Por Amalia del Cid.- El mediodía se puso colorado y se perdió la noción del tiempo. La gente lloró en las calles y las plegarias saturaron el templo. Se estremeció el campanario. Era el 18 de marzo de 1977 y en la casa cural de Ocotal acababa de morir monseñor Nicolás Antonio Madrigal y García, el hombre más santo y más terco que ha pasado por Las Segovias.
En una fecha igual, 52 años antes, tras cinco días a mula y una noche de descanso, el sacerdote tomó posesión de la parroquia de la ciudad de Ocotal. Tenía apenas 26 años de edad y hubo quienes creyeron que no podría imponer su autoridad en los doce municipios de esa tierra montañosa.
Hizo mucho más que eso. Construyó iglesias, formó hombres, bautizó a medio departamento, desenterró la historia de Ciudad Antigua, reconstruyó la de toda Nueva Segovia, fundó una radio, escribió famosos folletines, apoyó el deporte, llevó la imprenta, organizó peregrinaciones, puso un cine y escuelas. Consagró santuarios, como el de la Virgen de la Piedra, en Dipilto. Además, instaló talleres y cooperativas para los campesinos.
Por eso hoy Nueva Segovia es ríos, rosquillas, café, pinos y monseñor Madrigal. Es como si ahí su nombre lo susurrara el viento, lo cantara la lluvia y lo evocaran las piedras. A 34 años de su muerte sigue presente; tanto que los segovianos se refieren a él como si nunca se hubiera marchado de este mundo y dicen “nosotros lo queremos mucho”; tanto que los niños le rezan cuando se aproximan los exámenes en la escuela; tanto que las mujeres le encomiendan la vida de sus hijos y algunos campesinos la de sus vacas.
Nació el 10 de junio de 1898, en el barrio Guadalupe, en Chinandega, hijo de don Román Madrigal y doña Rafaela García. Tenía tres hermanos y su familia era pobre. A los 7 años quedó huérfano de madre, a los 15 ingresó al seminario de San Ramón, en León, para convertirse en sacerdote. Quien lo ayudó a entrar a ese centro de enseñanza fue monseñor Apolonio Andara y Corea, un ocotaleano que realizó su obra en Chinandega.
Por ser un excelente alumno a los 23 fue nombrado Ecónomo del Seminario Mayor. Así continuó ascendiendo, hasta que el 17 de febrero de 1925 lo designaron cura párroco de Segovia y pueblos anexos. En ese tiempo no había carreteras en el Norte de Nicaragua, por lo que todo viaje debía hacerse a caballo o mula, según narra el doctor Emilio Gutiérrez (q.e.p.d.) en su libro Medio siglo de apostolado , biografía de monseñor Madrigal.
Están frescos los recuerdos de sus enseñanzas y obras, así como las anécdotas que tratan de su mal carácter y de la “Mama Juana”, el chilillo con el que corregía a feligreses y aquietaba a los alumnos de su escuela Padre de las Casas, que fundó en mayo de 1935. Son historias que lejos de despertar rencores en quienes recibieron una probadita de su temperamento, son contadas con gratitud y hasta cierto aire de privilegio.
Don Heriberto García Mantilla, quien fue alumno de Padre de las Casas, es una de las tantas víctimas de la tajona y lo normal habría sido que la odiara, no que le compusiera un poema. Pero en 1960, con motivo de las Bodas de Plata de la escuela, le dedicó una serie de versos bajo el título de “Mama Juana”.
Basta una estrofa para hacerse una idea de lo estricto que era el religioso cuando de aplicar castigos se trataba: Ha habido ocasiones en que Madrigal cansado y cansado de tanto explicar muy quedo me ha dicho para no asustar: DESPIÉRTATE JUANA, que hoy es para hombres el confesionario. Si queda una vieja después del rosario… Empújale Juana. Y si arman molote en la procesión ¡A ellas Juanita! Creen que son tus tiras de palma bendita y esta es tu ocasión.
Lo que tenía de visionario, lo tenía de rígido. Eso lo sabe bien don Heriberto, que tuvo una estrecha relación con él y que en cada oportunidad menciona las mil proezas del sacerdote.
Sentado en una mecedora ahí en su casona de adobe, en Ocotal, se fuma un cigarro y comienza a enumerar los avances logrados por el chinandegano. Habla de la Capilla de Jesús Obrero, de los talleres de carpintería y albañilería, bloqueras y ladrillerías con las que dio trabajo a los obreros segovianos y de que hasta les instaló una casa con biblioteca y billares para que se recrearan. Todo lo hizo con recursos de la Iglesia.
Un cigarrillo más tarde llega a 1961 y a la fundación de la radio Francisco Hernández de Córdoba. “Transmitía en onda corta programas variados, hasta reportajes de Nueva Zelanda”, recuerda el anciano de 84 años, que estuvo a cargo de la emisora en sus comienzos.
Por entonces monseñor Madrigal tenía el programa Un minuto de Dios , en el que recalcaba con voz suave, pero firme, que hay que consagrar al menos un rato al Creador.
