Por Amalia del Cid.- Este avión era de metal, pequeñito, sin ruedas ni tren de aterrizaje. De puro viejo se había descascarado y ahora era plateado con motas marrones. Pero se elevaba como abejorro sobre la cabeza de Sirhans Mendieta y era alzado con tanta determinación que casi se habría creído que podría alcanzar el cielo. El niño era bueno a soñar y siempre soñaba que estaba volando.
Pudo haber sido piloto, claro que sí, pero la vida lo convirtió en ingeniero en sistemas y lo mandó a trabajar en una cadena de hoteles. Fue hasta hace tres años que los aviones lo volvieron a seducir con su apasionante sonido de moscardón.
Sirhans estaba sentado en la casa de su jefe, Tom Ogryzlo, un canadiense octogenario de espíritu adolescente, cuando algo le pasó zumbando cerca del oído. Era un helicóptero chiquitito, a control remoto, manipulado por el anciano, que no paraba de reírse.
—¡Qué bonito! —exclamó Sirhans, pues hasta ese momento se enteró de que existían naves voladoras a control remoto.
—¿Cuánto valen? —preguntó. Y ese fue el primer paso para convertirse en uno de los mejores aeromodelistas de Nicaragua; se hizo tan bueno que el mes pasado ganó dos medallas de oro en el Evento Internacional Iguana Cup, realizado en Tegucigalpa, Honduras.
La tarde que redescubrió su pasión, pensó: “Esto es lo que estaba buscando” y desde esa noche comenzó a investigar en internet acerca del significado de aeromodelismo. Descubrió que se podían diseñar, adaptar y construir aeronaves (aviones y helicópteros) a escala y que se vendían modelos de todos los aviones habidos; desde los bombarderos que fueron utilizados durante la Segunda Guerra Mundial, hasta los panzones comerciales que vuelan con más de 200 personas en las entrañas.
Hurgando y escudriñando conoció a algunos hondureños y los visitó en un campamento de aeromodelismo, al que llegó a preguntar todo lo que se le ocurría, inclusive que por qué los tornillos de tal avión eran grises y las alas rojas.
Después se topó con Humberto Castello, un cubano que se hizo nicaragüense y que domina la estructura de los aviones como un escultor conoce la anatomía de los humanos.
Así se fue enterando de que no estaba solo, porque aunque el aeromodelismo es un deporte caro, tiene excelentes y apasionados representantes en nuestro país.
Se calcula que hay cerca de 50 aeromodelistas en Nicaragua, la mayoría en Managua y el resto disperso en los departamentos. Unos modelan aviones y son capaces de construirlos desde cero, tomando como referencia un plano; y otros, solo se dedican a volarlos, algo que tampoco es cosa fácil.
El control remoto de los aviones a escala funciona de manera muy similar al sistema de los aviones reales. Son varias palanquitas, algunas pequeñas y otras diminutas, que deben moverse con suma delicadeza para que la aeronave obedezca y no se desplome.
Es complicado. Hay aeromodelistas que incluso se animan a afirmar que un piloto conoce muy poco de aeromodelismo, mientras que alguien que puede controlar modelos a escala, sí tiene idea de cómo hacer volar aviones de verdad. Esa es una posición compartida por Samuel Barretos, presidente del Club de Aeromodelismo de Nicaragua y Leonel Rodríguez, vicepresidente.
Sirhans está de acuerdo con ellos, por la sencilla razón de que él ya pilotó un avión y para ello solo tuvo que practicar durante una hora, junto al ya mencionado Tom Ogryzlo.
En realidad era una avioneta grande, propiedad del anciano. La estuvo traveseando, encontrando similitudes y diferencias; pero no se habría animado a volarla de no ser por la presión de Tom, que prácticamente lo obligó a despegar.
—¡No puedooooo! —gritó Sirhans, hecho un manojo de nervios, cuando la avioneta ya corría por la pista y no había marcha atrás.
—Sí puedes, tú eres hombre, no eres un gallina. Tú puedes despegarlo como lo haces con los modelos —fue la respuesta de su jefe.
—¡Pero esto es un avión real! —protestó el joven.
—¡Es lo mismo, gallina! —insistió Tom.
Sea porque la palabra “gallina” hizo efecto o porque pudo más su amor por la aviación, Sirhans logró pilotar la avioneta y durante dos horas voló sobre Malpaisillo y hasta la frontera con El Salvador.
Allá arriba se encontró con otros aviones que circulaban por esa pista de nubes y líneas invisibles. Condujo inundado por la calma de estar desconectado del mundo y encontrarse, quizá, más cerca de Dios. Hasta que, cuando estuvo cerca del volcán Momotombo, sintió la sacudida de una corriente de aire.
Agarró con fuerza los controles y automáticamente empezó a elevar la avioneta. Un manotazo lo devolvió a la realidad.
