Nicaragua-Panamá es un juego que ha generado las más diversas reacciones. Desde la aprobación al esfuerzo por encima del resultado, o las críticas por un supuesto conformismo, que impide ir en busca de algo mejor que pelear un partido.
Y aunque entiendo que hay situaciones en las que, más que el esfuerzo, lo que importa es el resultado, estoy entre quienes valoran la entrega de los muchachos, su tenacidad e insistencia por ofrecer la mejor presentación posible, en medio de sus limitaciones conocidas.
Como a muchos de los que fueron al partido, me gustó lo que vi. Quizá porque entre mis expectativas no estaba el encontrarme con un equipo de gran precisión en las maniobras, magia en el toque y contundencia en las definiciones. ¿Hemos trabajado para eso?
Se hace lo que se puede dentro del contexto colmado de obstáculos en que vivimos. No estoy aplaudiendo conformismo. No. Hablo de que no podemos exigirle a un grupo de muchachos una transformación drástica de un día para otro, cuando no se les han brindado las condiciones para ello.
Hay que seguir trabajando. Este equipo logró entretener a los más de 12 mil fanáticos que salieron del parqueo sin la sensación de haber perdido su tiempo, y menos, de haber malgastado su dinero. Entusiasmaron al público, con el que lograron una gran conexión.
Ahora falta ver qué ofrecen en los partidos pendientes ante el mismo Panamá y Dominica. Y aún con lo que pase, hay que seguirles apoyando. Estos muchachos aún no logran grandes cosas sobre el campo, pero en su mente han hecho transformaciones importantes.
Es que aunque el futbol se juega con los pies, comienza en la cabeza, sacudiéndose los complejos. Ellos lo hicieron.
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