Un día a don Heriberto se le ocurrió que era buena idea transmitir un juego de beisbol; así que realizó los trámites necesarios para firmar un contrato que garantizaba buen dinerito. Y finalmente llegó el gran momento. Pero en plena narración del partido, cuando la emoción de carreras, bates y atrapadas estaba en su punto y los radioescuchas esperaban el próximo movimiento, de golpe se cortó la transmisión y en seguida se oyó… Un minuto de Dios.
Todavía se indigna un poco cuando recuerda el episodio. “No me gustó eso. Un contrato es cosa seria. Nada costaba pasar el programa para más adelante o más atrás (…) Es la única vez que medio me encogí con él”, confiesa.
Pero el padre no entendía de razones, ni de cambios de horario.
también era terco y hasta un poquito extremista cuando era tiempo de defender la religión. Si alguien llegaba a Nueva Segovia con la intención de instalar iglesia evangélica, él iba, compraba la propiedad y ponía una ermita. Construyó pequeños templos y capillas por todos lados, en municipios y comunidades.
Hombres y mujeres debían asistir a misa por separado para que cada grupo recibiera un mensaje según su género. Ellos tenían que llegar a las 7:00 de la mañana; ellas, a las 9:00. Una regla que jamás se cumplía. “Y eso lo ponía encachimbado al padre”, cuenta don Heriberto desde su mecedora y con el tercer cigarrillo en los labios.
Ese carácter seco del religioso no era nuevo, lo dejó claro al día siguiente de su llegada. Una señora del pueblo le mandó a preguntar: ¿A qué hora va a ser la misa? La respuesta del joven padre fue escueta: Dígale que las campanas lo dirán.
Unos dos años después, cuando los marines estadounidenses empezaron a usar la torre de la parroquia de Ocotal para vigilar cualquier intento de acercamiento del ejército de Augusto C. Sandino, el sacerdote les ordenó que dejaran de interrumpir la misa y construyó una escalera externa para que no molestaran en la iglesia, según relata el historiador ocotaleano Augusto Marín.
Sin embargo, no todo era rigidez y seriedad, había ratos en los que monseñor Madrigal se permitía reír y a sus feligreses les daba gusto escucharlo porque las carcajadas se oían en dos cuadras a la redonda.
“Lo hacía reír el chele Cipriano cuando se disfrazaba de indio. Eso era cada 12 de diciembre cuando hacíamos un altar y el padre bendecía los productos que después se vendían a beneficio de la Iglesia”, cuenta doña Marina Gómez, habitante de Mozonte.
llegado a nueva segovia, el padre se instaló en Ocotal y doce días después, cuando se sintió solo, mandó a traer a las dos tías que lo educaron desde niño, doña Dominguita y doña Tomasita, que se quedaron con él hasta que murieron y hoy son recordadas por los segovianos.
—Mi mama le echaba tortillas a las tías de monseñor, comenta orgulloso don Felipe Nery Pastrana, campesino mozonteño de 78 años.
—¿Y usted lo conoció a él?
—Claro. Él me bautizó, como a todos los de mi edad (ríe). Y me enseñó a leer y a escribir. Daba clases en la casa cural a chavalos de 14 para arriba.
—¿Qué más aprendió de monseñor?
—Que si uno se junta con un bruto, retrocede; pero si se junta con sabio, avanza. Y que a una dama se le da la mano y se le protege y que al anciano se le ayuda a cruzar la calle.
—¿Recuerda la cooperativa?
—Sí. Él la puso para que consiguiéramos todo más barato. Nos decía que conserváramos la tierra, que la sembráramos, porque aquí iba a haber una hambruna enorme. Tenía razón.
La imagen que don Felipe tiene del padre Madrigal no es la de un cascarrabias, sino la de un hombre autoritario, pero humilde.
“Es que ya de viejo se le bajó el gas”, bromea don Roque Toledo, de 66 años, que es originario de Ciudad Antigua y se ha hecho un poquito historiador a fuerza de vivir y de leer los escritos dejados por monseñor Madrigal, en los que se explica a detalles cuáles han sido los asentamientos de Segovia, las fechas de las invasiones piratas, reconstrucciones y ubicación de ruinas (que él mismo localizó).
Después el anciano se pone serio y afirma: monseñor era un santo.
en Ciudad Antigua quien le arreglaba su habitación y le servía refrescos naturales, leche con avena y café con leche era doña Camila González Centeno, hoy día de 76 años. Ella también cree en la santidad del padre Madrigal. Hasta tiene la foto de la agonía del religioso junto a su cama, dice que así siente su presencia.
Todavía se le humedecen los ojitos azules cuando platica de los últimos meses de su párroco, que ya sufría los estragos del mal de Parkinson; pero se pone contenta cuando llega a la parte de la exhumación del cuerpo del sacerdote, que se realizó 16 años después de su muerte, por gestión de monseñor Abelardo Mata, obispo de Estelí y con el objeto de sacar los restos del cementerio de Mozonte para trasladarlos al templo de la misma ciudad, donde ahora reposan.
