Hasta antes de su traslado a Costa Rica y su paso por el torneo KO a las Drogas del 2000, desde donde se proyectó, Ricardo Mayorga no era más que un alocado muchacho intentando llamar la atención.
Tocó puertas en busca de apoderados y promotores y no se le abrieron. Y lo más llamativo en su currículum era que lo habían bajado del ring por pelear mal. Apareció en escena Efraín Vega y muchas cosas cambiaron para el controversial pugilista nacido un día como ayer en Granada, hace 38 años.
Vega lo situó sobre el carril y lo vinculó a Don King, lo que despejó su camino hacia peleas importantes, pero sus acciones a nivel local no eran altas. Aquí vino y tras un entrenamiento dijo que pelearía ante De la Hoya, Trinidad y los mejores del mundo y nadie lo tomó en serio.
Y luego de imponerse en varios combates ante boxeadores regulares, vino su chance ante Andrew Lewis en el 2001. Y a pesar que sólo disputó asalto y medio, antes que un corte detuviera la pelea, se apreció algo que no tiene discusión en Mayorga, y es su valentía, o temeridad, consideran algunos.
De tal modo que cuando vino la revancha, al año siguiente, no nos sorprendió que el nica noqueara a Lewis en cinco rounds en desigual combate, definido por un Mayorga alocado, disparando desde todos los ángulos y con más agallas que boxeo.
Luego vino su mejor presentación, el 25 de enero del 2003 frente a Vernon Forrest, considerado uno de los mejores pugilistas del momento, y mejor del año en EE. UU. Y lo despachó en tres asaltos, gracias a su boxeo agresivo, huracanado, sin pausas, aunque desordenado y sin pizca de técnica pero fuerte y valiente.
Y mientras avanzaba hacia peleas como las de Tito Trinidad y De la Hoya, las que perdió sin objeciones, también se hizo sentir como agitador, como promotor de sus propio combates, mientras caía en gracia en gran parte del mercado, gracias a su lengua sin límites.
Ahora que le toca medirse a Miguel Cotto, qué distante se observa al Mayorga que batalló con Forrest. Aquel era resuelto y agresivo aunque alocado, pero sin poner la cara. ¿Habrá quedado algo de aquel Ricardo, que parecía empeñado en alcanzar la cima del mundo a golpes?
Mañana sabremos si aún le queda fuego en los puños.
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