A El Ostional se llega por un camino rojizo, una trocha que culebrea entre murallas de bosque pálido. Por esa ruta transitan osos hormigueros de pisada corta y andar pesado, ardillas grises, venados pardos y vacas blancas. Muchas vacas blancas, tantas que da la impresión de que se está en tierra sagrada.
Si es invierno el bosque deja de ser pálido y se vuelve intenso, de un verde tierno chillón. Y justo cuando la selva comienza a vestirse con nuevos y más alegres colores inicia el concierto de las ranas en los charcos y manglares del pueblo. Detrás de ellas vienen las serpientes.
Cascabeles, corales, micas, voladoras, hilos de oro y la terrible víbora de sangre; una familia numerosa de la que todo campesino sensato procura huir, porque allí en las comunidades de El Ostional recibir una mordida de serpiente es como voltear un reloj de arena para iniciar una carrera en la que se verá quién llega antes, si el veneno o el caballo.

No hay buses. San Antonio, Tortuga, Pochote y Monte Cristo son como islotes en medio de las montañas. Si alguien tiene una emergencia médica debe tomar montura y andar por alrededor de cuatro millas para salir a El Ostional, que está a 24 kilómetros del municipio de San Juan del Sur, Rivas. El recorrido toma más de una hora y al menos otras cuatro si se quiere llegar hasta la ciudad. Pero cuando hay una vida en juego, lo que menos se tiene es tiempo, por eso son tan necesarios los curanderos.
En el mero San Juan del Sur habitan dos y hay cinco en las comunidades de El Ostional. Sin embargo, no todos son tan reconocidos como Antonio Rodríguez, quien aprendió mil misterios junto a su célebre padre, el curandero Jesús María Rodríguez, que ahora vive en Costa Rica y tiene 85 años.
Antonio, de 40, cura empachos, saca piedras de los riñones, elimina el efecto del veneno de los alacranes y detiene la hinchazón que viene tras el piquete de una avispa; pero su especialidad son las culebras, nada extraño en una zona donde estos animales duermen en las casas de los campesinos, como la boa; o salen al camino cuando hay viento, como la cascabel; o andan por las quebradas en plena cacería de ranas, como la víbora de sangre.
A veces hasta la culebra mica, tímida por naturaleza, se mete a las viviendas. El centenario don Hipólito Pizarro, cacique de El Ostional, recuerda que una mañana en su casa, cerca del río, le tocó ver un ejemplar descomunal enrollado en uno de los cuartones del techo. El susto todavía se le asoma al rostro cuando habla de ese episodio.
No solo en invierno aparecen las serpientes, también lo hacen cuando hay levantamiento de cosecha, limpieza de terreno o Luna Nueva, dice Antonio, quien no tiene apariencia de curandero, porque no usa túnica, ni caites, ni collar de ajos y huesos. “Es que nosotros no somos brujos”, se defiende, y después sacude el chischil que no hace mucho le quitó a una cascabel pequeña que se halló por ahí.
—Cuando la Luna está nueva…
Así mismo, es el tiempo en el que todos los animales salen, incluyendo a los insectos. Y a las serpientes les gustan mucho los insectos.
—¿Cuál es la más dañina?
Ah, la víbora de sangre. Te revienta en seis o tal vez ocho horas, provoca una hemorragia interna y el paciente que no es atendido a tiempo termina sudando sangre.
—¿Hay muchas por acá?
Bastantes. Pero la que más abunda es la cascabel.
—¿Peligrosa?
Ella no es agresiva, primero hace sonar su cascabel para prevenirte. Si te mira, te espera; si la molestás, ataca. El veneno mata en 14 o 24 horas. La coral es peor, tiene un veneno rápido, a las 14 horas la persona ya está inflamada, la sangre sale por la nariz y por las partes íntimas.
ANTONIO SABE DE SERPIENTES

a fuerza de observación y práctica. Viene estudiándolas desde que tenía 8 años y caminaba por el monte rumbo a los terrenos de su familia. Iban él, su hermano Pedro y su padre, que les decía: “Lleven un jícaro tierno”. Y lo llevaban, clavado en una estaca, porque si tenían la suerte de encontrarse con una víbora —cosa bastante común— podían dárselo a morder, para que la huella de los colmillos quedara grabada en la fruta.
“Después estudiábamos las características de la mordida y escribíamos en el jícaro el nombre de la culebra”, cuenta, sumergido en un mar de recuerdos de aquellos tiempos en los que fue un niño flacucho que azuzaba serpientes en los matorrales, primero con miedo, después por deporte.
Gracias a esas correrías montunas ahora puede identificar qué clase de víbora mordió a su paciente. Por ejemplo, la de sangre deja dos ranuritas, porque rasga la piel cuando entierra y jala su fino par de colmillos; la cascabel hace cuatro orificios y la coral solo dos.
