Por Carlos Perezalonso
En aquel año, la moda entre los chavalos del barrio, era andar diciendo: “El niño Dios no existe, el niño Dios no existe ”
Yo no entraba en discusiones sobre el tema, porque estaba profundamente agradecido con el niño Dios.
Una vez, nos trajo a mi hermano y a mi, un caballo. Al loco de el niño Dios, se le ocurrió amarrarlo a las patas de las camas. Con los cohetes de la medianoche de la Navidad, el caballo se asustó y nos llevó arrastrados por los corredores de la casa de mi abuelo, hasta dar a la pila con los peces japoneses de mi abuela a medio patio, de donde el caballo y las camas no salieron, hasta en la mañana.
Otro regalo fue la bicicleta siempre compartida Raleigh Finita frágil, que tenía un tubo largo desde el manubrio al asiento y una pequeña parrilla, atrás para cargar cosas. El problema consistía en que, quien no manejaba ni pedaleaba, tenía que ir sentado en el tubo, como mujer, en la parrilla trasera, donde con cada tumbo que daba la bicicleta en la calle empedrada, casi se te rompía el cóccxi.
Por aquellos días, también apareció el tal Santa Claus. Lo trajeron los muchachos, hijos de los algodoneros ricos que se iban de vacaciones a New Orleans a aprender inglés. Y ahí venía Santa Claus, colándose entre los nacimientos con ríos de espejos y patos, venados de barro, con su manada en renos atropellantes y aéreos. A mí, nunca me cayó bien Santa Claus, por varias razones.
a) ¿Por qué se llama como mujer si es hombre?
b) ¿En qué chimenea va a entrar, si desde Chichigalpa hasta León solo hay dos, la del Ingenio San Antonio y la de la ladrillería de la Paz Centro? Y de ninguna de las dos, se los puedo asegurar, ningún reno sale, sino asado.
c) ¿Por qué usa un traje de oso polar, en los cuarenta grados de calor del Pacífico de Nicaragua, y no un cómodo short?
En fin, misterios insondables y sin respuestas.
Y los muchachos cada vez más agresivos, como si fuera una cosa personal, pues yo no contestaba nada. Me gritaban en la cara: “¡El niño Dios no existe!”.
Pero si bien es cierto que el niño Dios no había dado regalos inusuales, ahí está el caballo, la bicicleta, el guante de Willy May, y las botas ticas. Nunca había dejado pruebas concretas de él. La duda me carcomía y mi fe en el niño Dios temblaba, hasta que llegó aquella Navidad inolvidable.
Junto al árbol de navidad, pues ya teníamos árbol, cada vez más árbol y menos nacimientos, estaba la caja de cartón envuelta a medias en un papel de regalo, con la figura de D’Artagnan, que decía en inglés: “Open the door in the name of the King” , y allá arriba, en una esquina sobre el cartón, con hermosa y garigoleada letra, la dedicatoria: “Para Carlitos y Enriquito. Con todo el cariño. ¿Saben de quién? El niño Dios.”
Mientras mi hermano destrozaba el papel de regalo, abría la caja y miraba asombrado el acordeón con el que no sabía qué hacer, tantas teclas, tanto botón, yo me fui al costurero de mi madre y traje las tijeras, con las que cuidadosamente recorté la dedicatoria, y coloqué el pedazo de cartón con la dedicatoria contra mi pecho, como si fuera el título de un recién graduado en misterios. Mi hermano me quedó viendo con curiosidad, se sentó lentamente en el borde de la cama donde yo estaba, puse el cartón sobre mis rodillas y ambos leímos despacio y con seriedad la dedicatoria. Con voz muy queda.
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