Por Edgard Rodríguez C.
Aún recuerdo a Ricardo Mayorga abriendo las ventanas de su suite en el piso número 16 del hotel MGM Grand, de Las Vegas, previo a su combate contra Oscar de la Hoya.
“Fijate, ¿cuándo imaginé que iba a estar aquí?”, se preguntó a sí mismo, mientras proyectaba su mirada hacia las calles de aquella ciudad luminosa, en cuyas esquinas estaban precisamente rótulos de neón con Mayorga amenazante ante De la Hoya.
Ricardo estaba en la cima. Literalmente. Sólo que él no lo supo. Atrás habían quedado sus dos notables presentaciones ante Vernon Forrest. Incluso, se le habían dispensado sus reveses ante Cory Spinks y Tito Trinidad. Ahora estaría frente a De la Hoya.
De la Hoya era el rival que todos querían enfrentar. Sus cualidades boxísticas y su carismática figura, lo habían convertido en una máquina de hacer dinero y todos querían pelear con él, incluyendo a Mayorga, quien también deseaba sus varios millones.
En lugar de eso, Mayorga salió vencido de Las Vegas, y se asegura que con menos de un millón de dólares, que fue quizá lo menos malo, en una etapa en la que por poco sale con un millón de demandas por extorsión, debido a que intentó resistirse a pelear.
Desde entonces, Mayorga no ha podido levantar cabeza, a pesar que superó a Fernando Vargas posteriormente y luego se midió y perdió ante Shane Mosley, mientras sus deudas se han incrementado y hasta ha tenido que refugiarse fuera de Nicaragua.
Pero el punto es, ¿qué habría sido de Mayorga, si ha tenido una idea clara del material que tenía, y de lo que llegó a representar en el mercado estadounidense? Eso no lo sabremos nunca, pero no hay dudas que el muchacho se malgastó a sí mismo.
Un peleador con su bravura, temerario más que valiente; con un aguante de roca y una fortaleza indiscutible, debió tener una mejor historia. Me resisto a creer que este Mayorga no era apto para ser moldeado por un entrenador, que además de capaz, hubiera tenido autoridad.
No hablo de convertir a un púgil rudimentario en una maravilla sobre el ring, sino en alguien que aprovechara mejor su pegada, arreglara su defensa y tuviera conciencia de la necesidad de prepararse para sostenerse en las alturas. Ricardo nunca lo entendió.
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