Al trabajo en “bici”

Suena en mi cabeza Ojo de tigre. Detesto la película y todo lo referido a Rocky Balboa, pero admito que la cinta inmortalizó el tema como uno de esos que te llenan de energía incluso antes de mover siquiera un músculo.

Tammy Mendoza


Suena en mi cabeza Ojo de tigre . Detesto la película y todo lo referido a Rocky Balboa, pero admito que la cinta inmortalizó el tema como uno de esos que te llenan de energía incluso antes de mover siquiera un músculo.

7:40 de la mañana y estoy en la Rotonda Universitaria. No vivo en la zona, pero salgo de ahí todos los días hacia mi trabajo, luego de dejar a mi hija en la escuela.

En mi mundo paralelo me veo pedaleando por toda la capital. Bueno si mi capital tuviera ciclovías como en Bogotá, por citar el ejemplo más exitoso de América Latina. Son 373 kilómetros de rutas para bicicletas. El paraíso de los ciclistas.

Sin embargo hoy podría ser un buen comienzo. Me pongo el casco y lo ajusto lo suficiente. Hay que ser precavido para no estar en los números rojos de las estadísticas policiales. En el 2010 contaron 23,797 accidentes de tránsito y los motociclistas encabezaban la lista. No tengo motor, pero ando sobre dos ruedas.

Un pie en el pedal y el otro me sostiene aún del piso. Respiro y aquí voy. No recuerdo dónde leí que una de las “reglas” de los ciclistas es avanzar sobre la vía en sentido contrario a los vehículos y de esta forma poder ver, y actuar, mejor en caso de un incidente. Aplico el consejo aunque debo decir que circulando de esta forma los automóviles intimidan más. Un par de taxis se orillan mientras se acercan, como acechando, me quieren intimidar. No me dejo.

Si las calles de Managua tuvieran aceras. Si las aceras estuvieran en buen estado o al menos libres, creo que sería más fácil. Lo digo como ciclista y como peatón.

Siento al principio que las máquinas se abalanzan sobre mí. Quizá es una ilusión óptica o la ansiedad que me provocaba la experiencia.

Una sensación que evocaba aquellos años en los que aprendí a andar en bicicleta. Pero ahora mi papá no estaba guiándome, ni mi mamá podría llegar a tiempo en caso de caer… o quedar bajo las llantas de algún carro. El mismo reporte de la Policía señala que el año pasado hubo 571 personas fallecidas y 5,120 lesionadas. ¡Uy!

Soy solo yo y mi bicicleta (prestada) frente a motos, carros, buses y camiones. Un señor en silla de ruedas al que le parece simpática mi escena, me sonríe y me desea suerte. La necesitaré desde Reparto San Juan hasta Carretera Norte.

Me pitan, hacen cambio de luces o me ceden el paso. Otros aventajan para ver con curiosidad mi cara. Voy con el ceño fruncido, erguida y sin detenerme. La idea es que crean que sé lo que hago, aunque yo no me sienta del todo segura.

Agarro la cola de la hora pico. Me apodero de la marginal que baja por Carretera a Masaya y por un momento siento que voy a “exceso de velocidad”.

Debe ser que he comenzado a disfrutar del viaje. A sentir como floto sobre el pavimento. A respirar hondo aunque el aire no sea puro, pero sí bastante fresco. A dejar que el viento pase de una caricia a un manoseo por todo mi cuerpo a medida que sube la velocidad y me doy el permiso de ponerme de pie sobre los pedales y avanzar un trecho así. Libre.

Estoy dejándome llevar cuando los pitos, silbidos y los gritos irrumpen en mi escena: “¡Llevame!”, “¡Te vas a caer!”, “¡Adiós!”, “Apartate”, “Mirá a esa maje”. Nunca pensé que fuera yo tan escultural o que una mujer en bicicleta fuera un acto circense. No les doy importancia. Tengo cosas más importantes en las que pensar.

¿Cómo jodidos giro en una rotonda? Simple, me desvío en una de las calles y cruzo cargando la bicicleta. Eso o morir en el intento. Los semáforos y las intersecciones son más fáciles. Aventajo con precaución y me detengo frente a la luz roja. Me miran extrañados. Si ellos acomodan sus espejos o bajan la ventana, yo verifico que las llantas estén bien o que el bolso en la canasta delantera esté bien sujeto.

Arranco nuevamente. El tráfico está pesado. Me toca por tercera vez cruzarme la calle y por tanto cargar la bicicleta. Llego bien, feliz, llena de energía. Puedo escuchar We are the champions , de Queens. Es mi himno de hoy.

Menos mal que para escribir no necesito sentir las piernas y que la ampolla que tengo en la mano izquierda, de tanto presionar el freno, no es mayor problema.

Se me ocurre organizar un rally ciclístico. ¿Se apuntan?

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