¿Ha viajado usted alguna vez por la carretera que se desgaja de El Crucero hacia Los Chiles y San Rafael del Sur? Hacerlo, pero regresando a Managua por la carretera vieja que pasa por la cementera, es toda una lección en política criolla. Primero descubrirá que la primera tiene un revestimiento asfáltico impecable, cunetas costosas de concreto, bardas metálicas en curvas peligrosas, reflectores nocturnos, líneas de señalización y varios kilómetros de alumbrado público. La segunda le dará lástima: muchos baches y nada de cunetas de concreto, bardas de seguridad —a pesar de lo peligroso de sus curvas— ni líneas divisorias, reflectores o alumbrado público.
Después advertirá que la primera es poco traficada; una pendiente muy pronunciada en su inicio evita que circulen por ella camiones y vehículos de transporte colectivo. Tampoco verá muchos poblados. En la segunda, por el contrario, encontrará camiones cargando con cemento, buses y camionetas atestados de pasajeros, y bastantes más casas. También constatará que ambas carreteras tienen un recorrido paralelo: arrancan de El Crucero, a trescientos metros una de la otra, y terminan en San Rafael del Sur. Finalmente se dará cuenta que mientras la primera recibe un mantenimiento de primera —en septiembre del 2009 fue totalmente “recarpeteada” y hoy lo está siendo de nuevo por las visibles cuadrillas del Fomav (Fondo de Mantenimiento Vial)— la segunda sigue en completo abandono.
Entonces quizás se pregunte, ¿por qué de dos carreteras paralelas, una sirviendo a pocos pobladores y otra a muchos, la primera es de lujo y la segunda una ruina? Para responder hay que remontarse a 1997, cuando Alemán, d la ruta de siete kilómetros a Managua, también la conectaba con un tramo más largo a San Rafael del Sur, que es la ruta hacia los balnearios donde Alemán posee una hermosa propiedad.
Indagué más y descubrí que dicha carretera, de 22 kilómetros y un costo aproximado de cinco millones de dólares, jamás fue aprobada tras algún reporte técnico que demostrara su justificación social o económica —como debe de ocurrir con todo proyecto público—. El alto asesor del Banco Mundial que me lo contó y objetó el proyecto, se topó con el comentario de un amigo de Alemán: “Vos no entendés las realidades políticas de este país”.
“Las realidades políticas”, léase: que el apetito de los mandamases priva sobre las necesidades de los mandamenos, es una “realidad” asquerosa. Un país pobre, que vive en parte de la caridad internacional, debería emplear sus recursos escasos con el criterio de maximizar su impacto colectivo. Mejorar o repavimentar la vieja carretera hubiese beneficiado a millares de pobladores y transportistas. En cambio, invertir en la otra benefició más que a nadie al dueño de Los Chiles; cuyas travesías se volvieron más cómodas y sus propiedades más caras.
Pero lo más desconcertante es que ahora, que gobierna el supuesto adversario político del jefe liberal, su carretera siga recibiendo trato preferencial. Quizás se pregunte entonces, ¿cómo es que en tiempos del socialismo solidario y en año electoral, se estén gastando otra vez millones de dólares en la carretera del rico de Los Chiles, en vez de beneficiar a los pobladores de San Rafael? Dado que ni un dólar del Fomav se gastaría en dicha carretera sin el beneplácito de don Daniel o doña Rosario, la repuesta solo puede encontrarse en otra de esas “realidades” políticas: que los favores políticos se pagan. Ortega le debe mucho a Alemán. A quien te ayuda a ganar la Presidencia y la reelección, bien vale pavimentarle su calle… y otras cosas más. Solidaridad.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
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