—Tenemos que estar a 25 mil pies de altura. Pon suaves las manos, como cuando controlas un modelo —le dijo Tom.
“Es cierto que es casi lo mismo”, dice ahora Sirhans, para quien la única diferencia entre avión a escala y avión real es que en el último hay que ir viendo altitud, balance, controles y muchos otros medidores.
Desde esa experiencia de vuelo, en enero del año pasado, Sirhans ya no se siente un piloto frustrado.
—Ahora soy un piloto medio frustrado —bromea.
Pero no a todos los aeromodelistas les pasa lo mismo. Hay algunos que no sueñan con volar aviones reales, como Samuel Barretos y Leonel Rodríguez, quienes consideran que los pilotos son harina de otro costal.
“El piloto simplemente vuela un avión, el aeromodelista lo puede construir, lo diseña, lo repara y además lo vuela, es más completo que un piloto real”, dice Leonel, aunque admite que sí le habría gustado volar un avión de verdad y no duda que, en una emergencia, podría, porque “los principios son los mismos”.
Él es ingeniero civil; Samuel, ingeniero industrial. La profesión es lo de menos cuando se quiere ser aeromodelista. En el club hay abogados, fotógrafos, maestros, informáticos y hasta un pintor.
Los únicos requisitos son pasión por el deporte y, claro, cierto poder adquisitivo para costear los modelos (que se compran por internet) y las herramientas necesarias, como el control remoto, que vale más de 200 dólares.
No, no es barato. El ensamblaje del avión con el que Sirhans compitió en Honduras costó más de 700 dólares. Solo por el modelo, sin armar, pagó 300 dólares, y a eso tuvo que sumarle un motor de gasolina, sistema electrónico y otros detallitos necesarios en lo que los aeromodelistas llaman “puesta a punto”, que consiste en dejar cada parte del avión en una posición milimétricamente correcta.
Sin embargo, es posible abaratar costos para popularizar el deporte. Y a eso apuntan él y su maestro Humberto Castello.
Hay modelos chinos que son buenos, bonitos y baratos (de hasta 50 dólares), la clave está en saber buscarlos. Además, “podés sustituir materiales y componentes electrónicos, usar láminas de foamy, vinil, cartón cartulina, acrílico y poroplast”, señala Humberto, quien es capaz de crear corazas moldeando botellas plásticas.
De esa forma los niños podrían empezar a construir aviones a partir de planos sencillos, con materiales baratos e inofensivos. A la vez, irían desarrollando habilidades en mecánica, electrónica, física, geometría, matemáticas y aerodinámica, campos de los que todo aeromodelista tiene al menos conocimientos básicos.

Van aprendiendo a pura práctica e investigación. Pueden pasar horas y horas leyendo en internet (Sirhans tiene guardadas 30 mil páginas web en su computadora) y comunicándose en foros con otros aeromodelistas.
En este deporte la edad tampoco importa, Sirhans tiene 29 años, Humberto 49, Leonel 46 y Samuel 56. Ya no son unos niños, pero ¡cómo se emocionan cuando sacan a volar sus aviones!
Para ellos, sus modelos poseen alma y corazón. Algunos también tienen nombre, como el Tigre y el Tigrillo, que fueron propiedad de Leonel. A otros los bautizan en honor de personas amadas, como la esposa o la madre.
Cuando alguno de los aviones se cae, debido a desperfectos mecánicos o a mala manipulación, hay luto entre los aeromodelistas. Es como si muriera un amigo o un hijito.
“El año pasado en Honduras se cayó uno que era como del tamaño de un carro. Lo fuimos a buscar diez y cuando lo traíamos en pedazos era como si traíamos un muerto”, cuenta Sirhans. Así de fuerte se apasionan.
Es más, dedican tanto tiempo a aprender de aviación y de aeromodelismo que en ocasiones sus novias y esposas se resienten y reclaman atención. La respuesta es siempre la misma: Si hay que elegir un vicio, este es el mejor.
Aunque el aeromodelismo parezca ser un juego de chavalitos, no lo es. Quienes lo practican se emocionan como el niño que juega con su avioncito de metal; pero están conscientes de los riesgos que implica el vuelo de un avión a escala, que de desplomarse o perder rumbo podría provocar tragedias.
Es un deporte que no deja ganancias monetarias; sin embargo, ayuda a conservar un espíritu joven y una mente lúcida.
También enseña en carne propia el significado de la palabra paciencia; porque el aeromodelista todo el tiempo está esperando. Espera que haya buen clima, sin lluvia ni viento, para salir a volar; espera que venga el paquete que pidió por internet el mes pasado; espera tener dinero para comprarse la pieza que necesita; espera que seque la cola blanca y peguen las piezas del modelo; espera que caliente la plancha para colocar el forro… Espera, siempre espera.


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