Dos minutos de infancia

Tal vez no sea tan terrible. Hay dos hileras de asientos rojos, apretados, estrechos. Es necesario contarlos... no son trece (menos mal), sino más de una veintena. Allá arriba, en una plataforma, un chavalo chirizo invita a abordar, como si se tratara de un barco de crucero y no de un juego mecánico que amenaza desde el nombre: Tsunami. Pero todo sea por una probadita de niñez, por volver a sentir con la libertad de aquellos primeros años.

Por Amalia del Cid.- Tal vez no sea tan terrible. Hay dos hileras de asientos rojos, apretados, estrechos. Es necesario contarlos… no son trece (menos mal), sino más de una veintena. Allá arriba, en una plataforma, un chavalo chirizo invita a abordar, como si se tratara de un barco de crucero y no de un juego mecánico que amenaza desde el nombre: Tsunami. Pero todo sea por una probadita de niñez, por volver a sentir con la libertad de aquellos primeros años.

Son las 7:20 p.m., más o menos. Hoy llovió sobre Managua y no hay muchas personas en busca de más emociones. Las que están aquí, en este diminuto parque de diversiones, no llegan ni a cien. “Es un mal día —dice el señor que atiende en la taquilla—. Cuando está bueno vendemos hasta 500 tiques”.

Los clientes recién llegados observan con desconfianza la colección de armatostes metálicos, se pasean por el terreno montoso hasta que un ejército de hormigas negras los obliga a refugiarse, dando saltitos, en una zona neutral. Después deciden a qué armatoste subir.

La lista de opciones es breve. Carruseles, lanchas que giran y giran hasta que el estómago de los espectadores se encoge, porque parece que en cualquier momento alguna podría coger vuelo. Un payaso rodante, una cobra que más bien es un gusanito, carros chocones, una rueda de Chicago y el tagadá (nada más parecido a una tina gigante).

Imponente y monstruoso, anclado donde más pican las hormigas, está el Tsunami. Al frente, para que todo el mundo lo pueda ver, tiene un letrero que advierte no subir con joyas ni celular y hacerlo por voluntad propia. Debería ser suficiente para que nadie se arriesgara. Sin embargo, pueden más las ganas de una dosis de dopamina, esa hormona alegre que en situaciones extremas se dispara en el cerebro y lo conduce al placer.

Así que resulta que el dichoso Tsunami es una especie de droga y que ya hay cuatro adolescentes morenos y larguiruchos queriendo probarla. Solo dos personas más nos animamos a acompañarlos. A salvo en tierra firme, el público no pierde detalle.

—Bueno —dice solemnemente uno de los jovencitos— ha sido un placer conocerlos y haber vivido en la Tierra.

Sus amigos no responden, están demasiado ocupados encomendándose al cielo. Uno se pasa la mano por la frente, la otra traga saliva y el tercero empieza a ejecutar un zapateado nervioso.

En eso sube una muchacha. ¡Qué valiente! Toma lugar junto a las otras seis víctimas voluntarias, pero cuando se le acerca el hombre encargado de colocar los artilugios de seguridad, se arrepiente, sacude la cabeza y huye a tiempo.

Segundos más tarde inicia la tortura. Medias vueltas y vueltas enteras, giros en reversa y hacia adelante; unas veces parece que se tocará el cielo y otras que se probará el suelo. Gritamos, casi muertos de miedo y de risa, los que estamos arriba y nos hacen eco, solidarios, los que observan desde abajo.

Es un buen ejercicio para comprender la teoría de la relatividad del tiempo. Esos dos minutos en el Tsunami le sacan la lengua al reloj, se congelan, se arrastran, se estiran, hacen como que van a terminar y apenas están comenzando. Pero acaban.

Los adolescentes bajan desorientados, pálidos, despelucados. Y el del zapateado ahora tiene un ataque de tos. Se empujan, bromean y se marchan, aunque parezca increíble, contentos.

No les interesa mucho “el cobra”, ese que es serpiente pero parece gusanito y que rueda sobre carriles aéreos. Aunque en cada curva suena un sospechoso ¡crac!, las cinco vueltas en esa culebra metálica se disfrutan; tal vez por las cosquillas en la panza o por el viento en el rostro o por las ganas de superar el peligro para poder decir: sobreviví.

O quizá tanta felicidad sea simplemente responsabilidad de la dopamina, ¡qué importa!, lo que vale es que por un momento se pueden cambiar los problemas por alegría y de alarido en alarido disipar el estrés. Es como volver a la infancia, esa época en la que todo era nuevo y todo encerraba una distinta emoción: trepar a un árbol, tocar una puerta y correr, o echar una loca carrera en bicicleta, aunque existiera el riesgo de sufrir caída y una posterior apaleada maternal.

Misión cumplida. Ya es hora de retirarse. Me voy alegre, despeinada, con la sensación de la niña que ha hecho una travesura y se ha ahorrado la paliza.

Periodista

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