No hace mucho tiempo un amigo empresario tuvo la brillante idea de prestarme dos libros, uno impreso y el otro un audiolibro. Este último llamó poderosamente mi atención por los infantiles rasgos del dibujo de portada y el curioso título: La vaca del Dr. Camilo Cruz.
Una gran interrogante se posó sobre mi cabeza y lancé una risita irónica, muy convencida de la trivialidad del contenido sin haberlo leído. Ésa había sido mi reacción inicial, la cual, francamente predominó en mí y postergué una y otra vez mi compromiso de escucharlo. Sí, debo admitir que escuchar a la famosa Vaca no estaba entre mis prioridades y leí el otro libro que me pareció, a la postre, más interesante.
Muy recientemente y por razones laborales me dispuse a navegar por el universo online de los libros de autoayuda y me encontré a la Vaca mirándome fijamente con sus ojos saltones, por una parte y tomando en cuenta, la deuda moral con mi amigo decidí matar una de mis vacas -quienes lo han leído entenderán muy bien a lo que me refiero y quienes no, lo explicaré más adelante— y me dispuse a leerlo…
¡No pude haber tomado mejor decisión! En primer lugar, porque la intriga me estaba matando y quería ver de qué trataba la susodicha vaca, segundo, me alejaba un paso más del océano de la ignorancia con una ácida y divertida metáfora sobre las excusas, barreras mentales, justificaciones que creamos en nuestra adorable cabecita para no emprender proyectos o asumir compromisos en diversas facetas de nuestra vida, ya sea social, profesional, laboral, familiar o personal.
Curiosamente me vi preguntando a algunas amistades y descubrí que la famosa Vaca sí es muy famosa después de todo, lo que pasa es que muchas veces no la conocemos con ese nombre sino como una simple realidad que debemos someternos todos los días cuando algo nos sale mal o cuando tenemos temor o dudas al momento de tomar una decisión relevante o que nos comprometa demasiado. El temor al fracaso es uno de los grandes asideros de vaquitas que tenemos, las que incluso, ¡se pueden heredar! Nos pertenecen por derecho propio y es casi un deber transmitirla a nuestros descendientes. Esas vaquitas no nacen solas, se incuban.
Las creamos para amortiguar las frustraciones, los temibles fracasos a los cuales nos exponemos en todo momento. Incluso atribuimos a otras personas gran parte de la responsabilidad del fracaso de un proyecto en diversos ámbitos: “Si mis padres no se hubiesen divorciado, quizás me hubiese ido mejor”.
También están las vacas filosofales de las que todos en algún momento hemos echado mano para no abatirnos ante una inminente crisis existencial. Estas simpáticas vaquitas pueden parecer inofensivas e incluso terapéuticas, sí; pero el punto es que las adoptamos, las encerramos en el corral de nuestras aspiraciones y las nutrimos con el pasto de nuestras vacilaciones e inseguridades, se ponen cada vez más gorditas y terminan ocupando aparte del establo, la casa, el trabajo, la familia, las expectativas, actitud, filosofía de vida ¡todo!
Para finalizar, matar esas vaquitas no es fácil, es una cuestión de educación, creencias y culturas. Reconocer la causa/raíz es un triunfo pero abolirlas es el desafío.
La autora es Directora Ejecutiva del Foro Educativo Nicaragüense EDUQUEMOS
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Ver en la versión impresa las páginas: 9 A