Por Lombardo Martínez Cabezas
“Bohemia y vocación al micrófono sepultaron el proyecto de alcanzar la toga de jurisconsulto”, confiesa sin ningún recato Joaquín Absalón Pastora, vocación estéril en aquellos tiempos, cuando la radiodifusión comenzaba a dar sus primeros pasos en una ciudad donde bien entrado el siglo XX todo impulso hacia la modernidad languidecía siguiendo el mandato de la encíclica de su Santidad Pío IX de 1864.
Aquel mundo poblado de rastacueros, según Rubén Darío, continuaba aún delirando dentro de sus murallas coloniales para l940. El conocimiento racional era patrimonio de pocos mientras los muchos articulaban su pensamiento nutrido por las enseñanzas escolásticas centradas en el creacionismo. En León no había espacio para ferias científicas, el tiempo se agotaba en procesiones presididas por la imagen de San Benito seguido de una larga fila de penitentes ennegrecidos por las cenizas del Cerro Negro, con sus cucuruchos de papel, sus sayos de bramantes, con sus rostros compungidos a la búsqueda de la anhelada purificación, pasaporte al premio celestial.
Es lo que asoma al lector del espacio interior, del cofre de recuerdos sacados al sol en Medio Siglo de Radio por un autodidacta perseverante, erudito, dotado de gran humanidad; que hizo de su compromiso fe de vida y que, en vez de teorías y códigos abstractos supo pescar de la universidad de la experiencia directa el material para realizar su propio yo y hoy, en el otoño de su existencia, se refocila en narrarnos los éxitos y fracasos de ese viaje que siempre nos conduce al devenir que inserido en el movimiento eterno supera permanentemente el momento.
En su Medio Siglo de Radio Joaquín Absalón nos lleva de la mano por el itinerario de una época que marcó varias generaciones y lejos de alcanzar la precisión de un relojero suizo, vivifica y capta como en un borroso daguerrotipo las imágenes en nuestra geografía del tiempo del maridaje entre ciencia y tecnología como ensayo nuevo para canalizar la creatividad humana.
Hechos de crónica, anécdotas, competencias desleales de las primicias noticiosas, elementos de radio que sucumben a la tentación de la figuración oficial; un país paralizado por las charlatanerías de Nando, el brujo analfabeta, las correrías de los hermanos Somozas, los entretelones de la muerte de René Schick, el Reloj-Alfabetizador de Don Daniel Ortega padre, los hermanos Ortega Saavedra como asiduos frecuentadores del radio-teatro y el tentativo frustrado en 24 horas del presidente Daniel de ser periodista. Esto y mucho más se suceden en las páginas de un libro que no ahorra en su panorámica ningún periodo de nuestra tormentada historia de los últimos 50 años de los cuales el autor fue algunas veces protagonista que lo llevan a invocar el cielo por haber faltado al juramento de imparcialidad que abandonó durante su periodo de militante agüerista y más tarde por su proselitismo en el Partido Liberal Independiente que le permitió el acceso a una suplencia de diputación.
Morbosa curiosidad despierta el perfil de Dinorah Sampson que llegó a Radio Mundial en la búsqueda de notoriedad y que fue “algo más que una espectadora curiosa y andariega”. La amante de Tacho Somoza Debayle en el esplendor de su poder fue una verdadera cortesana de nuestros tiempos, quien a través de favores y prebendas decidió del futuro de miles de nicaragüenses gracias a un sistema político que reproduce la figura de las “mamas” que no alcanzan con las dos manos a repartir el erario público.
Virtudes y miserias fluyen de las páginas del libro del hombre de “cueste lo que cueste”, en una época envilecida por la acción política, de vilipendio institucionalizado de la dignidad humana, de ausencia de cualquier pudor en una sociedad ordenada en su jerarquía social dizque por disposición de la providencia. La atmósfera sórdida que invadía todas las esferas de nuestra existencia no encuentra su tierra prometida en la insurrección que Joaquín Absalón llama segundo terremoto y que junto a la destrucción del 72 “acabó con toda convivencia ética y calidad de la información”.
