L eí este poema por vez primera en el Colegio Calasanz de León. El padre Ramón Barberá (q.e.p.d.) lo consideraba uno de los poemas más hermosos de la literatura. No sólo por la perfección formal, sino por su hondo contenido ético. Así que —a partir de esa época— lo integré a mi repertorio de declamador espontáneo, junto al Farewell de Neruda, Los motivos del lobo de Darío y un cachipil de versos gauchos que —entre trago y trago— desgranaba ante los amigos de la bohemia leonesa.
Cuando en 1971 empecé a musicalizar poemas, me venció la tentación de buscarle una melodía al famoso soneto, adjudicado a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Ávila. Ese primer intento lo guardé durante años. Un día, desempolvando viejas carpetas, encontré el apunte. Lo único que rescaté fue la primera frase: No me mueve mi Dios para quererte
En los años ochenta, en medio del frenesí de la música revolucionaria, me dispuse a buscar por segunda vez la música apropiada. Fracasé nuevamente. Y debo confesar que —en una rara aleación de respeto y rigor— sepulté para siempre la posibilidad de lograr mi objetivo. Pero, ocurrió lo que yo llamo “un pequeño milagro”. El padre Álvaro Argüello, pocos meses antes de su muerte, me llamó a su despacho y, sacando un papel amarillento de su Biblia, me lo entregó con los temblores del Parkinson: “Carlos, quisiera que musicalizaras este poema. Es el Soneto a Jesús Crucificado . Quisiera escucharlo en tu voz, antes de marcharme”.
Un mes más tarde, en el auditorio Xavier Gorostiaga, de la UCA, en el homenaje que le tributamos al insigne sacerdote jesuita, cumplí la promesa de entregarle su soneto predilecto, con la música que me nació en ese contexto tan especial. Finalmente, en el Festival Internacional de Poesía en Granada, pude —por fin— presentar, a plena satisfacción, lo que ya para mí estaba en la cola de un venado. Obviamente, este éxito fue posible, gracias al arreglo de Raúl Martínez y la magistral interpretación de César Esquivel, acompañado con el piano de Hugo Castilla y el violín de Jeffrey Rubens. ¡Valía la pena esperar cuarenta años! z
Ver en la versión impresa las paginas: 4