Del tipo de serpiente depende el remedio que se aplica. Y también la dosis. Pero, como todos los curanderos, Antonio es celoso y no revela fácilmente sus conocimientos. Tanto secretismo se debe a dos razones, la primera y más importante es la responsabilidad profesional. Tiene miedo de que alguien que nunca ha tocado una culebra y jamás ha lidiado con los síntomas terribles de quien recibe una inyección de veneno, vaya y ponga clínica con el único objetivo de ganar dinero cobrando tres mil córdobas por cada curación.
Lo otro es que no le gustaría que cualquier persona se involucre en la tradición. El curandero debe ser muy cuidadoso al seleccionar a su sucesor, pues en esa transacción de conocimientos está en juego su propio prestigio. Lo más probable es que elija a uno de sus tres hijos.
Bien, como ya se dijo, el remedio y la dosis dependen de la serpiente. Puede usarse la cáscara del jicarillo o la del madroño negro, el paste caribe, el alcotán bejuco, la ipecacuana, la curarina, el lirio montero, hierbas de madroño, patonesto, opio, paste montero, monte de la culebra y el cordoncillo macho y hembra, esto según el libro Saberes Ancestrales para preservar el bienestar y la armonía en las comunidades indígenas , que reúne los resultados de tres años de estudios (2007-2010) de la Red de Pueblos Indígenas del Pacífico, Centro y Norte de Nicaragua.
Antonio solo habla del jicarillo, cuenta que la cáscara debe estar fresquita al momento de usarse; si se usara añeja y seca de nada serviría.
LOS PACIENTES SON ESPORÁDICOS.
Hace unos años el curandero de esta historia atendía a cuatro o cinco personas anualmente. Lo esperaban en sus casas, retorciéndose de dolor, encerradas “para estar a salvo de las miradas fuertes”, pues de ser vistas por mujeres embarazadas, muchachas en su período o alguien que en su niñez hubiera sido “ojeado”, aceleraría el efecto del veneno, según dice. Ahora para Antonio esos tiempos son casi historia, pues lleva cerca de dos años sin ver un solo mordisco de culebra.
¿Qué estará pasando? ¿Será que los campesinos ya saben cuidarse mejor? Parece poco probable, pues el Ministerio de Salud de Nicaragua registra cada año entre 500 y 600 personas mordidas por cascabeles, corales y culebras barba amarilla, sin contar los cientos de casos de los que no se tiene reporte, ya que son atendidos por curanderos.
Buena parte de esos ataques de serpiente ocurre en Río San Juan, región donde pululan las víboras (por algo ahí trabajan alrededor de cuarenta curanderos). ¿Será entonces que ya hay menos culebras en El Ostional? Es posible que las quemas que se realizan antes de las siembras hayan menguado la población, supone Julio Collado, dirigente indígena de esa comunidad, quien durante toda la entrevista ha estado sentado junto a Antonio.
También cuenta que hace unos cuatro años muchos habitantes de El Coco, un poblado cercano, anduvieron dedicados a la captura de serpientes, pues había un grupo de investigadores extranjeros que las compraba para usarlas en estudios y experimentos médicos.
“Pero culebras hay —dice Antonio—. Hace como un mes maté cinco en una semana”. El curandero sigue agitando el cascabel, pero con cuidado porque ya está seco y apto para ser usado como medicina en vacas parturientas.
—¿No será por esa matanza que ya no le vienen pacientes?
(Ríe) No, no creo. Debe ser que la gente ya aprendió a tener más cuidado con las serpientes.
Pero Julio vuelve a opinar, dice que seguramente la escasez de pacientes se debe a que están surgiendo nuevos curanderos en la comunidades cercanas a El Ostional. Al final de la discusión, él y Antonio se abrazan a esa teoría. “Es lo más probable”, dicen, porque están seguros de que las víboras no han desaparecido y no creen que haya muchas personas acudiendo a un centro de salud donde no se cuenta con suero antiofídico (antiveneno) ni se atiende los fines de semana.
Los curanderos no se llevan bien con los médicos. Antonio no es la excepción. No le gusta hacer equipo con ellos, ni está interesado en sus métodos. “Lo que pasa es que si un curandero y un doctor trabajan juntos y el paciente vive, la gente dice que lo salvó el médico; pero si se muere, lo mató el curandero”, señala, un poco en broma y bastante en serio.
Minutos más tarde se apaga la grabadora y descansa la cámara fotográfica, termina la entrevista y vuelve el silencio. Solo se escuchan las olas del mar suicidándose en la costa; si en los manglares hay una serpiente intentando cazar una rana lo hará sin ruido.
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