta y siete años con Ricardo, hasta que hubo aquel temblor, él se asustó y murió de un infarto. Ahora que escucho a los dos de la misma melodía, solamente lo recuerdo a él.
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