El problema del beisbol nacional no es solo la falta de recursos que permita disponer de la infraestructura adecuada y la atención sistemática y precisa de sus bases, sino la carencia de una verdadera visión. Es decir, el mayor “trabón” lo tenemos en la cabeza.
Al no haber visión, que sería como la descripción detallada de hacia dónde queremos ir, tampoco hay un plan. Y al no tener plan, ni siquiera contamos con un diagnóstico para saber dónde estamos y, por tanto, carecemos de estándares para poder evaluar lo que hacemos. Y mientras eso no se dé, se sigue trabajando a lo que salga, un estilo de trabajo que debió ser erradicado.
En un país como Nicaragua, tan convulsionado por sus fluctuaciones políticas y económicas, hablar de estabilidad es difícil. Eso se sabe. Aquí se cambia todo. Hasta la Constitución. Y el beisbol lo refleja con sus continuas variantes a los calendarios, sistemas de competencias y toda su estructura. Eso impide una evaluación precisa de los logros de los peloteros.
Por ejemplo, los mil hits no me parecen una hazaña. Son un logro importante para cada atleta de forma individual, pero no tienen repercusiones históricas. Lo han logrado 43 peloteros. Significa que el grado de dificultad para conseguirlo no es extremo. Pero con las 100 victorias la situación es distinta.
Y el asunto no solo radica en el número de jugadores que consiguen un logro, que en el caso de tiradores de 100 victorias es 14, sino que ellos , los pítcheres, han estado en desventajas. Una de ellas fue el bate de aluminio, que, mientras daba más oportunidades a la ofensiva, a ellos los dejaba sin defensa.
El bateador conecta un hit y nadie se lo quita. El lanzador puede trabajar de forma brillante, pero queda expuesto a la necesidad de un respaldo ofensivo, defensivo y de pitcheo también con los relevistas. Sin embargo, ojalá los lanzadores de 100 éxitos aspiren a mucho más y dejen el reto más arriba para las próximas generaciones.
Miguel Ángel decía que “el problema de la mayoría no es que se trace metas altas y no las cumpla, sino que se trace metas pequeñas y las cumpla”. Ese sentido de “realización” con lo pequeño es lo que más daño hace. Mientras no aspiremos a más, vamos a conformarnos con lo mismo y seguiremos celebrando lo poco que conseguimos.
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