Rolando Escobar
DOLOR
Era demasiado tarde para reaccionar. Fue sintiendo clavársele pedazos de vidrio en su rostro. Un hilo caliente de sangre le salía de la boca hasta empozársele en el cuello. La camioneta doble cabina, a alta velocidad, le había impactado de frente; dejándolo prensado entre chatarras. Exhaló un fuerte aliento a alcohol. El mismo que minutos antes consumió hasta acabarlo de la botella de ron que guardaba en la cocina para aquel momento. Trastabillando se había levantado del desayunador, pasando entre los cuerpos inertes de sus dos hijas, tendidos en el piso; a quienes indujo a tomar Gastoxín, con el engaño de que eran pastillas para prevenir la gripe. Ya en la calle encontró las llaves en el fondo del bolsillo. Encendió el auto y en un abrir y cerrar de ojos circulaba en sentido contrario por la autopista, a 150 kilómetros por hora. Mientras miraba la tenue lluvia a través del retrovisor, repetía varias veces, con intervalos de confusión, la última línea de la carta que dejó sobre su cama; entre legajos de facturas impagables. Estaba convencido de que sus acreedores, casas comerciales, gastos fijos y un sinfín de deudas eran las causantes del tormento persistente en que se había convertido su existencia. «No culpo a nadie por mi fatal decisión. Todo es oscuro, como oscuro es el túnel en el que me he sumergido»: había escrito con pulso tembloroso.
Transeúntes se aglomeraban para testificar del accidente. No había más dolor en su humanidad, que el odio que cargó desde muchacho. Un estallido de furia antes de expirar, anunciaba el final. Su llanto fue como el llanto de toda la humanidad.
EL ROSTRO
A Gustavo Wilson, quien conoce la eternidad del amor
Trazaba las últimas pinceladas del óleo que por fin terminaba. Largas horas de trabajo había invertido hasta lograr lo que quería. Todo su empeño consistió en crear el rostro más bello que pudo imaginar.
Con el paso de los años y sus constantes crisis económicas, mantenía imperturbable la decisión de no poner en venta el cuadro aquel. Haberlo hecho significaba para él un sacrilegio. En lo más recóndito de su mente guardaba la esperanza de que algún día conocería a la mujer con el rostro que había pintado.
Fue un año después, durante los rezos que acompañaban la Semana Mayor en su parroquia; muy a las cinco de la mañana, que por la puerta principal se asomó María Aparecida.
—¡Es ella! —probó infructuosamente articular—. No así sus ojos que de tan elocuentes bailaban al ritmo de Aleluyas celestiales, acompañados de temblores de cuerpo emocionado.
Poco tiempo después sus días y sus noches supieron de la plenitud de estar al lado de María. Esto fue por sesenta y nueve años que permanecieron casados.
A pesar de que sobrevino la grave enfermedad y el desenlace con la partida de su amada, recuerda con detalles la sonrisa de muchacha coqueta que dejó entrever cuando las miradas de ambos se cruzaron aquel Viernes Santo. Solo lamenta no haberle dicho más veces de las que lo hizo, que la amaba. Aún percibe cada segundo su delicada presencia, aquel rostro primoroso, el más lindo del mundo; el cual, siendo un joven artista, pintó para la posteridad como una ofrenda al amor desconocido.
Mientras me cuenta su historia, hay un brillo en los ojos intensos de este hombre de noventa y siete años. Es el rayo del amor que nos deslumbra para siempre.