Por René Cárdenas
Si yo fuera un hombre de muchos haberes, compraría a los Astros sin titubear, tal como están, en el último lugar, jóvenes, sin experiencia, abatidos y con la incertidumbre de terminar en el penúltimo o último lugar en la división central de la Liga Nacional en la presente campaña.
El propietario Drayton McLane, el único de cuatro dueños que ha disfrutado campeonatos divisionales, nacionales y una visita a la Serie Mundial, el Astrodome y la nueva casa del equipo conocida ahora como Parque Minute Maid situada propiamente en el centro cívico de la ciudad de Houston, decidió junto con su familia, deshacerse del juguete que le hizo famoso en el mundo deportivo de la nación.
El rumor dice que en 1992, Drayton compró el equipo no como una inversión para hacer dinero, más bien como una diversión propiamente dicha y con la idea de mantener en Houston la organización por la que se peleó tanto para obtener del circuito de la Nacional, un club que pondría a Houston en el mapa. Desde hace muchos años es la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos y los Astros venden sus boletos en un mercado de 5,728,143 personas. La atención del aficionado ya no es exclusiva de los Astros, desde la llegada de los Texas Rangers a Arlington, ahora la comparten amigablemente.
Houston está en el mapa desde el día que el beisbol llegó al desierto con un equipo llamado Colts .45s.
Después vino el Astrodome conocido como la octava maravilla del mundo y ahora la preciosidad del Minute Maid.
Los campeonatos también ayudaron y ahora el anuncio que el equipo está en venta al mejor postor, el apetito de los grandes inversionistas del país está a la caza del club que en tres años, según los expertos, estará peleando el codiciado primer lugar de la división. Si esto ocurre, el club valdrá una fortuna de tiempos modernos.
Recuerdo, sin tratar de ser exacto, el primer equipo en 1962, se formó con $10 millones y, McLane, lo compró al tercer dueño, por $103 millones. Las buenas y malas lenguas dicen que el precio actual fluctúa entre $450 y $500 millones y no andan mal. Según la revista Forbes, el precio es de $453 millones.
Si de verdad McLane lo compró sin intención de sacarle plata, solamente él lo sabe; pero la realidad es que lo venda en lo que lo venda, no se arrepentirá de haberlo comprado. Los buenos ratos que el club le ha proporcionado no tienen precio y la fama que le creó es más que suficiente.
McLane se hizo millonario en el negocio de los alimentos y era conocido en ese círculo. Ahora es una de las grandes personalidades en las Ligas Mayores y es posible que su nombre haya sido pronunciado por millones de aficionados en el Estado de Texas y también a nivel nacional.
Se ha venido hablando de la posible venta del equipo durante los últimos dos años y cuando se efectuaba el entrenamiento primaveral McLane declaró públicamente que el primer ofrecimiento se había caído y que ahora tiene tres ofertas de buen crédito y suficientemente ricas como para hacerle frente a la compra y luego al mantenimiento que dicho sea de paso es otro mundo aparte.
Un propietario ligamayorista no puede vender el equipo a cualquiera. El comprador ya sea un individuo o un grupo debe demostrar que tiene el efectivo para operar la organización. Y encima de eso, tiene que ser aprobado por Major League Baseball o los otros 29 propietarios en lo que concierne a reputación propiamente dicha. En otras palabras, los dueños del beisbol organizado tienen que ser virginalmente puros.
Cuando converso con algunos empleados de los Astros, puedo entrever que ya existe un poco de incertidumbre en lo que al futuro concierne. Es casi una tradición que el nuevo dueño lleva a su propia gente, para bien o para mal.
Soy del parecer que los Astros serán vendidos antes que termine la temporada. Si se encontraran piedras en el camino, sería antes de terminar el año.