Hilda Rosa Maradiaga C. Periodista

Agonía en la 112

Cuando vi desembocar un bus de la 112 en la esquina, a dos cuadras de mi parada, cerca de la terminal, en Villa Libertad, me puse contenta. Eran las seis y media de la tarde del domingo y nunca había tomado esa ruta a esa hora. Siempre trataba de estar a las seis para poder irme en el que yo creía era el último bus y ahora que se me había hecho tarde estaba pensando que tendría que pagar taxi. Me acomodé en la única silla vacía que encontré para chinear a mi hijo y pensé que estaba de “suerte”, además de encontrar bus a esa hora, cruzaríamos Managua sentados.

Por Hilda Rosa Maradiaga C. 

Cuando vi desembocar un bus de la 112 en la esquina, a dos cuadras de mi parada, cerca de la terminal, en Villa Libertad, me puse contenta. Eran las seis y media de la tarde del domingo y nunca había tomado  esa ruta a esa hora. Siempre trataba de estar a las seis para poder irme en el que yo creía era el último bus y ahora que se me había hecho tarde estaba pensando que tendría que pagar taxi. Me acomodé en la única silla vacía que encontré para chinear a mi hijo y pensé que estaba de “suerte”, además de encontrar bus a esa hora, cruzaríamos Managua sentados.

La buena suerte se me acabaría a unos pocos kilómetros, cuando cerca de la Rafaela Herrera  a alguien (un chavalo supongo) se le ocurrió lanzar una bolsa con agua sobre el bus en movimiento.  Yo sólo escuche el ¡plash! y en el mismo segundo estaba escurriendo agua de mi cara. Sentí como si la bolsa de agua había explotado en mi cara. ¡Tenía que explotar justo en mi ventana! Bueno, menos mal que era agua y no orines, pienso. Pero me queda la duda: ¿era agua limpia o sucia? Pronto esa preocupación pasaría a quedar en segundo lugar o más bien olvidada.

En realidad yo estaba equivocada y el bus que sale a las seis de la tarde de Villa Libertad no es el último de los domingos, o cambiaron los horarios, pero este bus en el que estoy viajando parece ser el más esperado. Todas las paradas están atestadas de gente. Ya en Carretera Norte el conductor decide recibir el pasaje adelante y enviar a la gente a que suba al bus por la puerta trasera. A esas alturas ya hasta los que tuvimos la suerte de alcanzar silla vamos sintiendo los jaloneos del tumulto de gente que trata de pasar, acomodarse y hacerse espacio. ¿De dónde sale tanta gente un domingo por la noche? Niños, señoras, muchachos, ancianos, hombres y mujeres. Todos tratan de acomodarse en el reducido espacio que les tocó. La gente del pasillo hace presión sobre el hombre que va a mi lado, en la silla de la orilla, y él me aprieta a mí, que voy en el asiento del rincón, contra las ventanas. Menos mal que me tocó un asiento del fondo, porque aunque me aprieten contra las ventanas, sé, por experiencia, que seguramente mi vecino  la va pasando peor. Es que de esas sillas de la orilla del pasillo hasta con rasguños y golpes en la cara he terminado.

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El chofer grita, como seguramente lo hizo durante todos sus viajes del día, “acomódense”, “en medio está vacío”, “caminen”. Y mientras la gente que ya está arriba protesta, los de abajo hacen de todo para poder subir y no quedarse. Ni modo. Así es viajar en bus en Managua. Y tantos años viajando en bus, uno termina acostumbrándose. Es parte del día a día. Pero en este viaje habrá más que jaloneos y apretones. De pronto, en la parada de San Antonio, el bus se apaga. “Ya nos quedamos”, “que devuelva el pasaje”, “empecemos a caminar”, se escuchan los comentarios entre los pasajeros. Cuando ya se resignaban a que el bus había llegado hasta ahí, el armatoste arranca. En cada parada el motor se apaga y los pasajeros protestan. “No le sigas metiendo gente que ya va mala esta m…”, vociferan desde atrás. “Acomódense”, grita el conductor adelante. Los ánimos se exhaltan y una mujer que va en la parte de adelante decide ayudar al chofer. Atrás no pudimos darle rostro a aquella voz chillona que empezó gritando “acomódense, hombre que todos necesitamos irnos”. Pobre mujer. ¿A qué hora se le ocurrió abrir la boca? Desde atrás le gritan acusaciones de defender al conductor porque es su “querida” y le mientan a la madre, la abuela y otras generaciones de su familia. Ella no se quedó atrás, y entre que se defendía “como gato panza arriba”, a los demás pasajeros nos toca escuchar obscenidades impublicables.

A partir del Gadala María, a los pasajeros que estaban esperando en las paradas  les toca resignarse a ver cómo el bus que habían estado esperando no se detiene. No sé qué es preferible, si estar en la silla en la que estoy o en una parada viendo que ese bus se va. Tal parece que los desperfectos han llegado a otro nivel y a partir de ahí, no se detiene más. Por alguna razón, el bus  debe estar siempre en movimiento. Al parecer, si el motor se apaga no encenderá más. Desde entonces, lo que conductor hace en cada parada es reducir la velocidad lo más que puede para que la gente pueda lanzarse del bus. Para los hombres parece fácil, las mujeres pegan el salto acompañado de gritos.

 Cuando estamos cerca de llegar a Linda Vista, un pasajero se pregunta: ¿Cómo va a hacer en el semáforo? Pero nadie le exige al chofer detenerse.  No supe si por suerte el semáforo está en verde o se voló la roja, pero pasamos tirados por el semáforo. Una señora regordeta y con un bolso lleno de quién sabe qué, grita aterrada durante dos paradas que se detenga el bus. Está en la última grada de la escalerilla trasera y aunque la velocidad se ha reducido, ella no se atreve a tirarse,  hasta que un hombre salta de la puerta de adelante y corre a la de atrás para ayudarla.

 Yo no estaba menos aterrada que aquella señora, no por tener que lanzarme con el bus en movimiento, sino porque también tendría que hacerlo mi hijo, para quien todo aquello era más bien una aventura. A los ocho años no se tiene tanta conciencia del peligro.  Las escaleras de la puerta trasera son más altas y adelante tal vez todavía vaya el hombre que ayudó a la señora, pensé. Caminé  hasta la puerta de adelante  y mientras a los que  bajan en Las Piedrecitas les toca el turno de saltar, yo busco desesperada un hombre al que pueda pedir ayuda. Y así lo hice. El hombre tomó al niño en brazos y saltó con él, luego me tocó a mí. No me fue tan mal. La gente que espera  el bus en esa parada camina aprisa detrás de la armazón de hierro, esperando que termine de detenerse, pero alguien les explica que “no va trabajando, va sin clutch”. Y ya abajo, entre los que acabamos de bajar, alguien  dice: “Al menos llegamos”. Para mí es solo la mitad del viaje. Todavía me falta viajar hasta Ciudad Sandino. Y no sé qué depara ese otro trayecto.

El Azote

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