Por Joaquín Absalón Pastora
Cumple 19 años de incesante vigencia más que el acoplamiento sistémico y laudable de una orquesta, una institución autora de época renovada en la ejecución y educación de la música culta: La Camerata Bach, pionera que ha sido además, contribuyente didáctica en la creación de valores, entusiasta, consciente del caudal del semillero.
De intérprete correcta pasó a ser maestra con claridad y elementalidad desde el origen, repercusión y crecimiento profesional en estos días en que se preparó para honrar en alborozos paralelos, memorias de las inspiraciones ilustres que la forjaron como las de Amadeus Mozart y Juan Sebastián Bach pendientes de ser llevadas.
Ha recorrido con más gala el camino con la prisa sensata de la conjunción con apego a la cautela y la visión programada, sin padecer las interferencias montadas por las pasiones de la exclusividad. Poco afecto por la figuración centralizadora —ser ella lo único existente— inclinándose por la intencionalidad de mostrar y ensanchar lo suyo en las nuevas generaciones, haciéndose sentir en los campos del arte musical donde la lozanía aspira al cambio de tono y elige el matiz de la realización profesional
De su rito en afinidad con la renovación se desprende una evidencia: la formación de centros y programas de enseñanza de donde han egresado auspiciados por la vereda en suma de toda esa experiencia y por el apoyo de mecenas oportunos, los frutos de una fresca generación que sabe aplicar los conocimientos adquiridos en la realidad de las salas sonoras. La propia cumpleañera enriquece su modelo beligerante con esos valores.
Desde que la Camerata nació en el ambiente cultural de Nicaragua, la hemos venido siguiendo lo más cerca posible de la sensibilidad auditiva tanto en lo que corresponde a la pertinente modulación de las obras puestas en escena como en serle fiel a lo que se propuso desde el advenimiento: ser la onda viva y recatada de los clásicos respetados en la forma y fondo empleados conforme lo sostuvieron siempre desde la exaltación inspiradora de sus sentimientos. No se ha visto en ella ningún desvío burdo del concepto legítimo como el que se ha visto en ciertas orquestas tentadas a tocar los sones de las circunstancias.
Han sido leales en la conducción a la batuta del apellido que los identifica: Bach, el gigante de la polifonía y del cuádruple juego del contrapunto. Cuando apareció el primer año luciendo ese símbolo patriarcal, deduje que se encargaría solo de tocar a don Juan Sebastián y a otros también consagrados de su estirpe. Pero no fue así.
El conjunto desde el comienzo dio evidencias de su universalidad sin salirse del marco de los clásicos, término apropiado para emplearse en todo lo que permanece y del interés reiterado de distinguir con arreglos especiales, la música de los nuestros gloriosos como José de la Cruz Mena y Camilo Zapata para citar solo dos nombres holgadamente representativos.
Creí también que iba a ser inspiración nutricia para tener —por fín— a la estable orquesta sinfónica que no hemos tenido con el carácter de ser la tradición que es en otros países de la tierra, pero prefirió en no variar nunca su proyecto de quedarse como pequeño grupo a veces con el perfil aumentado de una sinfonieta y en otras haciendo de acompañante sustentada en noches de ópera, con la devoción que le ha suministrado estabilidad y expansión del prestigio, desde que vinieron al mundo de la etiqueta donde la medalla del espíritu esparce sus conspicuos brillos.
Y vaya que le ha dado frutos el sostén de la imagen aparecida en aquel “debut” que no desvió el rumbo, razón por la cual sigue siendo sin ningún síntoma de mudanza: Camerata Bach. Pero ha sido factor ineludible de complementación para convertirse en orquesta ampliada en presentaciones específicas en las cuales se requiere una instrumentación que debe ir más allá de las condiciones de cámara y ya lo hemos explicado en párrafos anteriores. Ideales han sido las alianzas con otros grupos, con la inyección de invitados llegados del extranjero en el fortalecimiento de los lazos culturales que han contribuido a ponerle tonos no de leves acentos en la expresión de la solidaridad regional, en el arte de mostrar lo que tiene…
Esta excepcionalidad cobró vida cuando celebró su decimosegundo aniversario en el salón principal del Teatro Nacional Rubén Darío en el año 2004. El espectáculo asumió una titulación emblemática, sumamente atractiva. Camerata Bach: Hollywood Forever Descollaron los entusiasmos traslativos de poner a la meca en la cancha criolla con énfasis categórico en la temática de los perdurables filmes, las notas escritas para el argumento ocasional y el rostro imaginado de las estrellas. Luces novedosas ceñidas sobre la cintura de la nostalgia en forma de joyas de no enmohecidos quilates. Como no ha dado evidencias de ser egoísta tuvo el refuerzo indispensable para erigirse en gran orquesta con características de ser apropiada para una noche sinfónica. La docena de años fue celebrada con temas distintivos de los nunca olvidados del celuloide: El Padrino, Romeo y Julieta, Titanic, Ben Hur, Doctor Zhivago, etc. Hollywood enquistado en el retinar desesperado por sentir sus sombras y sus luces.
El acoplamiento daba la sensación de ser todos los integrantes antiguos compañeros. Se convidó al público a sentirse en ambiente de sinfónica emanada de las cosechas natales bajo la dirección del invitado Francisco Jarquín y la coordinación de los fundadores Ramón Rodríguez y Raúl Martínez. Acento viril. Redoble de tambores.
Se viene a la memoria aquel festejo como un ejemplo de los antecedentes que han enriquecido la historia de la Camerata Bach que ahora indudablemente se robustece pues estar cerca, tener de vecinos los 20 años que procurará celebrar con su superior esplendor, es un privilegio que sinceramente nos honra y nos llena de alegría.
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