Su cédula de identidad dice que nació el 15 de junio de 1911. Es decir, doña María Victoria Mayorga Cornavaca acaba de cumplir 100 años de edad, pero el documento de identidad miente. En realidad tiene 106 años de edad.
Su hija, Clementina Pérez, explica que en 1996, cuando comenzó la cedulación, tuvieron que dar una fecha aproximada de la fecha de nacimiento de su mamá, pero hace un año se dieron cuenta de que en realidad nació en 1905.
Doña Toya, a como le dicen por el nombre de Victoria, vive en el kilómetro 13.8 de Carretera Sur y parece una niña menudita acostada en su cama.
— ¿Dónde nació?
—En la villa de El
—¿En qué año?
—No me acuerdo.
—¿Cuántos años tiene?
—No me acuerdo.
—¿De qué se acuerda de cuando usted era niña?
—No me acuerdo tampoco.
—¿Fue a la escuela?
—Nada, no sé nada.
—¿Qué comía cuando usted era pequeña?
—Lo que me daba mi mamá, pero no me acuerdo qué cosa era.
—¿Se acuerda de las guerras?
—Tampoco.
—¿Se acuerda de Sandino?
—De Sandino sí, pero no me acuerdo sí había guerra o no había.
Sus dos hijas, Clementina y Maura, explican que su madre siempre vivió en el sector de la Carretera Sur, viajaba a Managua pero nunca salió de la capital. Siempre fue una campesina que se ganaba la vida lavando y planchando.
SU VIDA CON DON RAFAEL
Jovencita se fue de “huida” con don Rafael Pérez, quien murió en 1983, a los 80 años de edad. Cuando se le pregunta por su esposo, la memoria se le refresca: “Rafael Pérez, lo conocí en la hacienda La Florida. Hasta que Dios me lo quitó”, dice. Años después se casaron, revelan sus hijas.
Doña Toya también recuerda que cuando era niña no habían carros, sino solamente coches jalados por caballos.
A ella le gustaba comer arroz con frijoles, tortillita con queso.
¿Por qué ha vivido tanto?, se le pregunta?
“Eso es lo que yo digo, ¿por qué he dilatado tanto?”, responde.
La centenaria abuelita le arranca carcajadas a sus nietos cuando se queja de que no la visitan. “Mis nietos no me visitan”, dice, a pesar de que casi siempre los tiene a su lado. Su hijo, Juan Ramón, de 66 años, es quien la cuida casi permanentemente, pero son Clementina y Maura quienes se ocupan de su manutención. ¿Usted echaba tortillas?, le pregunto. “Todavía las echo”, responde.
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