Una mujer hondureña, jugándose la vida como migrante en territorio mexicano, confiesa: “Yo sí me siento culpable de ser latina, nada más”.
Es una de las declaraciones más impresionantes del documental Los Invisibles , de Amnistía Internacional, sobre las penurias de los centroamericanos que migran indocumentados hacia Estados Unidos por una ruta en que miles de ellos desaparecen, mientras cruzan el territorio mexicano donde bandas criminales les acechan.
Decir que la pobreza es la causa principal de esa migración, ya no es novedad; pero que una persona en esas circunstancias diga que se siente culpable, porque atribuye a su origen latino o hispano la razón de su miseria, me parece una distorsión provocada por la exclusión social en que ha vivido, sin acceso no sólo a empleo, sino a educación, salud y otros servicios sociales básicos.
Quienes asumen semejante riesgo es porque han perdido toda esperanza dentro de su patria, y si alguna les queda, sólo la conciben más allá de las fronteras.
El actor Gael García Bernal, uno de los realizadores del filme, pregunta a otra hondureña si siente miedo y a qué. “A que nos vayan a secuestrar, porque no tenemos para pagar el rescate”, responde ella con firmeza.
No pagar el rescate o no tener quien les pague el rescate, equivale a una condena de muerte en la ruta de los migrantes. Uno de los negocios del crimen organizado es capturar indocumentados y exigirles el número de teléfono de familiares o amigos que les han financiado la travesía, para quitarles dinero. Si no hay respuesta, los secuestrados son torturados y asesinados, como nos enteramos con frecuencia, cada vez que aparecen cadáveres en fosas comunes en México.
De otros nunca más se sabe, quizás porque sus cuerpos fueron desintegrados dentro de barriles con diesel hirviente, como relata un sobreviviente.
Junto a un basurero, donde buscan qué comer, otra mujer centroamericana cuenta que decidió arriesgar su vida en esa travesía sólo para comprar a sus hijos los materiales que necesitan para estudiar, si alguna vez ella logra tocar territorio estadounidense y trabajar.
“Esto ya no es sueño americano, sino pesadilla”, reflexiona un hombre; y en El Salvador una anciana se consuela hablando con las flores de su pequeño y pobre jardín. Así trata de calmar el dolor que ha cargado por años, desde que su hijo desapareció en México. Él prometió llamarla doce días después de partir, suponiendo que entonces ya estaría cumpliendo su sueño, pero esa llamada nunca entró.
Es necesario que el gobierno de México proteja a los migrantes, que la ley los proteja. Estos no pueden seguir siendo invisibles, enfatiza Gael García. Centroamericanos que pernoctan en refugios, creados en México por personas caritativas, consideran que el gobierno mexicano tiene poca voluntad de ayudarles; y si ha hecho algo por los migrantes, ha sido por la presión de ONG y otras organizaciones que denuncian las violaciones a los derechos humanos.
Los migrantes no pueden seguir siendo invisibles, ni en México ni en sus países de origen. Una responsabilidad de los gobiernos de sus países es evitar que emigren por falta de oportunidades y en condiciones de indefensión
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