Medio Siglo de Radio como en una fotografía, detiene el movimiento y nos retrae en el recinto de la cenicienta victoriosa con tendencias redentoristas que pretenden tener la fórmula para salvar del infierno a los oprimidos. Los reflectores se encienden y aparece el narrador, quien jugando a ser humilde, y sin vedetismo nos muestra los camerinos y los retroescenarios del Cuadro Dramático de Radio Mundial, pan nuestro de cada día, que junto al cine mexicano modela las conciencias de las generaciones del 50 al 70.
“El derecho de nacer”. “El dolor de ser pobre”. “Los tres Villalobos”. “Kadir el árabe”. “Kaliman”. “Tamakun” etc. aunque rondaron la perfección artística, fueron, según el candor de Pastora, “antídotos para combatir el tedio de una recoleta capital con escasa vida nocturna”. Se buscaba con un lenguaje justiciero la denuncia de un mal vivir que nos condenaba a las tinieblas. Visión maniqueísta de la didascalia escolástica derivada de una moral estrictamente religiosa acechada por el laicismo que José Santos Zelaya con su plan de modernización quiso implementar y que Voltaire había proclamado con su doctrina sobre la tolerancia.
La obra que nos ocupa es un desfile de personajes obesos, bohemios, desafiante de toda conducta saludable, pero dotados de una gran capacidad de dramatizar y comunicar que hicieron de Radio Mundial, además de una empresa próspera que se podía permitir contratar narradores de beisbol con jugosos contratos, una fábrica de sueños para los oyentes que transfiguró el quehacer cotidiano generando un torpor histérico colectivo que confundió la realidad con el sueño. Escenas patéticas que rayaban en la ingenuidad y el absurdo se vieron en las filas de gentes que abarrotaban el local de la radio a la espera de entregar sus regalos para consolar el dolor de las víctimas convertidas en seres de carne y hueso por su irrefrenable fantasía. “El oyente lloraba de verdad y el artista de mentira”, exclama con contrición el que “se decía novicio, monaguillo en el inicio de su carrera”. ¿Fue Manuel Arana Valle parte de la conspiración contra la modernidad que encabezaron los conservadores granadinos junto a los clérigos?
Es difícil saber si las mentiras que urde la imaginación ayuden al hombre y la mujer a vivir o contribuyan a su infortunio al provocarle el abismo entre realidad y, sueño si adormecen su voluntad o la inducen a actuar.
Taumaturgos como Julio César Sandoval, un exseminarista y Antonio de Linares, si así se llamaba, un excura renegado, establecían los contenidos y las orientaciones. Sandoval sabía, como ocurre en “Los Miserables” de Víctor Hugo que un hombre puede ser malvado y convertirse en justo, pero esta mutación no altera la dicotomía ética que divide la fauna humana y lo que no encontramos en la ficción son seres en los que, como ocurre en el mundo real, coexistan la posibilidad de hacer el bien y el mal, la ambigüedad y las contradicciones morales.
Este maniqueísmo que el cine mejicano consagró y que está presente en los libretos radiofónicos es herencia de la literatura medieval recogida y reciclada por el romanticismo clásico del 800 que trató de canalizar a la esfera de los sentimientos un mundo ya en parte despojado de sus misterios por el uso del racionalismo. Maniqueísmo que en relatos edificantes siempre se confrontan por interpositas personas Dios y el Diablo, que inevitablemente termina con el triunfo de Dios.
De la ciudad mística nuestro incansable narrador pasó a la radio mística que con su bullicioso platillo resonaba en los hogares, alteraba agendas y anestesiaba la nación con Albertico Limonta, el personaje del “Derecho de nacer” llevado al paroxismo por José Dibb McConnell idolatrado icono que con su voz grave, varonil, hizo vibrar los corazones de las hijas de María como mas tarde haría en el cine Rock Hudson lo que obligó a Don Joaquín Evaristo a apagar, con su malabarista charla sobre la pederastería, la llama en una inocente niña, víctima del milagro de la mercadotecnia como lo fue el más profesional actor de Nicaragua quien sucumbió por efecto de una cura dimagrante a base de las anfetaminas.
Medio Siglo de radio es un relato interesante que descubre lo pagano y lo religioso de nuestra cultura. Se aleja de los tradicionales cánones de la narración, su autor salta de un acontecimiento a otro en un acontecer permanente sin cronología, espacio puro e inmóvil.
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