La educación financiera busca mejorar la situación económica del cliente y evitar su sobrendeudamiento, por medio de decisiones mejor informadas respecto al manejo del dinero.
La hipótesis es que clientes capacitados se desarrollan más, mejoran su cultura de pago, su situación financiera y personal, lo que implica menor nivel de riesgo de no pago (menor costo de cobranza) y mayor fidelización de clientes para la institución financiera.
La educación financiera es parcialmente un bien público. La solución de largo plazo para la difusión masiva de la misma es que sea incorporada en la currícula educativa de los colegios y universidades.
No obstante, muchas personas que son actualmente usuarios de servicios financieros —especialmente de crédito— no van a volver a pasar por las universidades y colegios, por lo cual es necesario otro tipo de solución.
Los gobiernos interesados en generar mayor empleo, proteger a los consumidores y mantener la estabilidad del Sistema Financiero podrían difundir la educación financiera utilizando medios masivos: radio, televisión, prensa, internet, etc.
En los casos previamente indicados, la educación financiera sería asumida por el Estado, probablemente con algún apoyo inicial de la cooperación internacional. La educación financiera es fundamental para la sostenibilidad y permanencia en el tiempo de las instituciones financieras como los bancos, financieras, ONG, cooperativas, etc.
Clientes sin educación financiera probablemente terminarán sobrendeudados y podrían incluso llevar a la quiebra a las instituciones financieras o afiliarse a movimientos sociales que pueden afectar negativamente a toda la industria.
También está la responsabilidad empresarial de informar cuando se vende un servicio financiero (crédito), que puede ser “dañino para la salud financiera del cliente”, si no es adecuadamente manejado. Las empresas que venden tabaco informan a sus clientes que “fumar es dañino para la salud”, las que venden bebidas alcohólicas comunican que “si bebe, no conduzca”.
Las instituciones financieras deben difundir la educación financiera para prevenir y contribuir a resolver los problemas de sobrendeudamiento de sus clientes.
Las instituciones financieras o sus asociaciones deberían financiar la difusión de la educación financiera (directa y por medios de comunicación masivos), especialmente para sus clientes actuales y en las zonas donde operan.
Eventualmente parte de los costos de capacitación directa podrían asumirse por los mismos clientes, aunque mínimos —probablemente solo terminen pagando por la papelería que van a utilizar en la capacitación— dan una prueba del valor para los clientes.
El cobro a los clientes podría realizarse directamente, estar incluido en la tasa de interés; financiarse, o incluso asumirse por la institución financiera (en la perspectiva de tener clientes con menores costos de cobranza y mayor movimiento financiero). Lo crítico es asegurar que la capacitación sea práctica, entendible y aplicable para el cliente. El juicio sobre lo que es útil y necesario corresponde a los usuarios de la capacitación. Es preciso aprender a escuchar más las opiniones de los clientes.
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