El maestro Ronald Abud Vivas tiene una agenda sumamente ocupada: cuatro galas en el Teatro Nacional, tres giras internacionales, tres espectáculos gratuitos en Multicentro Las Américas, además de presentaciones en eventos privados y dos eventos religiosos que son para él un compromiso de fe: La Lavada de la Plata en El Viejo, Chinandega y San Sebastián en su tierra, Diriamba, Carazo.
Esta semana pensó que después de la Gala Agostina tendría unos días de descanso, pero se equivocó. Tendrá dos presentaciones privadas y por si fuese poco inició la construcción de un armario, la elaboración de vestidos para su réplica de la Virgen del Trono y ya está observando las telas para comenzar la creación de los nuevos trajes de la compañía de 40 parejas de bailarines que se visten 21 veces en cada presentación.
::: ¿Entonces jamás tiene vacaciones?
Pues más bien son recesos. Siempre hay algo que hacer y con los trajes trabajo mucho, porque con la costurera hago y deshago.
::: ¿Cuál es su sitio favorito?
Mi casa.
::: ¿Cómo selecciona su ballet?
No los selecciono yo, ellos me seleccionan a mí. Antes me guiaba por el aspecto físico, condiciones rítmicas y técnica, es decir buscaba chavalas bonitas; pero a veces vienen feas y son excelentes bailarinas, entonces me di cuenta que las pelucas, los tocados, las pestañas y maquillaje hacen linda a cualquier muchacha. Desde entonces prefiero el talento que la belleza.
::: Buenos bailarines…
No solo eso, porque la técnica se aprende. A mí me encantan las chavalas y chavalos que no son un ping pong sino que tienen perseverancia.
¿Los rota?A las giras van los que tienen documentos, los que tienen más proyección de imagen, porque hay algunas que no tienen la prestancia de bailarinas y aquí hay mucha competitividad.
::: ¿Ha pensado en su retiro?
Solo si me diera una enfermedad que me incapacite y me impida continuar, pero por ahora no pienso, ni creo, ni debo, ¡NI QUIERO! Mi salario, mi alimento es el aplauso del público, ese es mi pago. El ballet vive de las actividades que en el argot popular se le llaman chivos, ir a bailar a un congreso, una noche, a veces doce parejas, produce más dinero que un lleno total en el Teatro Nacional. La gente después de una presentación en el Teatro me dicen: “Qué bárbaro, estás chineado”, pero de deudas (ríe), porque es un evento magnífico, magno, inmenso en el que hay 80 bailarines 30 músicos, alquiler de buses, logística, trajes, 400 pares de zapatos.
::: ¿Hay relevo?
Mi relevo ya está: el profesor Juan Sánchez, mi hijo Denis Ariel, porque yo no seré eterno, no le temo a la muerte y no me quiero morir, todo está ordenado porque viví el ejemplo de mi colega Alejandro Cuadra y he planificado todo.
::: ¿Ha llorado en alguna presentación?
Me emociono siempre pero hasta este año lloré cuando agradecí al público porque les comenté que mi hijo será padre de una niña en diciembre.
::: ¿Qué pasa por su mente cuando concluye una presentación?
Es un momento mágico. Siempre digo voy a poner atención, porque la gente me grita y no entiendo lo que dicen, además soy un maestro de baile no un rockero, pero la gente permanece de pie y cerramos telón dos veces y siguen de pie y eso, eso es magno para mí. Pero siempre cuando regreso a la casa y las luces se apagan, me siento en un rincón, le doy gracias a Dios y le pido que no permita que quite los pies del piso.
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