“Dicen que cuando abrieron la caja se sintió un perfume de rosas, que él estaba intacto y tenía una gota se sangre en la lengua”, señala doña Camila.
No obstante, Jorge Calderón Gutiérrez, el médico forense que se encargó de la exhumación, no recuerda haber sentido olor a flores ni haber visto gotita de sangre; pero sí confirma que el cuerpo del padre Madrigal estaba conservado, con la piel adherida a la estructura ósea y la lengua, aunque negra, intacta, cosa rarísima porque es un órgano que se deshace con gran facilidad.
—¿Hay alguna explicación científica?
—El fenómeno se llama corificación.
—¿Es común?
—Para nada.
—¿Qué esperaban cuando abrieron el ataúd de monseñor Madrigal?
—La caja se extrajo en forma vertical. Después de 16 años lo normal hubiera sido que los pocos huesos que quedaran se fueran para el fondo.
—¿Pero el cuerpo estaba completo?
—Sí. Y ni siquiera se le desprendió nada. Lo que significa que todavía tenía músculos y ligamentos. Cuando lo pasamos para otro ataúd notamos que pesaba como una persona completa.
–¿Y la ropa?
—Estaba íntegra. (…) Algo tiene que haber en las personas que dedican su vida al cristianismo. Recuerdo que ese día la gente lloraba como si él se acabara de morir.

La tumba de Monseñor Madrigal es visitada por los devotos del religioso, que ya le atribuyen muchos milagros y le dejan notitas de agradecimiento escritas a mano.
“Gracias por salvar a mi nietecito de una infección intestinal”. Cristina López. “Le agradezco por mantener bien de salud a mi hija con su problema de la nuca”. Alba Luz Guillén. “Una vaca se perdió y me criticaban, decían que yo me la había comido. Pero al mes de buscarla la hallé. Gracias, monseñor”. Pedro Hernández. Son muestras de lo que se lee en la vitrina de recordatorios.
Pero la fama del padre Madrigal comenzó muchos, muchos años atrás, cuando él todavía vivía. Según don Roque Toledo, hubo más de una persona que al encontrárselo en el camino cuando él iba a caballo hacia alguna de las tantas comunidades que visitaba, cayó de rodillas y lo llamó santo.
Hasta hoy día persisten las historias que cuentan de fenómenos ocurridos el día de la muerte del sacerdote. Que el Sol se puso eclipsado, asegura don Roque; que el Sol se puso como colorado y el cielo se miraba lleno de humo, afirma doña Camila y muchos la secundan. Puede ser que ese fenómeno solo se haya apreciado en el cielo de Nueva Segovia. Quién sabe.
Por ahora se inician movimientos para la canonización de monseñor Madrigal. Actualmente se realiza un preestudio y se espera que en enero del próximo año ya esté conformada una comisión para impulsar la causa. Se deberán reunir testimonios, comprobar milagros y valorar las virtudes del candidato, explica el obispo Abelardo Mata.
El padre Madrigal ya tiene varios puntos a favor, el más importante es el estado en que se encontró su cuerpo. También es fundamental la veneración permanente que su pueblo le ha dado. Si todo sale bien, el Vaticano lo podría beatificar “en unos diez añitos”.
Mientras tanto, sus fieles seguirán solicitando sanidad e incluso ayuda para localizar vaquitas perdidas. Entre historias de “Mama Juana” y de soles colorados, invitarán a los niños a rezar. Así hasta que llegue el día en que, como aquel 18 de marzo de 1925, las campanas digan lo que todos están esperando. b
Una vida intensa Nace en Chinandega. Ingresa al seminario. Asume la parroquia de Ocotal. A los pocos días empieza a reformar el templo. Cambia los ladrillos de barro por ladrillos de cemento. Empieza a escribir el semanario El Eco de Segovia. Comienza a construir la casa cural de Ocotal, que se termina en 1935. Instala la energía eléctrica en la Iglesia. Construye la primera iglesia de Santa María. Funda la escuela Padre de las Casas. Coloca una pequeña estatua de Nuestra Señora de Guadalupe en una piedra junto al río de Dipilto. El santuario conocido como la Virgen de la Piedra es visitado por miles de devotos de todas las regiones de Nicaragua. En este año construye una ermita, una casa cural y reforma el templo de Jalapa. Explora Ciudad Antigua y traza el mapa de su antigua ubicación, quedan marcadas las calles y edificios de La Segovia, destruida en 1654 por el pirata Henry Morgan. Escribe el folleto Errores Históricos. Funda la radio Francisco Hernández de Córdoba. Cuarenta años de apostolado y se devela un monumento en su nombre, que todavía está en el parque central, viendo al templo. Erige un monumento a Fray Fernando Espino. Muere en Ocotal, envuelto en aires de santidad. Lo velan en Ocotal y Ciudad Antigua y lo sepultan en Mozonte, junto a sus tías, tal como él lo había solicitado.
El 18 de marzo exhuman su cuerpo y lo encuentran casi intacto. Lo trasladan hacia el templo San Pedro, en Mozonte, donde se encuentra actualmente.

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